¿Y ahora? por Gonzalo Himiob Santomé

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El trago amargo, uno más de este gobierno, de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) ya pasó. Allí está, instalada contra viento y marea, ejerciendo ilegítimamente funciones que no le fueron asignadas por el pueblo ni para el pueblo, sino contra el pueblo, al amparo del capricho de unos pocos que vieron en esa opción la oportunidad de oro para correr su arruga un poco más, de la mano de más de 500 irresponsables oportunistas que, estoy seguro de ello, aún no han entendido el tamaño y la gravedad de las consecuencias de sus actos. Nadie, ni siquiera muchos maduristas que fueron dejados por fuera merced las artes falsarias de las furias del CNE (esas que cortan por los dos lados) reconoce ni valida esta ANC, pero ahí está instalada, toda ella un insulto contra la ciudadanía, toda ella un monumento contra la democracia, toda ella un error histórico cuyas proporciones y magnitud aún están por verse.

Maduro puede bailar sobre la sangre derramada en estos últimos meses todo lo que quiera, pero hasta los otrora oficialistas ven a la ANC con suspicacia. Puedes defenderla adornándola con las florituras que quieras, pero lo cierto es que ni siquiera si hubiese sido promovida e instalada como lo ordena la Constitución vigente, con el respaldo de la mayoría y siguiendo los pasos legales que ni siquiera Chávez se atrevió a obviar, hay manera de que la ANC resuelva la grave crisis en la que estamos hasta más allá del cuello. Tratar de sacar al país del caos en el que Maduro lo ha sumido con una ANC es como intentar enfrentarse a un tiburón hambriento armados con una tuerca de bicicleta. Es imposible y absurdo, y nadie que tenga más de dos dedos de frente puede pensar con seriedad lo contrario. El futuro inmediato viste de negro, ya ni siquiera de rojo, y lo demuestra el hecho de que a solo unos pocos días de consumado el dislate, los precios de todo se han duplicado y hasta triplicado.

Mientras tanto, de este otro lado de la acera, la dirigencia política se percibe, al menos hasta el momento en el que escribo estas líneas, desorientada, dividida y difusa. El único mensaje claro y honesto, autocrítico y directo, hay que decirlo, lo dio Ledezma antes de que la ANC se instalara, y la jugada casi le cuesta terminar definitivamente en Ramo Verde. De los demás, excepción hecha de Leopoldo López, que ha vuelto a ser neutralizado, poco se ha visto u oído. Mientras tanto la ciudadanía se siente desmotivada y a la deriva, y sigue siendo el blanco directo de la más descarnada represión que, aprovechándose de la ausencia de liderazgo y de línea de actuación clara en la oposición, está haciendo lo que le viene en gana.

¿Qué hacer entonces? Yo creo que momentos de circunstancial incertidumbre, por definición temporales, no hay que apresurarse a tomar decisiones de efectos permanentes, y también creo que cuando el ánimo no encuentra camino por el que llegar a su destino, debemos volver a nuestro centro y recordar cuál era el sentido y el destino original de nuestros esfuerzos y sacrificios. Recordemos, no fue la ANC (que fue una complicación sobrevenida) la que motivó las protestas continuas que han tenido lugar en el país desde 2014, ni mucho menos las de 2017. Lo que nos hizo alzar la voz fue la grave escasez que estamos padeciendo, la inclemente inseguridad que todo lo devora, la inhumana persecución judicial contra la oposición y la disidencia y la ausencia absoluta de voluntad, en el poder, de medirse en elecciones justas y libres. Nada de eso ha cambiado. Salvo por el anuncio a deliberado destiempo de unas elecciones regionales en las que muy pocos, dadas las condiciones actuales, creen, todos los demás temas de la agenda opositora siguen sobre la palestra. Nuestros problemas no han desaparecido, han empeorado.

Si nuestra situación se mantiene igual, o está peor, nada justifica el abandono de la protesta pacífica como mecanismo de reivindicación social o política. Aunque el costo ha sido sumamente elevado, mucho se ha logrado en estos meses (vean por ejemplo cuántos países le han dado la espalda a la ANC y, consecuentemente, a Maduro) por eso la opción de la apatía no encuentra sustento y debe ser, de inmediato, desechada. Callar ahora, o abandonar la protesta pacífica y multitudinaria, sería además de un error inmenso un grave irrespeto a quienes han dado desde su libertad, que se cuentan por miles, hasta su vida, que ya superan la centena, por el sueño de una Venezuela distinta y mejor. Quizás nos toque reinventarnos y buscar nuevas maneras de expresar en paz, pero de manera contundente y más efectiva, nuestro descontento, pero ni el miedo ni el silencio son, en este momento, opciones válidas.

Hay un espacio individual en el que no gobierna ningún presidente ni puede mandar ANC alguna. Tal vez deberíamos empezar por ahí. Es ese espacio en el que tú decides, sin que nadie te insinúe o te imponga sus criterios, qué es lo que tú mismo consideras válido o legítimo. Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a tener por válida la ANC, no creo en su autoridad, por el simple hecho de que no fue producto su elección de la voluntad popular, ni pienso guiar mis actos o mis desempeños por otra Carta Magna que no sea la que, en 1998 y con sus altas y bajas, decidimos darnos, ni pretendo dejarme naricear por instituciones o esperpentos que no hayan nacido de la orden inequívoca de la mayoría ciudadanía. La Constitución que fue promulgada en 1999 es la que vale, de hecho, sigue y seguirá vigente por ahora, y ningún grupo de anónimos personajes electos casi a dedo y contra lo que pautan las más elementales reglas democráticas va a encontrar en mí ni apoyo ni obediencia. Para mí sus barullos no son más que alharaca y ruido, fuerza destructiva e imposición dictatorial, y con eso no comulgo ni comulgaré jamás.

Volvamos entonces a nuestro centro. Recordemos los motivos de nuestra lucha y qué fue lo que nos trajo hasta acá y, sin olvidar jamás el costo que ha representado, y sin pensar siquiera en potenciales impunidades, rescatemos lo positivo y productivo de nuestros actos de estos últimos meses y aferrémonos a lo que nos ha funcionado desechando sin mayores juicios ni inútiles resquemores lo que no nos ha rendido frutos palpables. A los políticos, que justo es reconocerlo, han estado hasta ahora y en general a la altura del compromiso asumido, que tampoco la han tenido fácil y han recibido también su cuota de “patria”, recordémosles que su deber no es marcar la pauta sino interpretarla y seguirla, y que esa línea, esa pauta, se determina y nace en las ciudades, los pueblos, los barrios y en el alma de cada uno de los ciudadanos que, sin querer otorgarles más “cheques en blanco”, aun confiamos en ellos.

Es el momento se separar el trigo del gamelote y de poner nuestras apuestas donde está nuestra boca. Se acabaron las medias tintas y los guabineos. Llegó la hora de saber si estamos a la altura de nuestro Himno Nacional o si, por el contrario, somos una nación de cobardes borregos.

 @HimiobSantome

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