¿Urgente necesidad declinada?, por Antonio José Monagas

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La actual teoría económica fundamentada en la utilidad derivada de toda interacción mediada por dinero público o privado, colectivo o individual, luce hoy agotada frente a las drásticas determinaciones que marcan la dinámica que caracteriza las decisiones que movilizan al mundo de las finanzas. Al menos, así puede inferirse en Venezuela luego de advertir la gestión de un iracundo, incongruente y destartalado régimen anunciando estupideces en nombre de un socialismo desabrido. De una “revolución” que sólo ha procurado el desarreglo de la institucionalidad, sin soluciones a cambio.

La microeconomía que rige el comportamiento de unidades económicas individuales y el funcionamiento de los mercados en los cuales ellas operan, ha sido transgredido por criterios desarrollistas devenidos en aberrantes paradojas económicas de las cuales se ha nutrido el populismo demagógico para configurar desviaciones de la política que urde, alevosamente, corruptelas y procedimientos violadores de la institucionalidad sobre la cual decanta la democracia participativa.

Asimismo sucede con la macroeconomía toda vez que, como parte de la teoría económica, se concentra en el análisis de los procesos de producción, intercambio y consumo de bienes y servicios cuyas realidades se ven azoradas por exigencias profundamente inestables. Además, afectadas por manejos sombríos forjados a instancias de intereses ceñidos a proyectos políticos viciados de corrupción arrojando una desmedida alteración de cuentas nacionales que deberían ordenar la funcionalidad de las finanzas públicas.

Una ramplona noción de “revolución” pretendida en Venezuela mediante la aplicación de un socialismo retrógrado, además desvirtuada por un ejercicio político degradante, pareciera haber trastocado la comprensión de la teoría económica moderna. Así se ha visto, a decir por el comportamiento de la economía venezolana donde la ley de la oferta y la demanda adoptó, groseramente, un modelo económico inconexo y contrariado.

La depreciación entendida como mecanismo contable utilizado para reducir el valor de activos fijos (vehículos, maquinarias, etc.) mediante cargos que afectan al estado de resultados a través del tiempo, se tornó en el país un proceso cuya dinámica resulta inversa a la lógica económica. Sólo este problema, por aludirlo entre muchos otros, convirtió a Venezuela en un terreno donde la economía hizo de la vida del venezolano una catástrofe. O como lo expresó el Premio Nobel en Economía 2017, Richard Thaler, refiriéndose a la crisis en Venezuela: “no existe en la historia del planeta una desastre mayor a ese”.

El nivel de miseria alcanzó un valor agregado que habría justificado la radicalización de la revolución, tal como fue concebida por el gobierno central en aras de sentar un precedente que aleccione la conducta de la economía modelada a la usanza de un socialismo solapado. Pero que a juicio de los gobernantes “revolucionarios”, por la tendencia de las medidas tomadas, concilia la destrucción de la institucionalidad democrática con el esquema económico pautado por el capitalismo norteamericano.

En medio de tan connotada calamidad, fue fácil sembrar el terror necesario requerido por la implantación de un Estado cuyo nivel de incongruencia, calzó perfectamente con la concepción de un Estado políticamente fallido. De un Estado económicamente arruinado. Y hasta de un Estado socialmente conmocionado.

Es casi como aducir la estructura de una realidad tan constreñida por el nivel de contradicciones que se volvieron parte del orden del día. Todo ello pareciera describirse en términos de lo que más pudiera considerarse una ¿urgente necesidad declinada?

@ajmonagas

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