Tu me enseñaste, por Carlos Dorado

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Tú me enseñaste que una buena comida te alimenta un día, el conocimiento toda la vida. De preocuparme y ocuparme sólo de aquello que puedo cambiar. Que los fracasos, son el verdadero inicio para los éxitos. Que probar y fallar encierra muchas lecciones, no probar no encierra ninguna.  Que puedo elegir entre la comodidad o el trabajo, pero rara vez ambas cosas, y que es mejor arrepentirse de haber hecho mucho, que de haber hecho poco.

Tú me enseñaste que nunca hay que perder la humildad, ya que es el lugar más seguro para estar. Que el propósito de la vida no es que sea vivida, sino que sea aprovechada, y que nada vale el lamentarse del mañana, si no lo hacemos hoy. Que si quiero una vida única, debo rodearme de gente única. Que nunca debo aprovecharme de nadie, pero tampoco permitir que nadie se aproveche de mí. Que atravesar un valle, no significa que todo sean valles, y que atravesar montañas no significa que todo sean montañas; la vida al igual que la tierra están hechas de valles y de montañas. Que la vida es como un partido de fútbol, que pocos juegan y muchos miran. Que es mejor ser el escultor, que la talla esculpida por el escultor.

Tú me enseñaste a atreverme a atreverme. Que demostrar es la mejor y única forma de convencer. Que si no hago nada para cambiar una situación, entonces resultará justo que esté en ella. Que de todos los caminos se aprende algo, sólo no se aprende de aquel que no recorro. Que no importa lo grande que sean mis sueños, sino lo que estoy dispuesto a sacrificar para alcanzarlos. Que la vida sólo nos da dos opciones: trabajar por aquello que nos apasiona, o trabajar en aquello que le apasiona a otros. Que la vida es un ciclo, donde el fin del anterior, es el inicio del siguiente.

Tú me enseñaste a dejarme la piel cuando el resultado dependa de mí, y a no esperar nada o casi nada, cuando depende de los otros. A que lo importante no es cuánto estudio, sino cuánto aprendo. Que suprimiendo aquello que me aporta poco, potencio aquello que me aporta mucho. Que no hay ninguna noche que haya sido eterna, ni tampoco ningún día, y debo comprar el paraguas cuando hace sol, para no mojarme cuando llueve. Que el constante no deslumbra, pero siempre vence. Que aumentando las horas de ocupación, reduzco las de preocupación.

Tú me enseñaste que el silencio de los buenos, es el que convierte en gritos la palabra de los malos. Que la gente que hace grandes cosas además aplaude, y el que no hace nada, es el que más critica. Que la disciplina que otorga pequeños triunfos, es la misma que da grandes victorias. Que si quiero vivir dos vidas, debo vivir la que tengo con el doble de intensidad. Que no debo gastar energía en las batallas de los otros, debo ahorrarla para las mías. Que el dinero es destructivo cuando es un fin, pero constructivo cuando es un medio. Que la satisfacción de conseguir, vale mucho más que el lujo de poseer. Que nunca debo explicar las excepciones, si no dejo claras las reglas.

Tú me enseñaste que si quiero una vida apasionante, debo perseguir un sueño, y que vivir no es una lucha; es un privilegio, no habiendo privilegio mayor que el de contribuir a un mundo mejor, y aunque no podemos hacer crecer más rápido las plantas, sí podemos regar el jardín. Que vivir mejor, no es equivocarme menos, sino aceptarme más.

Pero sobre todo me enseñaste… Que la vida es más corta de lo que pensamos, pero somos más fuertes de lo que creemos, y menos felices de lo que podríamos.

 

Carlos Dorado

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