¡Padres de mentira! por Carlos Dorado

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Hoy en día, los niños en general, tienen una baja tolerancia a la frustración y al dolor, porque los padres tratan de darles todo, y apenas sienten que el niño tiene un deseo, buscan cumplírselo desesperadamente. Quieren distorsionarle o esconderle las realidades de la vida. Los sobreprotegen, y en su afán de hacerles un bien, terminan haciéndoles un mal. Como decía mi madre: “Si no lloras, cuando te toca llorar, las lágrimas se quedan dentro, y resulta más difícil reír”.

La frustración y el dolor, son los que dan la base para construir la fortaleza emocional básica cuando se tiene que afrontar el sufrimiento; y no se trata de que los niños aprendan a sufrir, sino que aprendan a transitar emociones, las buenas y las malas, a vivirlas y enfrentarlas, porque sólo viviendo de vez en cuando en la oscuridad, se puede apreciar la luz.

Les damos de todo para que sean felices, sin darnos cuenta que ese todo, termina sacándole el espacio para que sean precisamente felices; y cada día vemos un mayor número de niños con síntomas de depresión, insatisfechos, sin ilusiones y sin metas, que terminan siendo caldo de cultivo para las drogas, e inclusive algunos llegan a abrazar causas extremistas, donde supuestamente les dan un sentido a su vidas.

Los Ipad, los teléfonos inteligentes, los videojuegos, y las redes sociales sustituyeron a los padres, y cualquier tema de conversación o reunión familiar pierde todo tipo de atractivo ante un chat, unas fotos en instagram, o un video en YouTube. Las redes sociales pasaron a copar sus tiempos libres, sus intereses, y sus motivaciones.

Mientras este proceso se va consolidando, los padres en su afán de complacer, y los niños en su estado de no complacidos con nada, van mermando la tolerancia a todo aquello que no les gusta, donde el padre va perdiendo la autoridad que el hijo va ganando; hasta que llega el momento en que la autoridad es ejercida por éste, teniendo el padre que someterse a los caprichos del hijo.

En primer lugar, siempre hay que poner las normas y los límites claros. Los límites no son un derecho de los padres, sino de los hijos, para así garantizarse que los padres cumplan con su sagrado deber de ser padres y no alcahuetes. No se trata de dejarles hacer lo que quieran, sino lo que deban. En segundo lugar, es necesario crear un entorno de comunicación cotidiana, de tal forma que si el niño pasa por un problema lo cuente, no porque son amigos, sino porque son padre e hijo, y tiene que prevalecer el diálogo, pero eso sí con respeto. El tercer elemento es el afecto diario. Una de las mejores cosas que pueden decir los hijos de los padres es que «somos unos pesados». El amor no es algo que se vive cada día en los detalles cotidianos. Hay que llenar el entorno de afectividad expresa, y con el tiempo los hijos no sólo lo sentirán sino que lo apreciarán.

Nuestros hijos son nuestra única esperanza para el futuro, pero nosotros somos su única esperanza para su presente, y tenerlos es el mayor honor y la mayor responsabilidad que se le puede conceder a cualquier hijo. ¡Ejerzámosla con responsabilidad! Dejemos de ser padres de mentira. Como esas películas del oeste, donde sólo hay la calle principal, y las fachadas de las casas, pero nada detrás. Todo parece muy bonito, hasta que se observa un poco más adentro.

Procuremos más ser padres de un futuro mejor, que hijos de un pasado mejor. Es nuestra responsabilidad, y eso no se puede delegar en los hijos.

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