¡Porque me da la gana! elecciones a juro y empujones, por Armando Martini Pietri

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La trampa continúa, al régimen no le conviene quedar mal, y sacan -en las regionales- por arte de magia millones de votantes, los mismos que el 30J por la Constituyente nadie vio, con los cuales dan la sensación -falsa- de que el castro madurismo es mayoría en el mismo país que el oficialismo ha llevado a la miseria.

 

Los ciudadanos hurgan en la basura por alimento y Maduro manosea el complejo tema de la criptomoneda, que sólo existe en internet, y no en la realidad, se creó una Superintendencia, seguramente una incompetencia para otra ficción. Quizás esté preocupado -se supone que no sólo baila-, si tiene la suerte de que alguno de los adulantes le diga la verdad, aunque sólo sea en parte.

 

Es obvio que la situación va de mal en peor, cada amanecer se hace evidente el malestar, la tranca económica, social y política parece haber llegado al límite de tolerancia, y un cambio se impone, es cosa de extrema urgencia, lo que está pasando no da para más.

 

Convocaron elecciones presidenciales con alboroto, a juro y empujones porque me da la gana. ¿Por qué la premura y urgencia? Acontecimientos sobrevenidos parecieran estar tomando las decisiones, el escollo de la inmensa inflación, la escasez a niveles de no hay, además de los mil padecimientos y sufrimientos de un país bajo sospecha permanente. Una cosa es el que manda y otra el que sabe gobernar.

 

Luego de experimentar diversas rutas, la no participación, abstención, calle y presión internacional, no fue sino en 2015 cuando la oposición logró constatar que se había convertido en mayoritaria. Aquel año se logró una mayoría absoluta en el Poder Legislativo que pudo incluir en el discurso lo que su audiencia le pedía, el camino a una transición que pusiera fin a la era chavista. Entre votar a juro y elegir a conciencia.

 

Pero aun confundida por el triunfo esa entusiasta mayoría cometió el error de poner fecha que no fueron cumplidos, como tampoco las ofertas electorales que ofreció y por ello, transcurridos dos años, carece de credibilidad. Su peor pecado, ignorar con desprecio y burla a los ciudadanos que se expresaron a fondo en aquél maravilloso e inolvidable plebiscito del 16J de 2017.

 

El oficialismo desconsolado, aturdido e incrédulo de lo que había sucedido, arremetió herido y desaforado con medidas desesperadas -legales o no- cuyo objetivo era desarticular esa mayoría, que consideró afrenta y traición ciudadana para con la revolución y legado de Chávez, sin entender que sus propios errores, desatinos y corrupciones habían abierto aquellos nuevos caminos, entre votar obligado y no votar por voluntad propia.

 

Si lo logró o no, aún no se sabe, esta historia no se termina de escribir todavía, por ahora las consecuencias lucen costosas tanto para el gobierno como para la oposición/mud -deslegitimados, carentes de apoyo y despreciados por una mayoría- forzados a negociar, fracturados y sancionados por la comunidad internacional.

 

Entonces, ¿participar en elecciones funciona o no? ¿deben ir a las presidenciales impuestas? ¿cuál es la estrategia indicada? Es innegable que hay que tomar en consideración muchos factores, en especial la inclusión en la participación de decisiones trascendentales para el futuro del país que con pretensión de dioses han secuestrado esa entelequia que se conoce como G4. Se debe aplicar un mínimo de inteligencia racional cuando llegue el momento para resolver cómo actuar ante el adversario si se quiere alcanzar el objetivo y convertirse en opción real ante la convocatoria irrita de la constituyente cubana que es fraude instituido.

 

¿Por qué el oficialismo adelantó las presidenciales, estrategia castrista?

 

Es tradición que los comicios presidenciales en Venezuela se realizan el primer domingo de diciembre, pero en esta oportunidad se ordenó realizarlas, a proposición del calificado como número dos del chavismo, para el primer cuatrimestre de este año, sin reparos aprobado, se ordenó al Consejo Nacional Electoral realizar los preparativos.

 

El adelanto de las elecciones presidenciales para el 22 de abril, no debe sorprender. Fue solicitada terca, obsesiva, y para el Gobierno es lo conveniente en las actuales circunstancias, posibilidad que se asomaba sin recato ni pudor tras las regionales de octubre de 2017, cuando el PSUV obtuvo 18 de las 23 gobernaciones en un proceso tachado de tramposo por la coalición opositora/MUD. Que, en diciembre, no participó y se abstuvo de acudir a las alcaldías, en el cual el oficialismo usurpó el control de 308 alcaldías, aprovechando el desorden, incoherencias y desánimo que se propaga en las filas opositoras.

 

Las perspectivas económicas son malas, malísimas. El país está en mengua incontrolable de todos sus indicadores que, además, van a empeorar. Mientras más tarde se efectúe la elección más difícil será para el gobierno. La crisis de abastecimiento y la hiperinflación destruirán cualquier adhesión, simpatía o esperanza.

 

Desconocer que vivimos la más grave crisis de nuestra historia, es de una idiotez excesiva, con un casi absoluto abandono por cierto liderazgo. ¿Quién asegura méritos para asumir la conducción de fuerzas hacia el desalojo del régimen y la reconstrucción de la democracia? Debe ser hombre o mujer con integridad intransigente, creer profundamente en lo que predica y actuar en consecuencia, coherente, de principios éticos y valores, indoblegable, estadista, con capacidad de visión, repudiar el acomodo y la sumisión, ser rebelde, valiente, y coincidir en espíritu e ideas con los ciudadanos.

 

¿Contamos con un liderazgo capaz de actuar en conexión entre el discurso político en su noble expresión, y una causa mayoritaria, aspiración ciudadana que exprese identidad y deseos de un país? Ello conllevaría sin duda, a los ciudadanos a respaldar un liderazgo que, por percibir sincero, respetaría y valoraría.

 

Tomen nota quienes entienden que para ser líder sólo hay que saber ganar elecciones, prefiriendo apoyarse en las encuestas que al valor, grandeza e integridad política.

@ArmandoMartini 

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