O senhor Bolsonaro, por Alejandro Armas - Runrun

O senhor Bolsonaro, por Alejandro Armas

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LA DÉCADA PASADA Y LA PRIMERA MITAD DE LA ACTUAL FUERON INDISCUTIBLEMENTE una edad de oro para la izquierda latinoamericana, moderada o radical. Un río Amazonas de victorias electorales tiñó la región de rojo, con algunas excepciones. No solo eso. El boom de los precios de los commodities, esos bienes primarios que tradicionalmente han constituido el grueso de las exportaciones de los países latinoamericanos, brindó un caudal gigantesco de dinero. No hay que ser muy brillante para entender el resultado. Gobiernos con tendencia a intervenir en la economía y a distribuir la riqueza con miras a la igualación de pronto se consiguieron con una mina de oro. Ello les permitió desplegar políticas sociales de enorme alcance que, a menudo con bastante populismo mediante, redujeron o al menos disimularon la pobreza característica de las sociedades latinoamericanas. Pero a partir de 2015, por razones que escapan el foco de este artículo, el péndulo se desplazó hacia el otro lado. La fantasía del Foro de Sao Paulo fue desplazada por varios triunfos de la derecha, conservadora y/o liberal. En principio, eso no tiene absolutamente nada de malo. Es parte de la sana alternabilidad a la que los latinoamericanos debemos acostumbrarnos si queremos democracias duraderas.

No obstante, el que casi seguramente será el próximo eslabón en la cadena de victorias diestras sí es preocupante. Muy preocupante. A menos que el lector haya estado desconectado del acontercer internacional reciente, ya debe haber adivinado que me refiero o senhor Jair Bolsonaro en Brasil. Vaya calamidad de elección la que los vecinos del sur se han impuesto con sus propios votos. Por un lado, Fernando Haddad, un personaje gris que solo es candidato porque Lula da Silva está preso y que representa una izquierda demagógica y hundida hasta la sien en escándalos de corrupción. Por el otro lado está o senhor Bolsonaro, a quién dedicaré mi atención.

Aunque parezca un ser desconcertante, en realidad o senhor Bolsonaro refleja casi a la perfección los tiempos en los que la política se ha venido desarrollando en los últimos años. Quizá hasta es una encarnación del Zeitgeist contemporáneo. Para empezar, al igual, que Donald Trump y Marine Le Pen, es un acérrimo detractor del statu quo en su país. Y de forma muy similar a otros líderes “rebeldes”, no tiene ningún miramiento hacia la llamada corrección política. Eso le permite mantener siempre un discurso sin ataduras que expresa sus “coloridas” posiciones.

Pero a diferencia de muchos de los demás dirigentes contrarios al establishment, o senhor Bolsonaro no es un advendizo de la política. De hecho acumula más de 25 años de trayectoria parlamentaria. Pero para llegar ahí tuvo que cambiar el uniforme de camuflaje por un flux. O senhor Bolsonaro viene del Ejército. Tal vez en ese entorno que ensalza la mano dura y la conducta guerrera típicamente asociada con la masculinidad, el ex capitán cultivó la visión del mundo que hasta hoy mantiene.

O senhor Bolsonaro no es muy amigo de la homosexualidad y ha hablado en términos aprobatorios sobre la violencia contra quienes la expresan. También está convencido de que los homosexuales tienen una campaña para incorporar niños entre sus filas y, peor aun, suelen ser pedófilos. Según su punto de vista, el hecho de que “ahora haya más gays que antes” se debe a que madres que deberían estar en casa inculcando valores a sus hijos más bien están trabajando quién sabe dónde. Porque resulta que o senhor Bolsonaro tampoco tiene una idea precisamente elevada sobre las mujeres y su rol en la sociedad. Dado que ellas pueden quedar embarazadas, él piensa que son menos productivas y su salario debe ser menor al de los hombres.

La religión es muy importante para o senhor Bolsonaro. Tanto que hizo de ella un lema de campaña: Brasil por encima de todos. Dios por encima de todo. La frase francamamente me recuerda concepciones absolutistas del poder soberano, como las de Bodin y Hobbes. El Estado, encarnado en un jefe, tiene poderes ilimitados y solo Dios está sobre él. Además, se supone que un slogan político sintetice las intenciones del candidato. Por lo tanto, invocar a una deidad en tal sentido es cuanto menos indicativo de que su religión tendrá alguna influencia en sus decisiones políticas. Esto, por supuesto, sería un riesgo para el Estado laico y la libertad de cultos. Si creen que exagero, los insto a revisar una entrevista reciente de la publicación Estadao a un asesor de o senhor Bolsonaro en materia educativa. El caballero en cuestión se inclina por la enseñanza el “creacionismo” en las escuelas junto con la teoría de la evolución.

Pero nada de esto es lo más alarmante. Aunque la misoginia y la homofobia me parecen deleznables, estoy dispuesto a convivir con personas que se aferren a estos puntos de vista, siempre y cuando no atienten contra los derechos de terceros. Lo que más me espanta es lo que o senhor Bolsonaro piensa sobre la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. A pesar de que esta fue una de las más largas tiranías castrenses sudamericanas en la segunda mitad del siglo XX, es acaso la menos estudiada en la región, fuera del propio Brasil. Por eso, me permito hacer un breve repaso.

Los militares brasileños dieron un golpe de Estado en abril de 1964 que derrocó a Joao Goulart, un Presidente de izquierda (pero no marxista-leninista) con la típica excusa de los uniformados latinos en la Guerra Fría: evitar la dominación comunista. Aun avalándoles el pretexto, el mismo no sirve para justificar que hayan pasado 21 años mandando, en uno de los perídodos más oscuros de la historia del país. La conducta hacia la disidencia fue la usual en estos regímenes: prisión sin juicio, torturas, desapariciones y asesinatos. Como suele ocurrir, el número de víctimas es difícil de estimar y ha habido varios conteos, pero por lo general la cifra oscila entre más o menos 200 y un poco más de 300 muertes atribuidas a esta política represiva. Es una cantidad notablemente menor a la de otras dictaduras militares regionales, como las de Argentina y Chile, pero siguen siendo al menos dos centenares de almas, a las que se agregan muchos más sobrevivientes detenidos y torturados. Por supuesto, este régimen fue un miembro activo del Plan Cóndor, la red de inteligencia entre gobiernos castrenses suramericanos para suprimir a sus respectivos opositores.

Pues bien, o senhor Bolsonaro es abiertamente admirador de cómo se hacían las cosas en aquella época, la cual identifca con el lema nacional de Brasil: orden y progreso. Retratos de los cinco presidentes del período militar adornan su despacho. Considera que los uniformados deberían involucrarse más en la administración del Estado y, a principios de su carrera política, coqueteaba con la idea de un autogolpe (como el de Alberto Fujimori en Perú) si alguna vez era electo Presidente.

Ahora o senhor Bolsonaro está a punto de alcanzar ese puesto, y aunque es imposible saber si aún fantasea con disolver el Congreso, el solo hecho de que haya llegado tan lejos, considerando todo lo expuesto en estas líneas, eriza los cabellos. La razón por la que hoy escribo al respecto es la misma que me ha motivado a redactar artículos en la misma tónica: esa tendencia de algunos venezolanos a creer que, dado que el chavismo es de izquierda, absolutamente todo en la derecha es bueno. Y entre más hacia la extrema derecha, mejor. Tal pensamiento maniqueo los lleva a manifestarse encantados con o senhor Bolsonaro. Algunos quizá ignoran todo o buena parte de lo relatado en esta columna. Otros lo saben pero no les importa o, lo que es peor, lo defienden. Los venezolanos tenemos todas las razones del mundo para repudiar un regreso al poder de los aliados del chavismo en Brasil. Pero eso no significa que debamos respaldar a o senhor Bolsonaro. Es un falso dilema. Ambas opciones son terribles y, en lo personal, no daré un visto bueno a ninguna de las dos.

Aunque no sepamos cómo ni cuándo terminará esta horripilante etapa de nuestra historia, los venezolanos debemos pensar en qué queremos para el país después. Quienes claman por un Pérez Jiménez, un Pinochet o un senhor Bolsonaro, conmigo no cuenten. Demasiado ha sufrido el país ya como para desearle más ignominia. En cuanto a Brasil, de veraz deseo equivocarme sobre lo que le espera. De llegar al poder, ojalá o senhor Bolsonaro nos sorprenda a todos, aunque lo dudo mucho.

 

@AAAD25

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