Los restos de la administración pública a punto de desaparecer, por Pedro Méndez Dager

 

Las informaciones que circulan en la Red, y los rumores, lo mismo que algunos de los titulares que aparecen en lo que resta de la prensa nacional, dan cuenta de una interminable sucesión de noticias que, a fuerza de ser frecuentes, causan un efecto contrario a lo esperado: pasan inadvertidas. Pero es inminente, el Estado venezolano colapsa día a día se desmorona peligrosamente bajo su propio peso, pronto no quedará quien apague la luz.

Así, por ejemplo, hemos sido advertidos de que “Los campos petroleros de Monagas, están desolados, por la renuncia masiva de trabajadores”.  Otra información reseña que “Venezuela, una de las más grandes reservas mundiales de petróleo, planea cerrar tres de sus más grandes refinerías debido a los recortes en el suministro de crudo y a la falta de personal”.  Pero similares situaciones se están viviendo en toda la administración pública, desde sus instancias nacionales hasta los niveles municipales: es un desplazamiento masivo de los servidores públicos hacia lo que sea. No se trata de que el sector privado esté absorbiendo ese recurso, porque allí se dan fenómenos análogos. Se trata de que la gente empieza a preferir quedarse en casa o utilizar el tiempo en conseguir la forma de “rebuscarse” con más ventaja que en el sector público, donde recibe un pago ridículamente escaso, insuficiente e inseguro, además de los malos tratos, la permanente amenaza de despido para todo aquél que no se pliegue a las conductas y consignas que el régimen genera, en busca del único objetivo en cuyo logro ha sido efectivo: controlar el poder.

Con excepciones muy circunscritas, los sueldos y salarios y demás condiciones de trabajo, habían venido siendo tradicionalmente modestos, por decir lo menos, a lo largo de toda la era democrática, como suele ocurrir en todo el sector público latinoamericano, por una serie de razones bien conocidas, pero, de manera especial, aquéllas relacionadas con la perversión estatista de los gobiernos, el manejo cavernícola de la política económica, el gigantismo burocrático, el clientelismo y el primitivismo gerencial en la gestión pública. Pero lo que estamos presenciando en Venezuela, desde hace más de dieciocho años, es el paroxismo de todos los vicios tradicionales, y la introducción de prácticas peores aún, cuando muchos creíamos que tal cosa no era posible. El resultado es el fracaso frontal de todo el proceso administrativo, y la ruina no solamente de la administración pública sino, junto con ella, del país entero. El que nos dejen a los que consigamos resistir y no derrumbarnos será un campo de ruinas irreconocible y yermo, para una tarea descomunal que requerirá de muchos años de consagración y dedicación patriótica, de muchos recursos y de los mejores talentos de la patria venezolana. Mientras no ocurra el milagro, es del máximo interés salvar lo salvable de la Administración, de las garras de los cuerpos represivos y ejecutores de la tierra arrasada decretada por el socialismo. Para todos, tirios y troyanos, esa entidad tan poco comprendida, tan mal llevada y tan esencial para la existencia de una sociedad moderna como lo es el Estado, debe ser mantenida y reforzada. Porque la parálisis del Gobierno y de la Administración, ya no es una fantasía opositora: es una muy alta probabilidad, en una sociedad cuyo gobierno se ha empeñado en centralizarlo todo, y cuya gente se ha resignado a tolerarlo. No quedará quien arranque o vigile los generadores eléctricos, o mantenga a trancas y barrancas, el complejo de comunicaciones radioeléctricas, ya en estado de semi-parálisis y en proceso acelerado de retraso tecnológico; terminarán de quedar en coma los hospitales y todo el sistema de salud, y los alumnos que logren desayunar llegarán a edificios donde ya no está una buena parte de los maestros, ni de los administradores del sistema educacional; ni habrá quien procese los muy malos pagos de la seguridad social, ni lleve los controles de los contribuyentes, para no hablar de lo que pasará con los tribunales sin secretarios ni demás funcionarios, para procesar las órdenes del ejecutivo, o con las notarías y registros cerrados. El listado podría tomarse unas páginas más. Puede que esté llegando el momento en que ni siquiera se consiga quién le caiga a rolazos a los que protestan, de cuantos nos hemos empeñado en no escapar por Cúcuta, Maicao, Santa Elena de Uiren, los puertos o los aeropuertos.

Mientras tanto, se impone sobrevivir. Un resto milagroso de responsabilidad y decencia, de amor por Venezuela, debería hacer reflexionar a los administradores fracasados de esta posesión castrista en tierra firme, y comenzar, antes de su partida definitiva, a suministrar información y a buscar consejo en los sectores serios y altamente competentes del País no gubernamental, que los hay, para facilitar el inicio inmediato de la tarea titánica que le queda por delante a los equipos de gobierno que se atrevan a recoger el desafío.

No cabe duda de que la tierra arrasada y los pueblos aniquilados, son opciones estratégicas que les han resultado eficaces y bastante seguras, a los regímenes totalitarios del S. XX, en su empeño por desintegrar toda voluntad de resistencia y conseguir una sumisión incontestada, ante sus los dueños del poder revolucionario. Lo novedoso es que, noventa y dos años más tarde, nos haya tocado a los venezolanos en el S. XXI, y que, gracias a un complejo ideológico-psiquiátrico-político, esa tragedia socio política haya sido asumida e impuesta por una élite militarizada, sedicente nacionalista y revolucionaria, y que el diabólico procedimiento haya supuesto la entrega del “bravo pueblo”, en las garras de una mini potencia fracasada y paupérrima. Nada de lo descrito es producto de la fantasía. Abra usted la prensa de hoy o la de ayer, lo que queda de prensa coherente y encontrará información, afeitada y controlada, pero todavía suficiente, cuando menos para deducir la verdad de lo dicho.

A los funcionarios públicos que aún quedan, aun aquellos que alguna vez creyeron en la revolución la invitación es a cambiar, todos sabemos que un mejor país es posible. Es hora de pasar la página y salir de este desastre del que todos somos víctimas.  Llegó la hora de no seguir mirándose el ombligo o de voltear para otro lado: cada día que pasa hace más difícil y más dolorosa la reconstrucción. Hay que empezar desde los verdaderos, los más profundos fundamentos del proceso político, hay que cambiar el modelo y hacerlo de inmediato.

 

@pedro_mendez_d

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