Las regionales: Qué, por qué, cómo, por Gonzalo Himiob Santomé

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En otras oportunidades, y no veo ahora razones para argumentar lo contrario, he sostenido que si cualquiera de nosotros se define como demócrata no puede renunciar al voto como herramienta de cambio político y social. En democracia las decisiones sobre el destino del país las toma el pueblo ejerciendo su derecho a participar en los asuntos públicos a través del sufragio que, en nuestro país, se supone, debe ser libre, universal, directo y secreto. Por supuesto, en la Venezuela de hoy, este aserto disparado desde la cintura y sin las precisiones que cabe hacer puede desencadenar reacciones de toda índole. La razón es muy sencilla: Si le ponemos la lupa a nuestra experiencia “electoral” (así entrecomillada) más reciente, léase, la que consolidó eso que el gobierno llamó, sin serlo ni en fondo ni en forma, una “Asamblea Nacional Constituyente”, e incluso a otros sufragios previos, hasta a aquellos en los que no nos fue tan mal, no podemos sino concluir que no han sido tan libres, universales o directos como los hubiésemos deseado, y queda pendiente y en duda (por aquello de las infames listas “Tascón” y “Maisanta”) saber si en efecto fueron secretos nuestros votos o no. Nada alentador el panorama.

La cuestión entonces no está en determinar si uno es demócrata o no, eso queda en la conciencia de cada quien (y el gobierno ha jugado muy bien sus cartas para llevar a muchos a añorar los caminos verde oliva), sino en si se puede ser demócrata o no en un país como el nuestro en estas circunstancias en las que nos ha tocado vivir. Pese a las tentaciones inmediatistas y ciegas de unos pocos, no creo que exista duda alguna de que a la gran mayoría de los venezolanos nos interesa vivir en un país en el que las decisiones sobre nuestro destino político se tomen a través del voto, uno en el que podamos participar en los asuntos públicos a través del sufragio libres de todo apremio o coacción, de manera directa, universal y secreta, no sujetos a subterfugios, a triquiñuelas, a amenazas ni a imposiciones, de forma que, además, los resultados de las elecciones se correspondan realmente con la voluntad mayoritaria expresada por los electores.

Las dudas se plantean cuando se contrasta ese “deber ser” (que es el que defiende nuestra Carta Magna vigente, por cierto) con el “ser”, con lo que en realidad tenemos, con lo que nos ha hecho el gobierno, a todos, cada vez que se ha presentado alguna oportunidad para que nosotros, el pueblo, decidamos mediante el sufragio qué es lo que queremos para nosotros y para nuestra nación desde el punto de vista político. Allí es donde el tema se torna complicado, y es allí donde se centra el debate sobre si la oposición debe participar o no en las elecciones regionales convocadas a destiempo, con más de un año de retraso, por el gobierno.

Si queremos constatar que lo antes afirmado es cierto, es decir, si queremos comprobar que el centro del debate sobre las regionales no está en si queremos seguir siendo demócratas o no, sino está en que la ciudadanía no considera posible serlo verdaderamente en estos momentos, con todo lo que ello implica, solo tenemos que plantearnos un breve ejercicio hipotético: Eliminemos de la ecuación todo lo demás que nos está pasando (la crisis económica, la inseguridad, la escasez, la persecución por motivos políticos, la desbordada represión, los asesinatos, las torturas y no pare usted de contar) e imaginemos: Si la sombra de la duda, responsabilidad de los turbios manejos del poder en materia electoral, no acompañase cada sufragio que ha tenido lugar en Venezuela en los últimos lustros, si tuviésemos plena o al menos relativa confianza en el árbitro electoral y si considerásemos que sí es posible que lo que se expresa en las urnas sea lo que al final se refleje en los resultados de una elección, el que el gobierno hubiese convocado por fin, aunque tarde, a las elecciones regionales, después de estos intensos meses de protesta de este año, no sería visto como un ardid, sino como una victoria del liderazgo opositor y de la ciudadanía. Lo que pasa es que todos esos “si”, todos esos condicionales, no existen. En materia electoral, en Venezuela, la duda y la suspicacia son la regla. No tenemos confianza, y ahora menos, en el CNE; no creemos posible que la voluntad mayoritaria sea respetada y, por el contrario, tenemos la plena certeza de que si al gobierno le interesa alterar los resultados lo hará descaradamente y de manera “irreversible”. Y lo que es peor, a este nefasto coctel hay que agregarle que incluso si la oposición ganase la totalidad de las gobernaciones de forma que no hubiera posibilidad de negar tal verdad, el gobierno hará todo lo posible, armado ahora con su írrita ANC, para que las autoridades regionales adversas no queden más que como vacíos jarrones chinos. Puro adorno y barniz.

¿Deben entonces, en estas condiciones, los operadores políticos opositores participar en las regionales? La respuesta inicial, disparada tan desde la cintura y a quemarropa como las afirmaciones que encabezan este escrito, es un “no” tan rotundo e inamovible como el peñón de Gibraltar. Es la respuesta que he encontrado en casi todos los ciudadanos “de a pie”, como los llamamos acá, a los que les he formulado la inquietud. Pero una segunda vuelta a la pregunta ya con las tripas más en calma, desde una reflexión más densa y valorando además otras opciones y visiones, puede ofrecernos otras respuestas menos lapidarias y más eficaces, al menos en mi criterio, de cara a la lucha, la larga lucha, que aún nos queda por delante.

De mis mentores aprendí que, ante cada dilema y en caso de duda, tenemos que formularnos y respondernos las preguntas que lo componen desde sus formas más básicas. La primera pregunta que debemos hacernos entonces es qué hacer. Las respuestas posibles son participar en las regionales o no participar. Si tu respuesta es no participar, como lo ha propuesto por ejemplo María Corina Machado, debes estar listo para responder por qué no vas a participar y, después, el abanico de interrogantes que quedan a tu disposición, relativas casi todas a cuáles son entonces las alternativas que, en tu criterio, resuelven el enigma final que es cómo salir del atolladero político, social, económico y hasta moral en el que nos encontramos ahora sin considerar, al menos como uno de los múltiples escenarios de lucha, al escenario electoral inmediato. Si tu respuesta al qué hacer es por el contrario la de participar en las regionales, como lo ha decidido el grueso de los partidos que integran la MUD, debes entonces estar listo para responder otras inquietudes subsiguientes igualmente importantes. La primera de ellas es por qué vas a participar.

Hasta ahora, hay que decirlo, son pocas las respuestas satisfactorias a esta segunda inquietud. “Porque no se deben perder los espacios” no tiene sentido como respuesta. La ciudadanía no es boba, y ya sabemos que esos espacios están perdidos de antemano. En la arquería en la que queremos meter esos goles regionales está un arquero abusivo e ilegítimo, pero omnipotente, la ANC, y un defensa, el CNE, que no van a dejar que esa pelota pase, ni que sea Messi el que la patee. Mucho menos son aceptables, que también los hay, los anhelos egoístas y ciegos de algunos que no están pensando en clave de país sino en su propia proyección política. A final de cuentas, ¿de qué carrizo te sirve ser electo gobernador, o toda la pompa del cargo, si no te van a dejar gobernar o si, como ahora también es la regla, puedes terminar como bola de arbolito o peor, hasta preso? Los ejemplos sobran.

La mejor respuesta en quienes desean participar en las regionales tiene que ver con tres aspectos fundamentales: El primero: No se es demócrata a conveniencia ni solo cuando el viento y las condiciones están a tu favor. Si crees en el voto libre, directo universal y secreto como herramienta de cambio y de evolución política debes luchar para que éste sea una realidad, y debes defenderlo en la arena en la que te toque defenderlo, especialmente cuando las condiciones te sean adversas. El segundo: De cara a la comunidad internacional no puedes pretender ni reclamar democracia renunciando a lo que a ésta le es más esencial: La participación de la ciudadanía en la decisión sobre su destino político a través del voto. Lo que se ha logrado en el planeta entero en estos meses de protesta, las innumerables muestras, y los pronunciamientos formales, de solidaridad con el pueblo venezolano; y el rechazo mundial a las arbitrariedades de Maduro tienen que ver con la masiva demostración no solo de nuestro mayoritario anhelo de cambio en todos los ámbitos posibles, sino además de nuestro carácter esencialmente pacífico y, por encima de todo, democrático. Rechazar, de buenas a primeras y desde el estómago, por justificadas que sean nuestras razones, cualquier oportunidad de participación en la solución, o al menos del intento de solución, de nuestros problemas a través del voto, por escarpada que sea esa cuesta, nos iguala, a los ojos de los que nos ven desde afuera, con esa montonera ganada a la violencia y sin más objetivo que el de mantenerse en el poder “como sea” que es el madurismo. Ese sí es un “espacio”, el del reconocimiento al verdadero talante de nuestro pueblo y a la legitimidad de nuestro reclamo a los ojos del mundo, que no podemos darnos el lujo de perder.

En tercer lugar, hay que considerar un último aspecto que, en mi criterio, sí ha sido descuidado, al menos a nivel de mensaje, por nuestra dirigencia política, pese a que es quizás el más importante, y es éste: El escenario de las elecciones regionales es uno de los múltiples escenarios de lucha, pacíficos, constitucionales e igualmente contundentes, que los ciudadanos tenemos a nuestra disposición para acabar con esta pesadilla, pero no es el únicoescenario de lucha ni, mucho menos ahora, el más importante escenario de lucha. Dejar de participar en las regionales es ciertamente abandonar un escenario, es dejar una arquería (una de muchas, pero arquería al fin) sin portero, y eso es un error táctico y estratégico porque cuando tu juego está abierto en varios frentes, sea que te gusten o no, no puedes descuidar ninguno porque cualquier tanto que te anoten, al nivel que sea, es un paso hacia tu derrota definitiva.

Allí ha estado, en mi criterio, la falla en los operadores políticos opositores. Ha sido un error permitir que la gente perciba (o que comprenda, lo que sería a la larga peor) que, en la visión de nuestros líderes políticos, abiertas las puertas de las regionales, todo lo demás ya no es importante ni conveniente. Lo que se siente es que, lanzado por el gobierno al ruedo el hueso de las regionales, la gran mayoría de los representantes de la oposición ha corrido babeando tras éste olvidando, al menos hasta ahora, que si algo nos ha hecho llegar hasta este punto en el que el mundo no nos quita los ojos de encima ha sido que la ciudadanía, de manera contundente, enérgica y decidida, ha cumplido su parte del trato y espera de su liderazgo que haga lo propio con coherencia y, sobre todo, respetando la orden impartida el 16 de julio de 2017, en la que dejamos muy claro cuáles son el sentido, la forma y los objetivos de la lucha asumida.

Pareciera, al menos ese es el mensaje que llega, que todos los métodos previos (las manifestaciones multitudinarias, las protestas pacíficas, las generalizadas expresiones de descontento coordinadas desde la dirección política, el desconocimiento legítimo propuesto de cualquier autoridad que no cumpla con nuestra Carta Magna) ya no son deseables ni necesarios. Y si es un error táctico y estratégico descuidar las elecciones regionales, mucho más grave es descuidar, y dejar a un lado, todos los demás métodos pacíficos de lucha política que, a la sazón y de cara a la comprobación práctica de los resultados obtenidos, son tan o más importantes que el de las elecciones regionales.

Eso nos lleva entonces a plantear, en quienes responden afirmativamente sobre la participación en las regionales, una última pregunta básica que es muy importante: Cómo vamos a participar. Primero, los que decidan participar tienen que hacerlo sin ingenuidades, cuidándose mucho de vender espejismos a una ciudadanía que, lo voy a repetir, no es boba; con la certeza de que van en franca desventaja, contra un adversario tramposo y abusador, pero con la mira puesta en demostrar, una vez más, la contundente, pacífica y democrática mayoría opositora que es hoy Venezuela a despecho de que después, poniéndose más en evidencia ante propios y ajenos (lo cual también es provechoso) el gobierno haga trampa o neutralice de facto y a posteriori la efectividad local de las victorias que se logren.

Por otro lado, si de acá hasta octubre lo único que va a ocupar la agenda y los recursos de los operadores políticos opositores es el tema de las regionales, abandonando los demás escenarios de lucha, se le estaría dando la espalda, más bien una bofetada, a la ciudadanía, y esto puede traer la consecuencia nefasta de que el al final el tanto definitivo contra tu equipo y contra Venezuela no sea por obra del adversario, sino un autogol: El de la abstención como castigo. Por eso, abonando más en cuanto al cómo, si se va a participar en las regionales, hay que hacerlo arrostrándolas como un escenario más, uno entre muchos, más no el único, de lucha por el rescate de Venezuela.

No se debe dejar de hacer lo que, con altas y bajas, nos ha funcionado hasta ahora para ocuparse solo y exclusivamente de lo que ya se sabe que, en realidad, al menos en estas condiciones, no va a funcionar como debería hacerlo. Por eso solo así, en los términos y bajo las condiciones antes elaboradas, es que puede justificarse la participación de la oposición en las regionales.

@HimiobSantome

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