Mr. Trump no va a Lima, ¿entonces?, por Alejandro Armas

 

La costa peruana, donde está Lima, es una extensión estrecha de tierra llana, entre el Océano Pacífico y la sierra andina, célebre, entre otras cosas, por su aridez. En aquella soberbia ciudad fundada por Pizarro hace casi medio milenio un diluvio de proporciones bíblicas dista de ser lo normal. Sin embargo, no hizo falta que lloviera, tronara o relampagueara de forma irregular para que Nicolás Maduro reculara en su intención de desplazarse hasta allá para tomar parte en la VIII Cumbre de las Américas, a pesar de su advertencia de que así lo haría sin importar cualquier adversidad atmosférica. De todas formas, mucho más sorprendente que la ausencia de un mandatario cuya invitación fue retirada resultó la de otro que sí cuenta con su boleto de admisión: ni más ni menos que el peculiar morador de la Casa Blanca, Donald Trump.

Las reacciones a esta decisión de última hora no se hicieron esperar. El tema fue de gran interés entre los venezolanos que aún pueden darse el lujo de estar informados de lo que ocurre más allá de su cotidianidad. ¿Y cómo no? Es harto sabido que, en público o a puerta cerrada, la crisis política, económica y social que atraviesa el país será un tema principal en las interacciones de los gobernantes americanos. En tal sentido, que el Presidente de la máxima potencia hemisférica de pronto cancele su participación es una noticia que merece examen más allá del titular.

Muchos de los comentarios a propósito de los cambios en la agenda de Trump fueron de inquietud y hasta de molestia. Para algunos, se trató de una muestra de indiferencia o hasta desprecio hacia la región. Quienes han leído esta columna con regularidad sabrán que su autor no es de ninguna manera admirador de Trump. Estas líneas no buscan defenderlo, sino evaluar la situación de manera sosegada. Hecha esta aclaratoria, procedo a recordar que desde la Oficina Ovalada se optó por la inasistencia a la cumbre en medio de un grave aumento de la tensión entre Estados Unidos y Rusia en torno a la guerra civil siria, situación que no puede tomarse a la ligera. Al tratarse de una cuestión bélica en la que otra gran potencia tiene sus manos metidas, es razonable que Trump no quiera distracciones adicionales al menos por estos días. Es obvio que para este, además, el Medio Oriente es prioridad por encima de América Latina, lo cual no tiene por qué implicar desinterés por lo que ocurra en los vecinos del sur, sobre todo considerando que la migración y el comercio continental han sido asuntos álgidos desde su campaña electoral.

Varios especialistas han señalado que otra razón para que Trump no viaje a Lima sea un intento por no aumentar las tensiones existentes con países como México por alguna torpeza perfectamente evitable. Y pudieran tener razón. En honor a la verdad, el mandatario estadounidense ha demostrado tener, por decir lo menos, falta de tacto en su trato con sus homólogos. Basta recordar aquella ocasión en la que empujó al primer ministro de Montenegro.

En cambio, varios gobernantes latinoamericanos están familiarizados con la forma de dialogar del vicepresidente Mike Pence, a quien Trump envió en su lugar. Cabe recordar que el segundo al mando hizo en agosto del año pasado una gira por la región en la que uno de los temas de peso que discutió con los gobiernos de las naciones por las que pasó fue la situación venezolana.

Para algunos comentaristas, que la representación de EE.UU. recaiga en Pence y no en Trump es prueba fehaciente de que al actual Ejecutivo norteamericano le interesa poco o nada Latinoamérica. Sin embargo, la Vicepresidencia puede tomarse pocas libertades cuando desde arriba se le delega la conducción de la política internacional. Ciertamente, que no esté Trump resta carga simbólica a la cumbre, dado que él es el rostro del Gobierno. Pero en verdad veo poco probable que la participación de Pence produzca diferencias importantes en cualquier acuerdo al que se pueda llegar.

También es desacertado asumir que necesariamente el cambio de autoridades expresa indiferencia. Justamente este año se cumplen seis décadas de uno de los viajes más recordados de un político estadounidense por Latinoamérica. Me refiero a la gira del entonces joven vicepresidente Richard Nixon. Eisenhower le había permitido tener un papel protagónico en la diplomacia de Washington, el cual Nixon demostró poder desempeñar con mucha audacia. Solo por poner un ejemplo, impresionó al mundo entero por su firmeza durante un debate informal con el líder de la potencia rival, Nikita Krushchov, en Moscú, sobre los méritos del comunismo y el capitalismo.

Un año antes, en 1958, Nixon fue enviado a América Latina con la misión de estrechar vínculos. La situación era compleja. Varias naciones como Argentina, Colombia y la propia Venezuela estaban transitando sobre la cuerda floja hacia la democratización. Durante toda esa década, EE.UU. había apoyado decididamente dictaduras militares conservadoras en aras de mantener el socialismo a raya. Alejar la influencia roja lo más posible de suelo norteamericano, defender los intereses estadounidenses en el territorio de los vecinos y al mismo tiempo tender la mano a los nuevos gobiernos obviamente no era una responsabilidad menor.

La mayoría de las paradas en la gira transcurrió sin incidentes importantes. Sin embargo, sectores de las sociedades visitadas, sobre todo estudiantes que militaban en la extrema izquierda, bullían de sentimiento antiestadounidense, en parte por el recuerdo del respaldo de Washington a los regímenes castrenses brutales. Nixon se había ganado una reputación de decidido anticomunista desde sus días en el Congreso que era como gasolina a la candela. Hubo instantes tensos en Perú y Uruguay. Pero el momento de mayor gravedad sin duda fue la llegada del vicepresidente y su esposa a una Caracas cuyos cielos habían sido surcados por el Vaca sagrada, con Pérez Jiménez a bordo, solo unos meses antes. Luego de entrar a la capital desde La Guaira, la caravana que transportaba a Nixon y su esposa fue agredida por una turba. Piedras, golpes, insultos y se dice que hasta orines. Hubo temor por la integridad física de la pareja vicepresidencial, pero esta al final salió ilesa y pudo mantener su agenda.

A manera anecdótica me permito agregar que, de vuelta a su tierra, un Nixon conmocionado por el rechazo que encontró en varias urbes latinas lo llevó a proponer que EE.UU. reformara su política hacia el resto del continente para hacerla más respetuosa. Se topó con la resistencia de los hermanos Dulles en el Departamento de Estado y la CIA, más afines a mantener la línea dura consistente en preservar, por diplomacia o coacción, la estricta alineación con Washington y contra Moscú. Además, era muy tarde. Meses después Fidel Castro y compañía entraron triunfantes a La Habana. La aparición de un satélite soviético a poca distancia de Florida, decidido de paso a replicar su experiencia propia en toda la región, contribuyó enormemente al desarrollo de la política intervencionista norteamericana durante el resto de la Guerra Fría.

En fin, toda esta narrativa se propone ser el vehículo argumental para la premisa de que la ida de Mr. Pence a Lima debe ser interpretada con cautela y no con simplismos sobre desprecio e indiferencia. Todavía está por verse qué saldrá de las interacciones del vicepresidente estadounidense con dirigentes de la oposición venezolana y jefes de Estado latinos. Acaso nada nuevo, pero por los momentos tal desenlace luce improbable.

 

@AAAD25

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