Vía Crucis 2016 por Víctor Maldonado C.

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Jesús no abrigaba optimismo alguno. El huerto de Getsemaní iba a ser el escenario para la última petición. Ojalá pudiera ahorrarse el trance. A sus más fieles les había confesado la intensa sensación de abandono y les había hecho una última petición. “Siento una tristeza mortal. Quédense aquí velando conmigo”. Cristo volvía a experimentar esa dura sensación de caída. Difícil evitar el desánimo cuando sabía que debía encarar la peor cara de la humanidad. La soledad es a veces un privilegio que permite tomar distancia. Otras tantas es la evidencia de la falta de fortaleza de los compromisos que a veces no se honran. Muy fácil es proclamar la lealtad cuando ninguna tragedia se avizora en el horizonte. Ya no es el caso. Ya pasaron la euforia de la entrada triunfal el domingo de ramos. Ahora es de noche.  El cansancio, la incomprensión o el exceso de insensatez son las excusas para el silencio y la huida. No era la primera vez. No sería la última. En su momento de oración presiente el contubernio de los que dejan de servir al prójimo para convertirse en consumidores voraces del poder que les ha sido encomendado para ser útiles. La traición se presiente, lidera la contumacia del grupo que a lo lejos se oye y que viene subiendo hacia su encuentro. El país agoniza y no encuentra quicio cuando sus libertades son traicionadas por una, diez o treinta formas de vender lo esencial. La última que hace apostasía de la traición es la palabra, que trata de endulzar lo que es amargo, que trata de describir como bueno lo que es malo. ¡Aquí no hay presos políticos! Sentenció Anás, sumo sacerdote y principal entre los conspiradores. Lo decía, mientras pensaba cómo podía lubricar la realidad terrible con explicaciones aceptables. Jesús rezaba y veía ante sí miles de generaciones de sutiles encubridores, encubiertos a su vez por cargos de nombres rimbombantes, fiscal general, defensor del pueblo, comandante supremo, hijo de… El pueblo, que palabra tan manoseada por el crimen, y que tantos crímenes ha inspirado, permitido, avalado, contribuido, aplaudido, implorado, exigido, gritado. Pronto Él mismo iba a ser su víctima. Bienaventurados los que no se dejan devorar por el odio. Felices los que nunca se prestan a ser masa que lincha. Afortunados los que respetan su libertad y no se funden en esa masa de irracionalidad y resentimientos que los farsantes designan como el pueblo.

El silencio se apodera de la noche. Todos intentan huir hacia la inconsciencia del sueño. Queda solo, Él y sus súplicas. Él y la ambivalencia crucial entre la debilidad de la carne y la fortaleza de su espíritu. “Padre, si esta copa puede pasar sin que yo la beba…”. Cerraba los ojos y veía el torbellino de la iniquidad. La inflación que empobrece. El robo de los recursos escasos. La escasez de esperanza, la justificación de la estampida. La corrupción, el crimen, la ambición que se convierte en homicidio, el odio que ciega, el poder que envilece. Todos ellos están subiendo la colina para procesarlo a Él. Por un rato el pecado tendrá todo el poder. Bienaventurados los que no sucumben…

Era obvia la intención. Una multitud armada de palos y espadas lo decía todo. Ellos y el beso de un Judas que en el camino había perdido cualquier traza de integridad. ¿Por qué un beso debía ser la contraseña acordada? ¿Por qué debía maltratar un signo de amor hasta transformarlo en perfidia? Al Maestro no le quedaba tiempo. Pero en escasos segundos pudo asomarse a ese terrible torbellino de los que asesinan sus promesas. Las infidelidades, los eufemismos, los montajes, el engaño, las tretas, las celadas, mil y una versiones de no asumir con coraje la propia responsabilidad. “¡Salve, Maestro! Y le dio un beso”. Y con eso comenzó su liquidación. Pero no se arredraba. Sabía que el plan consistía en dejarse hacer, permitir el desarrollo del guion y seguir predicando la paz mientras tuviera un segundo de libertad. A quien quiso defenderlo inútilmente le exigió que guardara sus ardores para lo que venía después. “Envaina la espada: quien empuña la espada, a espada morirá”. Tus armas serán otras. El contraste de la palabra, el mensaje de aliento. El modelaje de vida. Y la apuesta a la esperanza. La violencia es la carta de presentación del mal. Se lo decía al que por su boca parecía que nada de eso lo iba a permitir. Vio a Pedro, presintió su desconcierto, y le susurró: “Basta con un Judas. No te sumes a la confusión de los que están dispuestos a matar, pero no tienen el compromiso de morir por lo que creen valioso. Guarda tu espada y recuerda que la carne es débil. Tú mismo serás la negación de lo que ahora gritas, esa será tu lección y la oportunidad de tu salvación.” Bienaventurados los congruentes, ellos son los realmente valientes.

Ya era preso. Desde ese momento no iba más, lo llevaban otros. Caifás, los sumos sacerdotes y el consejo en pleno inventaron las culpas, intentaron falsos alegatos, forzaron testigos y tergiversaron sus palabras. Reo de muerte, fue escupido, abofeteado, golpeado y burlado. Los ojos cerrados no le impedían sentir la textura de la maldad. Nada peor que la exhibición perversa del poder desbordado y convertido en su propio remolino. No iba a ser esa turba empoderada la única, ni era la primera. El enemigo político, ese otro que parecía una amenaza aún sin serlo, siempre se podía convertir en esa tentación aplastante. Tan simple que parece tergiversarlo todo y hacer pasar por culpable a cualquiera que estorbe. Tan sencillo como jugar al miedo, a la negación y al abandono. Tan fácil que resulta cargar en el otro las mezquindades ajenas. Tan sencillo que parece ser negarlos, reducirlos a una versión de la que no se pueden escapar. Bienaventurados los perseguidos…

La cruz estaba a la vista. Iba a terminar siendo la compañera ineludible de sus últimos momentos. Anás, Caifás, Pilatos, Herodes, Barrabas y el pueblo conspiraron sin entender que todos ellos estaban previstos en un libreto difícil de comprender. El grito unánime -como un trueno- lo condenó. Tantas veces la misma equivocación de la misma turba confabulada: “Nosotros y nuestros hijos cargamos con su muerte” fue la declaración pública de una transacción inconfesable que no iba a concluir con la muerte, pero que debía pasar por ella. La de ese preso político, y la de tantos otros presos políticos administrados desde la indiferencia y la mezquindad. La voz de Jesús no se podía imponer ante tantos gritos que pedían una cruz, unos clavos y una senda hacia su muerte. El silencio impuesto al preso es un acto de violencia del que se aprovechan adversarios, enemigos y oportunistas. No es obvio ni ubicuo el rostro de Judas. Bienaventurados los sobrios, serenos y prudentes porque ellos siempre serán afectos a la justicia.

El camino no podía ser más tortuoso. La carne comenzaba a acusar maltrato y cansancio. El peso del madero colocado sobre sus hombros era insoportable. Un paso tras otro que amenazaba con ser el último. Ya no era demasiado interesante lo que gritaban a su paso. Tampoco agregaba más dolor el látigo del centurión. Todas las miserias del mundo las llevaba encima como expiación. Hubiera sido más fácil volver al fuego abrasador y terminante que habían aplicado a Sodoma. Más sencillo habría sido demostrar el poder de las doce legiones de ángeles que estaban prestas a su llamado y someter por la fuerza toda esa maldad desatada. Pero no. Estaba allí, un paso tras otro para encontrarse con un destino que no le había sido negado. Nada le había sido ahorrado en un plan que había sido trajinado como promesa de redención.  Y cae al suelo para no sucumbir en la otra trampa, la del poder como tentación y usufructo.

Esa soledad también es camino. Los perdedores, los que van perdiendo, suelen estar solos, ellos y la lástima que provocan. Pero no todos son indolencia. Una mujer enjuaga su rostro y le devuelve la posibilidad de ver con claridad todas las expresiones diversas y contradictorias del mismo ser. Otra, su madre, de nuevo espectadora silenciosa y leal, sufre su agonía y comparte su esfuerzo de redención, sin dejar de estar allí, sin ahorrarse el triste espectáculo, sin pretender otra cosa que vivir esa solidaridad terrible que conjuga su amor con la resignación del compromiso que alguna vez asumió cuando dijo: “Hágase en mí según tu palabra”. Otro, el Cireneo, echa una mano y le evita por unos instantes el peso abrumador del madero y sus culpas. No desaparece la carga. Simplemente cambia de espaldas. Pero alguien siempre tiene que cargar con ellas. No desaparecen la envidia, el odio, la mentira, el homicidio, la corrupción, la estafa. La humanidad la lleva sobre sus hombros intentando resolver en cada época el mismo acertijo. ¿Por qué terminamos siendo así? Pero tampoco fenecen la solidaridad, el estupor, la fraternidad y la benevolencia. Cada paso es una oportunidad para la conversión. Cada mirada es conmoción y llamado a ser lo mejor de cada hombre. La aflicción se vuelve consuelo. El vacío de justicia se transforma en indignación. La dureza de corazón se convierte en sensibilidad. Bienaventurados los frágiles, ellos construirán fortalezas.

La segunda vez cayó contra el duro suelo y creyó que allí concluía todo. Pero no estaba previsto ese atajo. Levantarse y continuar hasta el final era una trama sin alternativas posibles. El camino se hacía infinito mientras rezaba a su Padre para que le diera fuerzas suficientes para seguir adelante. Por un instante pensó en su madre, a punto de perder a su hijo. Por un momento pensó en la pérdida de tantos, en la debacle de muchos, en el fracaso, la huida desordenada, la estampida, el miedo, y el dolor. Tantas madres impugnadas en su felicidad porque el hijo no volvió, porque no pudo levantarse más, porque enfermó y murió. O porque lo mataron cuando todavía le quedaba tanto por vivir. Difícil es levantarse cuando sientes sobre tu alma esa bota de hierro que te aplasta contra una realidad insoportable. Miró al sumo sacerdote que celebraba sus afanes. Se condolió de su propia miseria. El poder corrompe porque te hace capaz de matar para seguirlo teniendo. Bienaventurados los que resisten, se levantan y avanzan a pesar del dolor y las lágrimas. Judas no pudo. Una de sus discípulas más queridas se le acerca para decirle que el beso aquel se transformó en soga, nudo y asfixia. Jesús lloró por el que no pudo salvar, por esa oveja que se negó a sus cuidados. Una oveja perdida siempre es culpa del pastor que no la cuida apropiadamente. Bienaventurados los que asumen su responsabilidad sin escamotear sus consecuencias.

Las mujeres se acercaron a su tragedia y lloraron. Jesús las miró y se compadeció de sus lamentaciones. Pero no las consoló.  “No lloren por mí. Lloren por ustedes y por sus hijos. Porque llegará un día en que se diga ¡Dichosas las estériles, los vientres que no parieron y los pechos que no criaron!”. Él sabía cuál era el rol que estaba desempeñando. Ellas no sabían por qué lloraban. La falta de solidaridad, la ausencia de justicia, la impunidad, la ambición no encauzada en el trabajo productivo, el desconocimiento del otro y el poder mal utilizado convertían cualquier promesa de humanidad en una amenaza contra el hombre. No hay paraíso posible de prometer si el odio se impone como consigna y justificación. Ante sus ojos, y los de ellas, pasaron toda muerte injusta y a destiempo. Desfilaron desconsuelos y distancias, ausencias y mutismos, tristezas y aflicciones. No lloren por mí. Lloren por ustedes si llegado el momento pierden la esperanza y dejan de luchar. Teman el momento en que se dejen vencer y se sometan al que los quiere reprimir.  Angústiense cuando estén tentadas a darle explicaciones a lo que es simplemente insensato, porque solo serán bienaventurados los que se atengan a la verdad y luchen contra la mentira.

¡Es suficiente! ¡Demuestra quien eres y llama a tus ángeles para que te lleven ellos a ti, para que no vuelva tu pie a tropezar con la piedra! Esa voz le resultaba conocida. Había sentido su capacidad seductora en las arenas del desierto. Tres veces la había oído suplicar un despliegue de su realidad divina. ¡Eres el hijo de Dios! ¡Acaba con todos ellos! ¡Demuéstrales tu gloria! ¡Hazles sentir que nada que ellos intenten te puede afectar, ni golpes en tu espalda, ni cruces sobre tus hombros, ni espinas coronando tu cabeza! ¡Cúrate del dolor y mantén la distancia entre su intento de dañarte y tu verdadera majestad! ¡El poder es para usarlo! ¡Si tienes poder debes demostrarlo! Jesús prefirió caer al suelo y sentir cómo podía pesar en el hombre tanto afán de gloria. ¡No he venido hasta aquí para salvarme sino para salvarlos! Bienaventurados los que se mantienen humildes a pesar de ser poderosos.

Llegó al fin. Todavía debía experimentar cómo su ropa fue saqueada, dividida y repartida por el azar de unos dados. Lo suyo dejó de serlo para ser expoliación y maltrato. Su cuerpo tampoco iba a ser respetado. Un clavo tras otro hasta sumar sujeción suficiente. Un martillazo tras otro para cantar el fin de cualquier libertad posible. Las espinas advirtiendo que no se puede pensar con libertad. Las manos señalando que tampoco puede hacer lo que quiera. Los pies indicando que ya no podía ir a ningún lado. Y la sed negando la palabra, que sin embargo salió en siete oportunidades para dar perdón y señalar que podían matarlo a Él, pero no podían abatir la esperanza. La cruz y Él clavado a ella es solo un trámite, una metáfora, una lección, una denuncia, un camino que nadie más debía recorrer. Debía bastar su martirio, aunque tuvo certezas de que esa cruz se iba a repetir millones de veces por la obcecación del hombre en ir contra su prójimo. Solo que a partir de ahora iba a tener otro sentido.

Murió en un oscuro mediodía. La multitud cayó en cuenta de su error, los suyos se mantenían a una prudente distancia de los acontecimientos, y las mujeres que lo habían seguido no se despegaron de El Calvario hasta verlo colocado en una tumba. Comenzaban setenta y dos horas de vacilaciones, negativas y desalientos. Todo parecía haber concluido en ese sepulcro donde ahora yacía. Pero quedaba una última lección: Las convicciones no tienen que esperar por las evidencias. La esperanza es imbatible porque el mal nunca puede vencer definitivamente, sus victorias son espurias, turbulentas y temporales, porque la humanidad no se resigna a la servidumbre de la corrupción y el mal son esas dos cosas conjugadas. Hay algo en la esencia del hombre que lo rebela y que lo transforma en resistencia y tenacidad ante las embestidas de la opresión y la injusticia. El camino de la cruz es una lección de los esfuerzos y de las fragilidades de la libertad. Seremos tan libres como queramos. Tan libres como estemos dispuestos a luchar por ella, sin dejar de reconocer que los logros de la libertad están llenos de exigencias: coraje moral, fortaleza de ánimo, convicciones firmes, esperanza al alza, humildad y confianza en Dios.

Judas tiene muchas caras. Nunca es ubicuo. Nunca será congruente. Pero hay que guardarse “de los letrados, que gustan pasear con hábitos amplios, aman los saludos por la calle y los primeros puestos en los banquetes”. Hay que guardarse de los pescueceos y de los pescueceros, porque los que exigen honores son sirvientes encubiertos del poder. Y los que se embriagan del poder están dispuestos a matar por obtenerlo, mantenerlo y conservarlo. La humildad, la tolerancia, la sobriedad y la sencillez son los emblemas de los que luchan por la libertad. San Ignacio de Loyola solía pedirlas a la luz de la cruz y de su camino. Nunca más oportuno sumarse a su oración, al fin y al cabo, este país intoxicado de idolatrías e idólatras debe restaurarse espiritualmente. Que no se nos olvide nuestras ganas de trascendencia, nuestro afán por ser mejores, nuestro objetivo de restitución de la paz, la concordia y la unidad.  Por eso recemos “Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh, buen Jesús, óyeme. Dentro de tus heridas, escóndeme. No permitas que me separe de ti. Del enemigo maligno, defiéndeme. En la hora de la muerte, llámame. Y haz que vaya hacia ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén”.

 

@vjmc

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