Insólita indolencia, por Luis Fuenmayor Toro
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Insólita indolencia, por Luis Fuenmayor Toro
Venezuela's President Nicolas Maduro smiles during a meeting marking International Women's Day, at Miraflores Palace in Caracas March 8, 2016. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

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Venezuela's President Nicolas Maduro smiles during a meeting marking International Women's Day, at Miraflores Palace in Caracas

La propaganda gubernamental es maquiavélica y cochina aunque previsible, al igual que las declaraciones de sus grandes capos ante sucesos nacionales e internacionales de naturaleza política, económica o, incluso, delictiva. Este es el Gobierno de la propaganda mentirosa permanente. No actúa sino en función de la misma. Las numerosísimas alocuciones presidenciales, las actuaciones de todos los funcionarios, las declaraciones de prensa que dan con frecuencia inusitada, todo, absolutamente todo tiene como objetivo hacerse propaganda. Están siempre como en campaña electoral. Aprovechan hasta sus errores, volteándolos para que parezcan logros o transformándolos en maleficios de quienes se les oponen. He allí parte de su éxito.

Cualquier evento negativo, del que sean primeros o únicos responsable, así como como los hechos que les sucedan a otros, son utilizados para presentarse como el “gran gobierno” que dicen ser, o para atacar a sus opositores internos y externos, y aparecer como los “defensores” de los derechos y felicidad no sólo del pueblo venezolanos, sino de pueblos hermanos, amigos y lejanos, víctimas de las acciones de pésimos y muchas veces tan perversos mandatarios como ellos. Sin ningún tipo de vergüenza y con el mayor cinismo, critican y condenan actos de gobernantes extranjeros, que aquí se producen en mayor cuantía y gravedad por su negligencia, irresponsabilidad y violación de leyes y derechos de todo tipo.

Así, oímos a Maduro decir que “el despojo que el neoliberal Macri hizo de las pensiones de los argentinos le daban ganas de llorar”, mientras él ha hecho sal en agua los sueldos, salarios y pensiones de los venezolanos, quienes hoy han perdido cientos de veces más que los argentinos, sin soltar ni una sola lágrima por ello. Su carnal Ramírez acabó con el fondo de pensiones de PDVSA, mientras él bailaba frente a las cámaras de televisión. El cinismo es gigantesco y grotesco, pero peor es la aquiescencia de sus seguidores, quienes parecen ser víctimas de lobotomías cerebrales. Tengo unos 55 años de lucha política en favor de los desposeídos y de la nación venezolana, y no recuerdo a ninguno de los gobernantes anteriores a la “revolución” haberse comportado en forma tan cínica y miserable.

No hay medicinas ni vacunas, por lo que hay muertes por difteria, paludismo, tuberculosis, procesos infecciosos de distinto tipo, por trasplantes que no se realizan, por pérdida del órgano trasplantado por rechazo inmunológico y la claque gobernante jamás ha llorado ni declarado nada al respecto; han sido indolentes ante todo el sufrimiento de los venezolanos. Y esta conducta se repite en el resto del gobierno y en quienes se les arrastran. Escarrá dice, con su barriga bien lavada, que en Venezuela no hay hambre sino “antojos y caprichos”. Se burla de los niños que mueren por hambre, porque tienen el capricho de querer vivir. Es quizás la forma de acallar su conciencia.

¿Y es que acaso ésta es la mayor suma de felicidad posible prometida por la revolución socialista chaveca? Parece en cambio lo más cercano al infierno.

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