La descalificación del feminismo ayer y hoy, por Alejandro Armas

 

Como quienes han pasado por aquí reiteradas veces ya lo saben, esta columna está principalmente dedicada a la observación de la política venezolana a través del lente de la historia. Sin embargo, y con mucho pesar, debo reconocer que la materia prima luce estancada, más allá de la decisión casi unánime de la dirigencia opositora a participar en las elecciones (si así se les puede llamar) presidenciales adelantadas. Los actos en el Aula Magna de la UCV y el Centro Cultural Chacao esta semana fueron alentadores, sin duda, pero falta por ver cómo se materializarán los manifiestos. En fin, es por todas estas razones que hoy no escribiré sobre nuestro drama nacional. Ni siquiera abordaré un asunto estrictamente político, pero sí de interés público y, por lo tanto, fácil de vincular con la política.

Ayer se celebró el Día Internacional de la Mujer, una fecha en la que naturalmente el movimiento feminista en todo el globo levanta de manera especial la voz. Pero así como en la física newtoniana por cada acción hay una reacción, algo parecido suele ocurrir con los procesos sociales. En el caso del feminismo, casi cualquiera de sus proclamas se encuentra con una crítica o cuestionamiento que suele venir de corrientes de pensamiento conservador, aunque estas no son la única fuente. Ello no es malo per se. Después de todo, el debate de ideas es la forma en que la gente civilizada busca soluciones en medio de sus diferencias y ninguna causa es inmaculada ni incapaz de caer en equivocaciones, por justa que sea su premisa inicial. El problema está en los mensajes malintencionados y descalificativos a los que algunas personas deciden recurrir para lapidar moralmente a quienes osan hacer planteamientos con los que no están de acuerdo.

Nací con cromosoma “y”. Nunca sabré lo que puede sentir una mujer ante cualquier situación discriminatoria. Sin embargo, respaldo el feminismo en tanto sus objetivos sean lograr la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres y eliminar la impunidad en cualquier maltrato hacia ellas (lo cual no es más que exigir la equidad de todas las personas ante la ley, principio básico de Derecho). Por manifestar opiniones favorables al movimiento hace poco en esa jungla digital que es Twitter, recibí en mi cuenta una buena dosis de aquellos comentarios desagradables a los que aludí previamente.

Al parecer, para muchas personas que se identifican sobre todo con puntos de vista considerados de “derecha” (bien sea que desestimen este término o lo abracen), la feminista es una especie de estereotipo de mujer fea, poco o nada elegante, amargada, incapaz de atraer al sexo opuesto, sin higiene personal, decidida a dominar a los hombres y, de paso, marxista. A pesar de esta asociación con la extrema izquierda, el término de moda para referirse a las activistas del movimiento es “feminazi”, una palabreja popularizada por Rush Limbaugh, comentarista ultraconservador estadounidense que en su programa de radio llamó “puta” a una muchacha por el deleneznable crimen de proponer que pólizas de seguro universitario cubrieran anticonceptivos. Ver a venezolanos (o a gente de cualquier otro país) replicar esta expresión odiosa me resultó bastante penoso. Incluso si no se está de acuerdo con el feminismo, compararlo con los responsables del exterminio de unas once millones de personas es, por decir lo menos, de pésimo gusto y fuera de lugar. Ah, y debo agregar que para estos sujetos cualquier hombre que apoye a las feministas es de masculinidad dudosa. Tal añadidura no solo es homofóbica, sino disparatada.

Nada nuevo bajo el Sol, en realidad. Para que vean lo prejuiciosamente retrógradas que son estas caracterizaciones, basta revisar el precedente histórico. A finales del siglo XIX y principios del XX, el conservadurismo norteamericano y europeo respondió ante las exigencias del llamado “feminismo de primera ola” con caricaturas crueles para satanizar a sus integrantes. Las imágenes, fáciles de hallar en Internet, mostraban a mujeres con rostros grotescos y temperamento violento, delirante. Otro clásico de aquella infamia era la de la niña bonita que a medida que crecía iba perdiendo sus encantos y al llegar a los 40 sin anillo en en el anular volcaba su resentimiento hacia el mundo masculino que la rechazaba volviéndose una feminista gritona. O, si las damas en los dibujos estaban casadas, pretendían suplantar al hombre de la casa en sus ocupaciones naturales y relegarlo a tareas domésticas. “¡El lugar de una mujer es su hogar!”, rezaba una de estas caricaturas, sentencia que un niño pequeño espetaba a una chica coetánea que quería jugar a tener una profesión.

Ahora bien, ¿qué era lo que exigían las feministas de entonces como para merecer semejante desprecio? Votar. Sí, así de simple. Eso es todo. Susan B. Anthony, Carrie Chapman Catt, Elizabeth Cady Stanton y las demás “feminazis comunistas, malbañadas, hediondas, machorras y cuaimas” de aquella época en esencia demandaban para ellas y todas las demás de su sexo el derecho a sufragar para escoger a sus gobernantes y representantes en cuerpos legislativos. Horroroso, ¿verdad? Pues así como para incontables hombres, y también mujeres, aquello entonces era una monstruosidad impensable, al parecer hoy para incontables hombres, y de nuevo también mujeres, que ellas reclamen la posibilidad de ascender hasta lo más alto en sus carreras, ganar sueldos iguales que los de sus colegas masculinos y que no se busque excusas ridículas para justificar tratos abusivos de los que son víctimas; todo esto, en fin, es una monstruosidad impensable y las ofensas están a la orden del día como instrumento válido para suprimir la aberración.

En cuanto a aquella necedad sobre el feminismo como expresión de “marxismo cultural”, no se puede negar que una parte sustancial del movimiento ha estado influido por las ideas de izquierda al menos desde los años 60, pero no por ello se debe etiquetarlo todo como socialista revolucionario. Al respecto sugiero la lectura de un libro titulado Afrodita desenmascarada: Una defensa del feminismo liberal, de María Blanco González, solo por poner un ejemplo de cómo la reivindicación de los derechos de la mujer puede perfectamente hacerse sin una óptica marxista.

Soy el primero en reconocer que, como toda causa, el feminismo puede incurrir en excesos e incluir en su seno facciones extremistas que dañan más que aportar. A lo largo del año pasado vimos casos de algunas injusticias formuladas con la etiqueta de Me too, campaña por demás noble y valiente en líneas generales. No puede ser que se considere acoso cualquier interacción entre un hombre y una mujer. Tampoco vale que, ante una denuncia de esta naturaleza, el señalado sea automáticamente condenado moralmente o, peor, legalmente, antes de que se presente evidencia del delito. El principio de presunción de inocencia no puede desaparecer de un tajo.

A pesar de todo lo expuesto en el párrafo anterior, es innegable que a lo largo y ancho del mundo existen problemas de trato discriminatorio hacia las mujeres y que, por lo tanto, es legítimo combatir tales tendencias. Ideal sería que no hiciera falta un Día Internacional de la Mujer porque las metas de equidad fueron alcanzadas y que solo se mantenga la fecha para recordar un pasado al que no se debe retroceder. Hasta entonces y sin importar los gruñidos retrógrados, que el esfuerzo siga.

@AAAD25

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