Amar al prójimo, por Gonzalo Himiob Santomé

Amar al prójimo

@HimiobSantome

Me formé en el Colegio La Salle, en Maripérez, en el que lo regular era asistir a misa al menos una vez por semana y comenzar cada día (aún lo hago) en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Incluso los bondadosos Hermanos de La Salle, en algún momento de mi adolescencia, me ofrecieron seguir su camino, lo que no ocurrió por muchas razones. Quizás fue lo mejor, porque tras graduarme dejé de ir a misa con regularidad. No soy un católico ejemplar. La verdad es que, a poco de terminar mi carrera, un sacerdote que durante un sermón no dejó de pregonar que todos los divorciados iban directo al infierno acabó completamente con mis motivos para ir a misa. Mi madre, que era la bondad hecha mujer y que jamás le hizo daño a nadie, acababa de morir, se había divorciado hacía mucho de mi padre y ahí estaba ese señor diciéndome que para ella no había redención posible. Sea porque aún tenía la tristeza a flor de piel, por rabia o por cualquier otra razón, lo tomé como una afrenta personal. Me levanté y me fui. El Dios del que me hablaba ese sacerdote no era el Dios justo, generoso y bondadoso del que me habían hablado toda la vida. Llegué incluso a pensar que podía tratarse de un dislate del cura, de una postura aislada y discordante, pero tras indagar un poco descubrí, para mi decepción, que la del clérigo era a la vez, al menos en ese entonces, la postura general de la Iglesia Católica sobre ese tema.

 

Luego, poco a poco, empecé a ver también que muchas de las personas que más iban a misa, las que más rasgaban sus vestiduras en nombre de nuestra Fe eran, por así decirlo, luz en la calle y oscuridad en la casa. Mucha oración, mucha confesión semanal, mucho golpe de pecho y mucha limosna por acá y por allá, pero a la hora de la verdad, cuando alguien necesitaba su ayuda, cuando llegaba el momento de poner sus actos donde estaba su boca, mostraban prejuicios y desprecios contra sus semejantes que eran muy poco dignos de las Sagradas Escrituras. Eso terminó por alejarme de la Iglesia, lo que no quiere decir, pese a lo que algunos puedan creer, que me haya alejado de Dios.

 

Creo que para llegar a Dios, al igual que para llegar a ser una buena persona, todos los caminos son posibles. No creo que exista una sola religión, con todo respeto lo digo, que pueda adjudicarse el monopolio de la virtud ni la titularidad absoluta de las llaves del paraíso. Creo que nuestro mundo sería uno mucho mejor si dejásemos de pensar, sobre todo en asuntos morales y religiosos, que nuestra manera es la única o la mejor manera. La historia y los sucesos recientes de este mundo de locos lo demuestran: Todo fundamentalismo es ignorancia y maldad.

 

Sí, somos mucho más que vísceras, sangre y músculos montados sobre huesos. También somos espiritualidad, anima, y es esa espiritualidad la que define la manera en la que nos relacionamos con el mundo que nos rodea y con nuestros semejantes. Allí puede enseñorearse, si lo permitimos, la más nefasta oscuridad, pero es allí también donde está Dios. De nosotros, no de lo que diga un libro ni de lo pregone como dogma cualquier otro ser humano tan falible e imperfecto como nosotros, depende cuál será nuestro camino y, lo que es más importante, cuál será huella que dejaremos en nuestros semejantes.

 

Dios está en las decisiones que tomamos a diario, en la belleza incólume de la naturaleza, en la primera sonrisa que nos regalan nuestros hijos recién nacidos, en el respeto a los demás y también en las adversidades. Sí, Dios también se nos muestra a veces bajo la forma de duros aprendizajes desde los que crecemos o no según sea nuestra decisión. Hoy Domingo de Resurrección, fecha tan significativa para quienes fuimos bautizados en la Fe Católica, quizás sea un buen momento para reflexionar sobre el papel de la Fe en nuestras vidas y, por encima de todo, para comprender que el verdadero cielo no está sino en amar al prójimo, pese a nuestros defectos y diferencias, como a ti mismo.

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