El final de los dos bandos por Víctor Maldonado C.

Bandos

 

Venezuela vive tiempos apocalípticos. El país está sometido a una violenta turbulencia donde se mezclan perfectamente los ingredientes para el fracaso de todos. El vaciamiento institucional, la expansión y fortalecimiento de la delincuencia organizada, el desfalco económico del país, diversas formas de terrorismo judicial y el descrédito de la política como palanca eficiente para lograr la prosperidad. El combinado es fatal porque al final nos coloca a todos en la condición de la bancarrota.

Un país arruinado, inseguro y sin capacidad argumental para retener el capital humano no conviene a nadie. Un país de desbandadas y miedos es un país en disolución donde no hay ganadores sino viles supervivientes. No tiene futuro un país donde la justicia es utilizada por una facción para acabar con la otra, para silenciar la verdad cuando es incómoda, para abatir la libertad de expresión, y para solidificar la impunidad del caudillo mafioso que pretende ser irrefutable en sus acciones y en sus falsas verdades.

Un país así solo beneficia a la camarilla que está en la cúpula del poder, pero perjudica al resto del país, independientemente de sus convicciones ideológicas y de sus afectos políticos. ¿En qué conviene a los venezolanos el cierre del Correo del Caroní y la persecución judicial de la que es objeto su editor y dueño David Natera? ¿Cómo beneficia esa obsesión judicial al pueblo de Guayana? ¿Podrá defenderse mejor contra el despotismo? ¿Luchará más eficazmente contra el diletantismo autoritario que ha acabado con las empresas básicas? ¿Terminará con la barbarie que gobierna a través de los pranes y líderes de esos “sindicatos” territoriales que imponen su terror en el sur del estado? ¿Amordazar la realidad mejora sus consecuencias? ¿Silenciar a la sociedad civil, plural y diversa cambia en algo la depauperación y la miseria crecientes? ¿Serán más probos los integrantes de la alianza militar que está a cargo del gobierno? Acabar con la libertad de expresión plural es desmejorar las posibilidades del país. Es apuntalar nuestra condición miserable.

Venezuela preside el ranking de los países más miserables del mundo. No puede ser de otra manera si cargamos sobre los hombros la anarquía inflacionaria, el caos de la escasez, las tribulaciones de la inseguridad, el desvanecimiento de la justicia, la amenaza del desempleo y la implacable represión de un régimen que se sirve de todas las instituciones públicas y de sus recursos para aplastar la disidencia y perseguir a los que apuestan a la libertad.

No es casual que por esas razones vivamos un régimen que dificulta al máximo la posibilidad de hacer negocios, viola sistemáticamente el derecho de propiedad privada, castiga las oportunidades del libre mercado, desconfía de la libre empresa y juega a los dados con la riqueza del país. La ruina que hoy somos no es una casualidad. Tiene razones históricas que se han fraguado en dieciséis años de revolución absurda, de populismo obsceno, de autoritarismo incivilizado.

El poder ha sido allanado por bárbaros y hechiceros. Ayn Rand llamó bárbaros a aquellos que pretenden dominar por la fuerza bruta, actuar inmediatistamente y considerar que un puño, un garrote o un arma son la única respuesta ante cualquier problema. Los nuestros usan jueces, fiscales y juicios como cachiporras con las que golpean a la disidencia. No cabe ninguna duda que gente así está al frente del gobierno. La fuerza usada contra los libertarios no es casual, ni es el producto de la autonomía de los poderes públicos. Los bárbaros siguen una trama.

Pero no solamente ellos. La coalición también está integrada por los que la misma autora llamó hechiceros, hombres que le tienen horror a la realidad tal y como es y cómo se comporta. Que se aterran ante la necesidad de tomar decisiones prácticas y sensatas. Que pretenden violar las leyes del libre mercado y aun así ganar, que procuran gobernar desde las entrañas y las emociones, que viven en el mundo de las utopías irrealizables, las consignas vacías de capacidad de realización, las canciones que airean al hombre nuevo y desprecian al hombre histórico.

El hechicero cree en que los controles van a mejorar la economía, que los militares son capaces de gerenciar cualquier empresa, que no hace falta el conocimiento para liderar un país, en fin, que el voluntarismo y los buenos deseos empreñan a la realidad. Los chamanes socialistas se hacen los locos con 5 millones de hectáreas de tierras productivas que fueron expoliadas, pero insisten en que todos sembremos nuestros alimentos en un pote que podrá estar en el balcón, el pasillo o al lado del excusado, entre el lavamanos y el bidel. Los brujos necesitan la extravagancia porque no pueden lidiar con la realidad. Las utopías necesitan siempre al garrote. La simbiosis es perfecta y necesaria para negar la represión, trivializar el crimen, minimizar las consecuencias irreparables del hambre, ignorar la desolación y banalizar la desesperanza. Bárbaros y hechiceros confluyen en el socialismo del siglo XXI y cada una de sus mascaradas.

Este consorcio tiene versiones macabras. El terrorismo judicial es una de ellas. La territorialización de la violencia es otra. La contumacia del crimen no puede dejar de considerarse. Las reacciones desesperadas antes ese estado de cosas muestran el profundo abismo. Y en esas condiciones resulta muy difícil creer que un bando pueda sentirse ganador. Perdemos todos. Leonardo Azparren, uno de nuestros más apreciables intelectuales, lo advierte con preocupación extrema. Se refiere a una noticia preocupante. En los Frailes de Catia, una turba enfurecida -y hastiada- golpeó y quemó vivo a un delincuente que intentó robar a una unidad de transporte público.  “El haber quemado vivo a un ser humano es un bochornoso síntoma de una sociedad enferma, ojalá no de muerte… Y esa es la herencia que no debemos olvidar y siempre denunciar de un régimen soberbio en su maldad. Actos de esta naturaleza son el gran reto que tenemos los venezolanos para llegar a ser una sociedad digna. Hoy, sin duda, somos una sociedad anarquizada, anómica y a merced de instintos degradados…”

La carencia de instituciones y el derrocamiento del estado de derecho nos convierten en nuestra propia carroña. Esas condiciones brutales no permiten el triunfo de ninguno de los bandos. Todos estamos perdiendo la república para quedar en manos de la represión misticista que quiere imponernos por la fuerza una imposibilidad mientras nos nivela en su primitivismo. El socialismo del siglo XXI está quebrado en sus supuestos y los que están al frente quieren hacer pasar por vivo y sano lo que no es otra cosa que un irrevocable cadáver. Visto así ¿cuál es la diferencia entre un bando y otro? Ambos estamos sometidos a la misma barbarie. Ambos bandos se disuelven en el miedo, la escasez, los apagones, la ausencia de libertades, la represión, la censura y el envilecimiento de la esperanza. Frente al preso político o la empresa expoliada ¿quién puede sentirse satisfecho? ¿Quién puede celebrar la caída de un medio de comunicación? ¿Quién puede sentirse civilizado cuando es espectador obligado de juicios que se adelantan sin pruebas, sin presunción de inocencia, sin debido proceso? ¿Cómo se puede procesar que las sentencias estén decididas antes de la primera audiencia? Sin que imperen el derecho, la libertad y la justicia todos estamos condenados a la servidumbre.

@vjmc

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