Hombre de pueblo, por Carlos Dorado

selfie

Me llama la atención observar en las grandes ciudades, sobre todo en aquellas más turísticas, la gran cantidad de gente haciendo los “selfies” con el monumento a sus espaldas. Una vez realizado, comienzan a enviarla por “whatsapp” a toda su lista de contactos, e inmediatamente buscan otro monumento para sacarse otro, hasta que terminan la ruta turística.

Siempre pienso que esa gente no busca disfrutar del monumento o del lugar. No les da tiempo de admirar su belleza o de conocer su historia, sino simplemente de sacar una foto, como testigo de: “Yo estoy aquí”, para que la mayor cantidad de personas lo sepan o lo envidien. Es algo así como sentir más satisfacción por impresionar a los demás, que por impresionarse uno mismo. Esa envidia que sabe que despertará en los demás pareciera que es el mejor estímulo para ellos sentirse bien.

Hace unos meses fui en un viaje de negocios con una persona a una ciudad que él no conocía. Camino a la ciudad desde el aeropuerto, pasó la mayoría del tiempo revisando su iPhone, leyendo emails, chats y respondiendo alguno, sin tener tiempo ni ganas de observar a su alrededor.

Para provocarlo, de vez en cuando le comentaba: “Mira que interesante ese edificio”, “Qué típica esta calle”. Levantaba la mirada, más por compromiso que por curiosidad, y de vez en cuando sacaba una foto, y continuaba inmerso en su teléfono. La foto, seguramente sólo era para recordarle o justificar que algún día pasó por ahí.

En la sociedad actual aterroriza el corto plazo, el ver cómo la gente se desplaza dentro de su propio mundo, olvidando por completo de dónde viene, y sin tener remota idea de a dónde va. Aterroriza esa búsqueda desenfrenada del placer inmediato y desechable, para buscar inmediatamente el siguiente. Estamos enseñando a la gente a pensar a corto plazo, y a sacrificar intereses a largo plazo, por supuestas recompensas de corto plazo.

Debe ser porque yo soy de pueblo, donde todo tiene sus tiempos. Donde el roble, y el castaño se van haciendo grandes y fuertes con el tiempo, donde hay un tiempo para sembrar y uno para recoger, donde la gente se conoce por lo que son, no por lo que quieren ser. De los que se quedan mirando largo rato cuando pasa un coche hasta que se pierde en la distancia. Del que sigue siendo un lugar precioso, a pesar de que no hay Internet.

En los pueblos nos enseñan a confiar en la naturaleza, la cual siempre nos sabe orientar hacia lo más genuino, hacia lo auténtico, dándonos la exacta noción del tiempo. Donde lo que quieras experimentar y obtener, debes conquistarlo por ti mismo. Sin embargo; estamos viviendo en un mundo donde lo inmediato lo queremos durante mucho tiempo, y el mucho tiempo lo queremos de inmediato, el “ahora” tiene poca duración, y estamos construyendo nuestras vidas de “ahoras”, y eso nos confunde. Los placeres perecederos nos deslumbran, y nos oscurecen el camino a seguir.

Mi madre solía decirme: “Carlos, despacio que llevamos prisa”. Mantener la mirada fija en el horizonte mientras se hace lo necesario ahora, es la mejor forma de construir ahora la vida del mañana. Porque para grandes cosas, mucho tiempo se requiere; ya que el tiempo es como el viento, arrastra lo liviano y deja lo que verdaderamente pesa.

Si la gente fuese como se describe en Facebook, y tan feliz como salen en los “selfies que envían”, el mundo sería una maravilla; lo grave es que lo que se percibe en esos perfiles y en esas fotos es que últimamente hay mucha hipocresía.

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