¿Libertad ilusoria? por Antonio José Monagas

¿Libertad ilusoria? por Antonio José Monagas

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Hablar de libertad, podría sonar efímero si acaso el ambiente donde resuena tan hermosa palabra, se encuentra contaminado de la demagogia propia de un populismo totalitario. O simplemente, de una democracia apagada por la precariedad de la ideología política que sirve de cauce a promesas sin certeza. O quizás, sin razón ni determinación.

El concepto de libertad, trasciende las fronteras de lo que su valor ético y moral, implica. Es una condición establecida no sólo bajo realidades particulares. También, ante consideraciones que comprometen expectativas que tocan la moral, la dignidad, la responsabilidad, la cultura política y las ansias de superación como el espacio dentro del cual se moviliza el hombre cuando busca conciliar el umbral de su vida con el ocaso de su existencia.

Con la palabra “libertad” se ha abusado mucho pues ha sido utilizada para cuantas estupideces puedan prometerse obviando la naturaleza y justeza de su significado. Cuando un gobierno sin exacto sentido de su responsabilidad, pretende garantizar libertad a los hombres bajo un cierto amparo político, alcanza algunas ejecutorias que tienden a crear solamente la sensación de vivir exento de la preocupación de verse constreñido por las coyunturas que puedan asaltarle en su tránsito por conmocionados parajes.

¿O es que libertad se llama al hecho de franquear, instado por la el ociosidad, la estrechez del canal que empalma una situación agobiada por el infortunio a otra conculcada por la desesperanza? O acaso es excusarse en la impunidad que anima la anarquía en la que cualquier persona pudiera permitirse hacer lo que le resulte más plácido sin importarle las consecuencias que sus actos acarrearían en perjuicio de otro? ¿O es el derecho a obrar según la inercia de la coyuntura conmine la decisión a tomar?

En fin, “libertad” pareciera ser la instancia en la cual el hombre tiende a confundir sus intereses con sus necesidades. Por supuesto, a sabiendas que lo que puede hacer logrará llevarlo a cabo sólo en un momento en el que todo lo demás sobra. Sin embargo, he ahí el riesgo que su concepción puede inducir de no tenerse y contarse con el suficiente escrúpulo que evitaría que el hecho mismo se convierta en una reluciente desgracia.

Cuando la libertad se presupone asociada a un proyecto político amañado a una causa de anticipada ideología, no siempre su concepto se pliega a la motivación que mejor sitúa al hombre en el punto de equilibrio entre posturas ordenadas por la acción y la imaginación. O en medio de las posibilidades entre construirla o aceptar aquella libertad que las circunstancias suelen ofrecer.

El problema puede apreciarse desde la perspectiva comprendida por Robert Browning, extinto poeta y dramaturgo inglés, cuando advirtió que “parecemos estar libre y ¡estamos tan encadenados!”. Aunque el problema adquiere dramática connotación, cuando se explora la significación y alcance del concepto “libertad” en medio de distorsiones políticas acuciadas por regímenes totalitarios y autoritarios. Para quienes gobiernan a partir de tales procederes, la libertad se convierte en una mera palabra de la cual se valen para subordinar el talante liberador del pueblo al cual buscan subyugar.

Por eso, en el fragor de tan alevosos sistemas políticos, las medidas a tomar se hallan  implícitamente desligadas de escenarios donde se comulgue libertad. Es la razón para que disposiciones políticas de tan torcida naturaleza, busquen moldear realidades condonadas de una educación que incite valores y asiente capacidad de crítica y de reflexión como palanca de cambios de todo lo que plantea la democracia constructiva y organizada.

En el trajín de un gobierno que convulsiona y enrarece realidades mediante mecanismos opresores y represores, la libertad la envilecen convirtiéndola en un mecanismo de transacción para cambiar dignidad por inmoralidad, valores por servilismo. O principios por desvergüenza y deshonor. Sobre todo, cuando con inicuas medidas, dicho régimen adopta la sumisión como condición de apesadumbrada humillación. Es negociar libertad por subordinación. Es creer que puede vivirse soñando realidades improbables con la consciencia postrada. Aceptando someterse a un sistema inmoral que concede derechos al egoísmo. Entonces, ¿será posible concebir la vida bajo una libertad tapada? O acaso que entre los resultados del “socialismo del siglo XXI”, ahora el país vive bajo una ¿libertad ilusoria?

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