Pocos pueblos en el mundo sufren una pesadilla comparable a la que vive Siria en estos momentos. Desde Enero del año pasado, el ejército arremete de forma desproporcionada contra la población civil ocasionando una masacre condenada por casi todo el mundo. Venezuela, a través de su gobierno y de su presidente, ha expresado total apoyo al presidente sirio y ha enviado combustible al país árabe como materialización de ese apoyo a un régimen que se plantea como una tiranía insensible que no acepta el disenso y no le importan las vidas humanas.

 En nuestro país es poco lo que se ha divulgado sobre el origen de esta crisis, su desarrollo y repercusión en nuestro entorno, sin embargo es importante señalar que el relato de los hechos, sin especulación ni subjetividad, merecen un análisis más detallado por parte de quienes queremos entender por qué somos aliados de este gobierno que asesina a su propio pueblo.

Siria vive desde 1.963 un estado de excepción como consecuencia de uno de tantos golpes que han sucedido en esta nación. Sin embargo, este “estado de emergencia” como lo denomina el gobierno sirio, ha servido de pretexto para controlar de manera muy severa los derechos individuales y colectivos de expresión, acceso a la información, asociación y reunión, hasta el punto que desde ese entonces el país está gobernado por un sistema unipartidista estatal sin elecciones libres. Las minorías étnicas y las mujeres son discriminadas abiertamente por una clase gobernante alauí, cuya etnia representa el 12 % de la población frente a un 74% del grupo musulmán suní desprovisto de representación en el gobierno y de mayores derechos ciudadanos.

El control ciudadano es garantizado desde hace casi medio siglo por el otorgamiento del gobierno sirio a sus fuerzas de seguridad de amplios poderes para detener, arrestar y “juzgar” a quienes consideren disidentes al régimen. El pretexto del gobierno sirio para justificar este interminable “estado de emergencia” ha sido el hecho de que Siria se encuentra en estado de guerra con Israel. La inefable excusa del enemigo externo. Esta opresión de vieja data ha generado profundas diferencias y gran resentimiento entre la población suní, y con los años y en clandestinidad han organizado movimientos tendientes a la recuperación de la democracia y al restablecimiento de los derechos humanos de los ciudadanos sirios. La primavera árabe, movimiento que ha sacudido a toda la región, no los tomó por sorpresa, y se han manifestado de forma pacífica recibiendo como respuesta una de las actitudes más salvajes que se reflejen en la agenda global.

Desde que empezó este conflicto, en marzo de 2011, más de 10.000 personas han sido asesinadas por el régimen sirio. Otro millón ha abandonado sus casas para huir de la extrema violencia que acosa a la región. Mientras esto sucede, países como Rusia y China se oponen frontalmente a cualquier intervención de las Naciones Unidas para restablecer el orden y devolver la paz al pueblo sirio. A pesar de los hechos recientes, donde decenas de niños fueron asesinados, el viceministro de Exteriores ruso, Guenadi Gatilov ha rechazado “categóricamente toda intervención militar extranjera” y consideró “prematura” cualquier nueva medida adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin lugar a dudas, los intereses comerciales y militares privan sobre las vidas humanas de millones de inocentes. En el puerto sirio de Tartus, Rusia posee su única base militar en el extranjero que sirve principalmente como base de abastecimiento para los buques de la flota del Mar Negro y otras unidades que se encuentran en travesía por el Mediterráneo. Rusia y China son precisamente los principales aliados comerciales y militares de Venezuela.

Por lo antes señalado considero que, quienes nos sentimos demócratas y respetuosos de los derechos humanos, debemos exigir el cese de la violencia en Siria, el respeto a las minorías, la conformación de un Estado plural y representativo, donde la religión y el Estado sean temas separados y donde se abra la oportunidad a unas elecciones libres y transparentes.

Por esto, debemos rechazar que en nuestros países impere el sectarismo y la división, el odio y el resentimiento, y deplorar el recurso de la violencia y la intervención militar como herramientas de represión y disuasión. En Siria, muchos oficiales y soldados de su ejército se han negado a participar en las masacres que se ordenan casi a diario. Ellos merecen nuestro respeto. El pueblo sirio tiene derecho a su legítima defensa y la intervención extranjera sólo se justifica cuando la intolerancia de quien tiene el poder de las armas arremete contra su pueblo desarmado ignorando el diálogo y pretendiendo sustituir la negociación por la sumisión, en un arbitrario ejercicio de sometimiento por la fuerza bruta.

A los venezolanos nos debe producir honda tristeza que una nación viva ensangrentada por la actitud sectaria de quienes la gobiernan y no permiten el disenso, y creo que debemos expresar nuestra compasión por aquellos que han sufrido la pérdida de sus seres queridos en medio de esta barbarie. El diálogo es el mejor camino a la solución pacífica de las diferencias en nuestros países, pero el diálogo debe comenzar por el reconocimiento del otro, el respeto y el apego a los derechos humanos.

Cuando leo en el reporte de Human Rights Watch que en Siria, civiles desarmados están siendo masacrados por francotiradores y también con utilización de ametralladoras de defensa antiaérea, me pregunto por qué el gobierno venezolano se solidariza enviando nuestro combustible a esta tragedia.

¡Amanecerá y veremos!