Escepticismo, resignación o decepción, por Antonio José Monagas

Diálogo 2 Dic RD 2

Dialogar, es significado de aprendizaje. Pero también, de reconocimiento al otro. Y esto, precisamente, es un modo, aunque elemental, de hacer política. Es así que la democracia se construye con base en la palabra, en el diálogo, en la comunicación. Justamente, en ese contexto adquiere sentido ejercer el derecho a opinar. O de ejercer el derecho a expresarse con libertad. Esta explicación da cuenta de que sin la palabra, sin el diálogo, sin la comunicación, es imposible edificar cualquier realidad que honre los intereses y necesidades del hombre. Por eso se dice que el hombre es eminentemente, un ser social por cuanto la vida la desarrolla alrededor de la palabra. Por ello, debe dialogar, comunicarse entre si al relacionarse con otro.

Cuando se piensa en justificar la articulación entre racionalidad y razonamiento, hay que acudir a la socialización ya que en sus procesos puede comprenderse la razón que lleva al individuo a actuar en dependencia. Eso lo explica a profundidad, el carácter de gregario que toca al hombre dada su condición de hombre político. O como refería Aristóteles, de “zon politikon” para explicarlo desde la socialización. De ahí puede inferirse que la direccionalidad y viabilidad de todo proceso político, llegan a cruzarse sólo cuando las libertades y los derechos se congreguen en un mismo punto, sin que ello afecte sus límites o fronteras.

Esta disquisición evidencia la importancia que tiene la comunicación política. Sin embargo, este preámbulo adquiere sentido en el ámbito del diálogo que se ha llevado a efecto entre los actores políticos de mayor protagonismo en Venezuela: el gobierno nacional y la oposición democrática. En el curso de tan significativo encuentro, distintas razones han primado su cometido. Y es, en esencia, el ánimo de esta disertación entregada a la consideración de quienes siguen la presente lectura.

Lo que en principio no puede negarse, son las razones que preceden y proceden al hecho necesario y auténticamente político de dialogar en función de superar la crisis que ha embotado al país y lo ha congelado en el tiempo político-histórico. Todas enmarcadas bajo el cuadro de sentimientos enarbolado por el escepticismo, la resignación y la decepción. Cualquiera de estas condicionantes definen en el venezolano respuestas que, de seguro, han de pesar sobre el devenir de la nación. Aunque posiblemente, apostándole a la derrota de toda determinación que se postule como factor perverso del futuro nacional.

En consecuencia, no puede negarse que sobran motivos para ser escépticos. Para vivir hundidos en la resignación. O para dejarse amilanar por la decepción que suelen producir las realidades cuando terminan distanciándose de lo que la esperanza hace emerger. Y no es extraño que luego de tantas oportunidades y necesidades planteadas alrededor de conciliar esfuerzos que conduzcan a dar con acuerdos dirigidos a potenciar al país en función de sus capacidades, los problemas acumulados resurjan con igual o mayor fuerza que antes de las negociaciones pretendidas y hasta anunciadas. O quizás, nuevos problemas.

Esto suele suceder en política. Sobre todo, cuando la intención de dialogar no se hace acompañar del estudio o consideración de las variables de mayor incidencia del problema en cuestión. Carencias de esta índole, llevan al fracaso cualquier negociación en ciernes. Y fallos de esta naturaleza, acaban con cualquier pretensión de arreglo entre las partes implicadas.

Debe saberse que en el país, no sólo sobran los impostores que sin conocimiento de causa sobre las realidades que perturban la dinámica política, económica y social son atrevidos hablando. También, los petulantes que arrimados a posturas de adulancia, llegan a extraviarse en el discurso y explicación de los problemas cuyas incidencias demuelen la institucionalización de la democracia participativa. Asimismo, de la democracia representativa suyas secuelas siguen calando en la estructura de la gestión del gobierno en curso. No obstante, alrededor de tan comprometedora situación, se cuelan graves convulsiones que ha determinado la inestabilidad gubernamental y que tiene desesperado al régimen. Más, al obsesionarse por mantenerse en el poder. Aunque al margen de cuanto señalamiento o acusación reciba. Y he ahí el peligro de contar con actores políticos que, en pleno diálogo, se desubiquen del centro de los problemas a solucionar. Y finalmente, la intención se diluya entre pronunciamientos sin fundamento ni razón.

Un diálogo de la envergadura del pretendido o ensayado, no debe terminar sin aterrizar algún acuerdo que más que convincente, sea efectivo, cierto y plausible. De lo contrario, es abonar el terreno donde seguiría cultivándose más escepticismo, resignación o decepción.

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