#Aquí no se habla mal de Venezuela, por Carlos Dorado

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Solía decirme mi madre: “Carlos si estás buscando una persona que cambie tu vida, mírate al espejo”. Nosotros los venezolanos queremos que muchas cosas cambien en nuestro país, pero no estamos dispuestos a cambiar nosotros. Creemos que son los demás quienes tienen que cambiar, que nosotros somos perfectos, y decidimos cómo quisiéramos que fuese nuestro país; pero nos da pánico analizarnos a nosotros mismos con la severidad que analizamos a los demás.

El destino de un país está en manos de sus ciudadanos, y el mismo se construye con acciones; no vociferando. La suma de cómo todos sus ciudadanos hacen, piensan y obran por el país, es el resultado del país que hacemos, pensamos y construimos; donde cada uno de nosotros como individuo contribuimos a mejorarlo o a empeorarlo. Para esto, no hace falta ser el Padre de la Patria, sería suficiente con que todos fuésemos buenos hijos de ella.

Todo esto viene a colación, porque estando en el exterior la semana pasada, escuché la conversación de un venezolano que decía que ya Venezuela no merece la pena, que el gobierno no sirve, que la oposición da vergüenza, que ya no se puede vivir con tanta inseguridad, y que la economía se llevó al país por delante. ¡No hay futuro, en Venezuela ya no se puede vivir!

Somos nosotros los venezolanos los primeros que tenemos que respetar a nuestro país, para poder aspirar que lo respeten los demás. Nos estamos acostumbrando a hablar mal del mismo, y eso es peligroso. Estamos perdiendo la fe colectiva de poder hacerlo mejor. No somos el más grande, ni el más desarrollado, ni el más fuerte, ni el más eficiente, ni el más culto. Estamos bien lejos de todo eso; pero es nuestro país, es nuestra tierra, es nuestra sangre, y eso se respeta; si no es por admiración, es por solidaridad y amor hacia una tierra, que quizás la única culpa que le podemos reprochar es precisamente tenernos a nosotros.

Tenemos que promover nuestros valores, dar ejemplo de trabajo. Debemos de analizar nuestro pasado y nuestro presente con autocrítica sincera, y aprender de los errores, sin dejar de creer en nuestro país y su futuro, ya que estaríamos dejando de creer en nosotros mismos. Hay que retar a la situación actual, aunque se haya tornado muy compleja, y a pesar de que en algún momento la incertidumbre nos haya desbordado; es hoy en los momentos difíciles cuando realmente tenemos que seguir apostando por nosotros y por nuestro país. 

Son muchos los que hablan mal de Venezuela, son pocos los que calladamente trabajan por ella. Muchos los que se enriquecieron, en vez de enriquecerla. Muchos los que escupen en el plato donde comieron. Y no se trata de llorar cada vez que se escucha el himno nacional, o poner la mano en el corazón cuando izamos la bandera pensando que somos lo mejor por el hecho de haber nacido aquí. Se trata de demostrar mediante hechos, con trabajo, sacrificio, perseverancia, principios, con intelecto; y sobre todo con la consciencia de que somos nosotros y sólo nosotros, los que podemos convertir (antes que tarde) a nuestro país en uno de los mejores.

Llego a Maiquetia, pongo la maleta en el escáner de la aduana, y veo una calcomanía en la parte superior de la máquina que dice: “#Aquí no se habla mal de Chávez”, y pienso en el venezolano que hablaba mal del país, y me quedo pensativo. Quizás la consigna debería ser: “#Aquí no se habla mal de Venezuela”. Mejor dicho; “Aquí no se habla, se trabaja por Venezuela y su futuro”.

 

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