Al final todo fue silencio por Víctor Maldonado C.

NM#17f3

 

El absurdo no tiene caras benignas. El caso de Wallace Henry Hartley, un violinista inglés ha pasado a la historia como signo paradójico sobre lo que no se sabe si debe hacerse. Él y siete compañeros, organizados en la banda que llevaba su nombre, decidieron darle fondo musical al colapso del barco que supuestamente nunca se hundiría. La prepotencia es repetitiva. El Titanic era inhundible aun cuando se enfrentara a mares desconocidos y trozos de hielo más grandes que un edificio,  y Venezuela estaba blindada, “no importa que desaparezca el petróleo ni que se hundan sus precios porque esta revolución está condenada al éxito”.

Nadie podía creerlo. Precisamente todos estaban allí, los de primera y los de tercera, aferrados a una única certeza que no era otra que ese barco salía del puerto de Southampton e iba a arribar a Nueva York. Nada podía ir mal. ¿Por qué no iba a ser así? Tampoco aquí estaban previstas una calamidad tras otra. Nadie podía prever la catástrofe eléctrica, la enfermedad terminal, el saqueo de los recursos y la debacle del mercado de commodities. Para los especialmente comprometidos nada podía desviarse del plan de la patria. Y si alguien advertía lo contrario era tratado como enemigo del pueblo y aliado del imperio. Al parecer daba lo mismo si el proceso estaba bien conducido o mal conducido, o si había mucha diferencia entre lo que se decía y lo que se hacía, entre lo que se mostraba y lo que realmente pasaba. Bastaba la convicción.

Pero llegado el momento el barco comenzó a dar signos inequívocos de que se iba a pique. Y que esa tendencia era fatalmente irreversible. Y por supuesto, todos comenzaron a ponerse nerviosos. Comenzaron, por ejemplo, a buscar culpables. Alguien debía tener la culpa y debía pagar por ella. Otros se concentraron en salvar el pellejo mandando al vacío eso de que “mujeres y niños primero”. Todos querían sobrevivir y poder echar el cuento. Más de uno gritó tal vez “mi reino por un caballo” y otro dejó de lado cualquier consideración para lograr un cupo entre los vivos. Por supuesto evitaron toda la competencia posible. Los pasajeros de tercera clase encontraron que todas las salidas estaban convenientemente bloqueadas y que lo único que oían era que debían esperar pacientemente las instrucciones que convenientemente les iban a hacer llegar. Algo similar pasó aquí con los célebres cupos de viajero. Llegado el momento el gobierno decidió decentemente que sólo tendrían acceso los que tuvieran historial en la banca pública. Y los demás, como los pasajeros de tercera clase del Titanic. Ni hablar de los privilegios de los bien llamados “enchufados” que tienen disposición de todo aquello que nosotros extrañamos. El barco se hunde, pero ya sabemos que unos se hunden más rápidamente que otros.

Arriba todo era confusión y “sálvese quien pueda”. No dudo que el pandemónium estaba matizado por esas demostraciones de hidalguía, resignación, depresión o amor incondicional de muchos personajes. Pero era difícil mantener la calma cuando no se podía mantener ni el equilibrio. Y allí está la paradoja de la orquesta de Wallace Henry Hartley. Ellos decidieron que su papel debía ser interpretar canciones mientras todos los demás corrían desesperados buscando una alternativa. Eso sí, en los salones de primera clase. Unos podrán decir que ellos eran la alegoría perfecta a la responsabilidad, pero otros tendrían razones para argumentar todo lo contrario. Absolutamente insensato eso de darle sonido musical a lo que era un completo desastre. Y para colmo, música ligera, de la época, bailable incluso, por si alguno quería morir danzando.

Ayer en la tarde la cadena tuvo también fondo musical. Llegó el presidente al palacio de gobierno y recibió los honores correspondientes a su alta investidura. Se suponía que venía a decir lo que desde hace mucho tiempo le están pidiendo a gritos: que resuelva el desastre, que le de sentido a la tragedia, que cambie de ruta y que le de a los venezolanos un respiro. Pero no. Las medidas económicas anunciadas ayer están divorciadas de las causas de la crisis. Es como si el capital del Titanic se hubiera dedicado a pasear en uniforme de gala por los pasillos del barco diciendo que recuperaran la cordura porque nada de lo que supuestamente estaba ocurriendo podía estar ocurriendo. Recuerda, este barco es inhundible. Lo mismo hizo el flamante presidente. Una larga cadena llena de argumentos metalmecánicos y automotrices para abundar en la insensatez. Diosdado, el otro invitado de honor, aplaudía cordialmente la tradicional exacerbación al odio que siempre engalana los discursos presidenciales. El colapso del país es obvio pero el gobierno no logra presentar un programa de soluciones efectivas porque ello significaría asumir la plena responsabilidad por las consecuencias de dieciséis años de malas decisiones. La revolución no se puede hundir a pesar de que necesite un retoque aquí y un motor adicional más allá. Y el plan de la patria sigue vigente en sus grandes objetivos históricos. ¿Verdad Diosdado?

Pero el país no soporta un análisis fragmentario de sus problemas. Lo que se anunció ayer fue la ratificación de los controles económicos, la convalidación del populismo y la confirmación del estatismo. Ya con la inundación en los primeros pisos y sintiendo cómo el centro de gravedad se va perdiendo inevitablemente se mantiene el control de cambios, peor aún, se mantienen las razones por las cuales el régimen de control de cambios se ha convertido en un aliciente para la corrupción institucional. Dios ciega a los que quiere perder. Eso debe ser verdad porque es incomprensible que se pueda seguir asumiendo como factible un esquema con dos tipos de cambio, uno de los cuales es 20 veces más costoso que el otro. Eso es negar el boquete que la nave revolucionaria tiene en su flanco izquierdo. Es no darle importancia a las noticias que vienen del cuarto de máquinas cuando ocurrió la primera explosión, cuando se avizoraron las irreductibles grietas que se iban transformando en chorreras imparables. El capitán simplemente se volteó y dijo, dale a fondo, acelera. Y pídele a la orquesta que toque música para bailar, que intente una de bambuco cucuteño para que no podamos escuchar los alaridos de los que en tercera clase sufren de desesperación.

La otra fiesta sigue. Esta vez es la danza de los dólares baratos. Esa no necesita ninguna orquesta.  En lugar de intentar la desregulación cambiaria y dar señales claras de apostar al libre mercado se mantiene y garantiza la oportunidad para los malos manejos y la desviación de fondos. Este modelo hace imposible el cálculo económico y mantiene a la empresa venezolana con las mismas incapacidades. Esta decisión no toma en cuenta que ni hay reservas suficientes ni es esperable un flujo de ingresos que compense la debilidad de estas reservas. Nada importa. Ninguna de esas preguntas es relevante a la hora de las chiquitas. Lo importante es chupar hasta la última gota, y con la última gota comprar un salvavidas para saltar por la borda ¿Verdad Aristóbulo?

¡Que suene la orquesta! ¡Que siga el bochinche! ¡Que llegue hasta tercera clase! Mientras el barco va tomando posición hacia el abismo es igualmente lamentable que el populismo siga siendo el signo más conspicuo de las iniciativas del gobierno y que lo sea hasta las últimas consecuencias. Se decide unilateralmente y sin consultar a nadie un aumento del salario mínimo y la duplicación del bono de alimentación, pero no hay respuesta a dos preguntas cruciales: ¿cómo se van a pagar esos compromisos a los 2.7 milllones de empleados públicos? ¿Con cuál productividad se imponen esas medidas al sector privado que ni puede producir ni tiene las posibilidades de importar? El gobierno devalúa para continuar el festín populista sin advertirnos que al final lo pagaremos con mayor inflación y por lo tanto mayores penurias, porque esa medida incrementa el desorden fiscal monetario y desbalancea aún más las condiciones de la oferta y la demanda doméstica. Lo mismo hay que decir del aumento de la gasolina. El gobierno pierde nuevamente la oportunidad de desmontar el sistema de subsidios y comenzar a montar una economía más realista. No se reconoce el deterioro de la industria petrolera. Tampoco se reconoce la debacle del sistema de generación y distribución de electricidad. En el fondo el régimen se queda varado en el efectismo de una medida que le costó casi tres años adoptar, pero lo hace fragmentariamente y anulando sus resultados por mantener un populismo que nadie quiere y en el que nadie cree. ¿Te imaginas la discordia emocional de sentirte atrapado mientras te imponen una cumbia? ¿Te lo imaginas bailando en ese trajín con la primera combatiente como si toda la obra del gobierno se tradujera en que al mal tiempo hay que ponerle un buen ritmo? ¿Los ves apretaditos entre ellos y sonriéndole a la cámara mientras el barco, toda su estructura grita, cruje, se desbarata, esperando solo el momento de dejar de ser para comenzar ese desvanecimiento abisal, ese resto desperdigado de malas medidas?

La apuesta al estatismo se mantiene. En lugar de desmontar definitivamente la trama de empresas e iniciativas públicas lo que anuncia es su reestructuración para fortalecerla. En lugar de reconocer que la red de distribución de alimentos y bienes esenciales es un fracaso se compromete a mantenerla con un nuevo formato organizacional. En lugar de comprender que es inviable un régimen de productos subsidiados porque rápidamente se transforma en corrupción lo sostiene con sus consecuencias en términos de burocracia, competencia desleal e insatisfacción popular. Se anuncia igualmente una revisión de precios de 100 productos esenciales cuando lo que corresponde es la libertad de empresa y por lo tanto la fijación competitiva de precios. No es sostenible esa política de dos raseros, en la que se intenta reducir toda la demanda a 100 productos que al regularse desaparecen del mercado. Los mesoneros pasan ofreciendo agua. La orquesta sigue interpretando ragtime, si, el desplome ahora suena al ritmo de tiempos rasgados, acelerando el paso para que la gente se canse y no piense en que no hay alternativas. El Titanic y el Bicentenario sufren del mismo síncope estructural que los lleva a podrirse sin haber podido madurar.

El gobierno amenaza con incrementar aún más la presión fiscal. Obliga a todos a pagar más impuestos pero ni rinde cuentas ni se compromete con las prioridades que tienen los ciudadanos. No habla de seguridad ciudadana, ni de privatización de empresas, ni de descentralización. Apuesta a todo lo contrario que es equivalente a seguir echándole agua a un florero roto. Tampoco había suficientes salvavidas. ¿Para qué? ¿Si nunca se van a usar?  El tamaño sí importa, la inercia los hace inmanejables, la velocidad los coloca en curso de colisión y no hay decisión que pueda anticipar el choque. El tamaño hizo que el encuentro fuera fatal. De repente la sala de máquinas se transformó en galeras, todos condenados a remar en el sentido más insensato. Todos impuestos en la dirección que los iba a llevar al desastre. El capitán no oye razones. El capitán ordena y desvaría.

Ahora bien: ¿Cómo se va a encarar la crisis de ingresos? ¿Cuáles estrategias se van a asumir para volver al crédito comercial internacional? ¿Cómo se va a reducir el desbalance entre oferta y demanda que es producto de la indisciplina fiscal? ¿Cómo se va a financiar este estado de la desmesura y el desorden? ¿Cómo fue que se gastaron los ingresos de los últimos 10 años? ¿Por qué tanta resistencia a suspender la cooperación internacional? ¿Por qué no hay un cambio en el manejo y el enfoque propietario de la industria petrolera? Para eso no hubo respuestas. Porque la única respuesta posible era devolver la máquina al puerto, y en nuestro caso retroceder la ignominia dieciséis años. Más de uno, escuchando cómo se apagaban las notas de la orquesta pensó y deseó no haber salido nunca, no haber soñado nunca, porque los sueños son eso, ficciones inconexas, deseos frustrados, imposibilidades sublimadas. La orquesta al final comienza a ser parte de la tragedia que quiso acallar con sus notas. Nada personal, pero llegó la hora del cierre.

La economía no acepta más ficciones. No tolera más dibujo libre. El problema es el manejo de lo público desde la lógica del socialismo del siglo XXI. Y cómo sobrevivir a este socialismo, si eso es posible, y cuál es el precio. La orquesta quiso hacer un último intento de parecer sublime. En el vacío se colaba una oración, una plegaria, Nearer, my God, to Thee, “Refugio es el Señor, no temeré. Mi fuerza en el dolor confío en Él. Si brama y gime el mar, las olas al romper, Conmigo Dios está, ya no temeré….”

 

@vjmc

Enviar Comentarios

Entradas relacionadas