¡Dependemos de nuestra voluntad!, por Carlos Dorado

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La voluntad es el motor de los comportamientos humanos. Es un impulso que nos empuja a la acción. Cuando carecemos de ella, nos convertimos en apáticos. Esto no significa que todo lo que hagamos sea el resultado de una decisión voluntaria. Por ejemplo; hay actos biológicos o instintivos, que no requieren de voluntad. Así como actividades rutinarias que realizamos de una manera mecánica, sin una deliberación previa.

La voluntad es la que pone en juego todas nuestras capacidades al servicio de los objetivos y de los sueños que nos proponemos alcanzar. Recuerdo que mi madre alguna vez me dijo: “Carlos no mires a las estrellas buscando tu provenir, pues sólo con tu voluntad, esfuerzo y el dominio que tengas de ti mismo, alcanzarás todo lo que te propongas”.

En nuestra sociedad resulta bastante tangible el diferenciar la actitud de quienes ejecutan sus tareas con voluntad, y la de aquellos que se limitan a cumplir una simple obligación. El desempeño y actitud de los primeros es superior a lo que cabría esperar de sus competencias; son resolutivos y pareciera que sus acciones se anticipan con acierto a los acontecimientos. En el caso de los segundos, aunque se trate  de personas con amplia experiencia y  excelentes cualidades, es poco lo que podemos esperar de excepcional de ellos; y como mucho, nos encontraremos con que den algún que otro resultado.

Son muy curiosos los casos de personas a las que conocemos (amigos, vecinos, compañeros de estudio, etc.) que nos parecen seres “grises”, rutinarios y poco creativos. Y de repente, tras un tiempo de conocerlos mejor, nos sorprenden cuando los observamos en algún ámbito de su vida privada (el desarrollo de alguna afición, la práctica de un deporte, etc.) comprobando que son muy creativos, impulsivos y con grandes dotes de liderazgo. El contraste tiene su origen en que, inicialmente; sin conocerlos bien, los prejuzgamos como simples ejecutores de acciones; mientras que el segundo juicio que tenemos de estas personas, surge cuando vemos que ponen en juego su voluntad.

Allí donde una persona hace aquello que quiere, encontramos la justa expresión de lo que esa persona es capaz de hacer gracias a su voluntad.

Siempre hay personas especialmente lúcidas para detectar fallos y errores en los demás; pero muy cortos para encontrar soluciones. Por el contrario, quien tiene una voluntad decidida suele analizar las situaciones desde una perspectiva muy práctica y con soluciones efectivas. Ambas actitudes son contagiosas. De hecho, cuando predomina el primer perfil, encontramos sociedades desanimadas y reactivas en vez de proactivas. Por el contrario, basta a veces con que haya una persona realmente comprometida y decidida con un proyecto, para transmitirle a todos los demás el mismo entusiasmo y obtener de ellos una ejecución excelente.

Creo que gestionar la voluntad, supone estar convencido de que el impulso que lleva a la acción es algo que cada quien decide, y que dicho impulso va mucho más allá de lo que su entorno está en condiciones de recompensarle. Quizás por ello, leí recientemente  esto:  “Un buen líder no es el que motiva bien, sino el que evita desmotivar, y tiene la intención de cooperar con voluntad en el éxito de un proyecto común, de superarse a sí mismo, y de alcanzar metas excelentes junto a los demás”.

Por lo tanto, el buen líder debe ser un buen gestor de voluntades, pues sabe que sacar adelante un proyecto común de éxito no proviene sólo de él, sino de todas las voluntades de sus seguidores.

cdoradof@hotmail.com

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