Vargas Llosa, Zapata y El Suicidio del poder

 

Álvaro Vargas Llosa prologó el nuevo libro del periodista y escritor, Juan Carlos Zapata, El Suicidio del poder.  Runrun.es publica en exclusiva el texto de Vargas Llosa. El libro de Zapata ya está en librerías.

Venezuela, en familia

Por Álvaro Vargas Llosa

Desde que tuve uso de razón, oí hablar de Venezuela en casa (las muchas a las que nuestra errabunda existencia nos llevaba). Los primeros años, el nombre de Venezuela estuvo asociado al Premio Rómulo Gallegos que mi padre había obtenido al año de haber nacido yo, una referencia que para mi familia significaba dos cosas: el impulso definitivo a la carrera internacional de Mario Vargas Llosa y, lo que era igualmente importante, un discurso de aceptación, La literatura es fuego, que resumía para siempre su relación visceral con las letras y había sido también su último gran gesto público como hombre de izquierda en vísperas de iniciar el proceso definitivo de desamor con el socialismo.

Un poco después, la asociación de ideas se enriqueció. Al significado que tenía Venezuela en la mesa familiar se añadió el nombre de Rómulo Betancourt. A medida que se iba empequeñeciendo en la conciencia cívica de mi padre el nombre de los líderes de la izquierda latinoamericana y mundial, iba agigantándose el de otro revolucionario, pero de signo contrario, que había iniciado su carrera levantándose contra el poder establecido y había acabado llevando a Venezuela, con interrupciones, hacia la moderación y las instituciones republicanas. No pasó mucho tiempo antes de que la Venezuela que a menudo se sentaba a cenar con nosotros y se enredaba en la conversación de los Vargas Llosa significase para nosotros aquellas cosas que buena parte del resto del continente latinoamericano aspiraba a tener pero estaba lejos de alcanzar: unos consensos amplios a favor de la democracia y el Estado de Derecho, y por tanto una estabilidad y previsibilidad que hacían posible el progreso sin bombas ni gulags.

Los peruanos que habían emigrado allí, algunos conocidos y hasta parientes, habían accedido a un mundo mejor que el que habían dejado atrás; nuestro país, el Perú, parecía a años luz de la patria de Bolívar. Nos llegaban noticias de aquello con frecuencia y los esporádicos viajes de mi padre a Venezuela alimentaban esas referencias. La alternancia pacífica en el poder, la existencia de partidos políticos dignos de ese nombre, la preeminencia de lo civil sobre lo militar y unos niveles de vida que sin ser descollantes salían bien librados de la comparación con países vecinos daban a Venezuela aires de primer mundo o, al menos, una aureola de éxito y superioridad.

El prestigio de Venezuela en la mesa familiar, pues, no había hecho otra cosa que crecer desde mi niñez. Solo significaba cosas buenas; además, su acelerado avance en las preferencias de mi padre parecía simbolizar a la perfección su propia evolución política, moral y hasta literaria. Porque, si bien La literatura es fuego había ido perdiendo potencia ígnea desde el punto de vista político con la evolución ideológica de Mario Vargas Llosa, no la había perdido desde el literario: el antiguo socialista y reciente liberal no había dejado de ser, en el campo literario, un subversivo que se metía sin pausa con los vicios de la sociedad y escarbaba a fondo en sus vergüenzas, un constante reformista que a la hora de contar historias arriesgaba e innovaba como solo lo hacen los disconformes. Tampoco había menguado su sed de justicia. Lo que había cambiado era la ruta a seguir para llegar a ella. Venezuela ayudaba a afirmar sus propias y nuevas convicciones liberales en un continente donde la transición democrática después de una era de cuartelazos y barbudos de la política era precaria todavía.

¿En qué preciso instante empezó a mudar esa idea de Venezuela que era la nuestra en algo distinto? No lo sé exactamente, pero sí sé que en algún momento la conversación con respecto Venezuela empezó a tomar un tono diferente del que había tenido en años anteriores, como cuando uno empieza a bajar el timbre de voz para referirse a una vecina hasta entonces de reputación intachable que ha ido desdibujándose entre rumores maledicentes. Algo en ese sistema aparentemente perfecto de alternancia pacífica, partidos estables, convivencia en la moderación y niveles de vida envidiables desde la perspectiva de ciertos países latinoamericanos se había poblado de problemas. Ya no hablábamos de Venezuela con envidia sino con angustia.

Bajo las apariencias, había realidades que Venezuela compartía con otros países: un sistema económico propenso al mercantilismo, que es la conspiración del Estado y ciertas oligarquías contra la movilidad social y la economía de mercado competitiva, unos partidos políticos marcados todavía por la herencia ideológica de los años sesenta conocida como el «desarrollismo», y unas instituciones que parecían anquilosadas y envejecidas. Todo ello rodeado de una pobreza que parecía haber surgido misteriosamente porque no la habíamos visto antes en su cabal magnitud (o al menos no nos la habían contado). Venezuela seguía siendo un país al que guardábamos gratitud, en el que abundaban las amistades y cuyo pasado admirábamos, pero también un país-problema: otro más en América Latina. Venezuela se había latinoamericanizado.

Muchos allegados y colegas venezolanos, especialmente los agrupados en CEDICE y otras instituciones liberales, así como ciertos medios de prensa, lo veían de la misma forma. Pero la sensación que teníamos era que los lúcidos iban reduciéndose, convirtiéndose en minorías visionarias cuya prédica el resto del país desoía a medida que la confusión contemporánea, de la que Venezuela era un escenario representativo, iba atribuyendo a la democracia y a la economía de mercado males que tenían como verdaderos culpables a la negación de esas instituciones. El país de Betancourt parecía encaminarse hacia aquello de lo que había parecido tan distante: el gradual desprestigio de las libertades políticas y económicas, y la afloración de los peores instintos tribales en la ciudad.

El resto es historia: Venezuela sucumbió al populismo autoritario y desde entonces mi padre y en general los miembros de la familia Vargas Llosa hemos secundado como mejor hemos podido, desde todas las tribunas posibles, el valeroso esfuerzo de muchos venezolanos que tratan de restaurar en su país una cierta sensatez. Lo hemos hecho junto a ellos también en Caracas, Maracaibo y otros sitios.

Es conmovedor y gratamente sorprendente, a la luz de lo dicho, que alguien haya tenido la idea de dedicar un libro a la relación de mi padre con Venezuela desde aquel primer viaje para recibir honores y dar su último grito a favor de sus viejas ideas hasta la actualidad, en que Venezuela representa lo contrario de todo lo que él defiende. Lo es más todavía que su autor, Juan Carlos Zapata, sea alguien tan bien enterado de la vida y la obra de Mario Vargas Llosa, en particular de los vasos comunicantes que lo atan a Venezuela. Y lo es aun más que se trate de alguien que tiene lucidez sobre lo que condujo gradualmente al desplome de lo mejor que tenía su país y sobre la entronización definitiva de lo peor en este lugar que antes nos servía de referencia y hoy nos duele y entristece. Porque, claro, éste es sobre todo un libro sobre Venezuela. Mario Vargas Llosa y su relación con ella es un hilo conductor que sirve para lo verdaderamente esencial del libro: hacer desfilar ante los ojos del lector la secuencia impresionante y aterradora de la decadencia venezolana de las últimas décadas.

Empleando las técnicas del monólogo en primera persona, la crónica, el testimonio y el ensayo, y usando la literatura de un escritor emblemático del siglo XX latinoamericano como punto de apoyo para poner a dialogar a la ficción con la historia con mayúsculas,  Zapata ejecuta una radiografía política y moral de su país. Nos muestra cómo una clase dirigente que empezó significando la buena cara del continente acabó en lo que está convertida hoy. Y lo hace explorando la psicología de sus viejos líderes, de quienes tuvieron en sus manos la responsabilidad de llevar a Venezuela al primer mundo y optaron por alejarla de él, así como de los actuales, los que dieron el puntillazo a lo bueno que había. El lector asistirá así a la narración de los hechos que a lo largo del tiempo llevaron al surgimiento de uno de esos caudillos que parecían confinados a los libros polvorientos de la historia del populismo latinoamericano y han cobrado una actualidad espeluznante. También verá con nueva luz hechos recientes, ocurridos ya bajo el populismo autoritario, que son objeto de una incesante propaganda tendiente a nublar la verdad e instalar mentiras en la conciencia de la gente.

Pero, atención: no es un libro pesimista. Uno no emerge de sus páginas con desaliento sino con una melancolía no exenta de estímulos para imaginar una Venezuela mejor. Una Venezuela que, como lo ha hecho a lo largo de su carrera literaria y de hombre público, Mario Vargas Llosa volverá a visitar más pronto que tarde para celebrar las buenas noticias con las venezolanas y los venezolanos libres.

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