En las municipales, el voto es oficialista, por Armando Martini Pietri

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Mucho ha cambiado en Venezuela durante estos casi 20 años de gobierno chavista. Para peor, claro. La revolución es involución. Lo padecemos a diario. Parte principal de este proceso en el que se detiene o retrocede la realización o avance, -que, aclaramos, no significa conceptos románticos como “volver a las raíces”, asunto diferente- ha sido la economía, pero no es la única afectada. Más golpeados son los ciudadanos, por supuesto, con un pequeño porcentaje de excepción, cómplices, bolichicos, sinvergüenzas ladrones y bandidos que asaltaron sin misericordia el tesoro público, quien gobierna, es el responsable del desastre, que terminarán yéndose atiborrados de dólares a disfrutar un largo y confortable exilio lejos del rencor nacional pero no de la justicia. De allí, que la pretensión de impunidad sea parte de las exigencias que entre líneas se asoman en los encuentros íntimos.

Generalizar es inconveniente y chocante, siempre se corre el riesgo de equivocarse. Sin embargo, ante la negativa de los partidos políticos de participar formalmente en estas manipuladas y dolosas elecciones municipales, pareciera que todos los candidatos serán puestos por el oficialismo, los que no sean militantes o confiables seguidores de las instrucciones de Miraflores -y de La Habana-, son infiltrados, simpatizantes, afectos. O maduristas bajo cuerda.

Vote en las municipales con la seguridad de que la trampa está montada. ¿O acaso algún cándido casto cree lo contrario? El castro-madurismo se equivoca en todo, menos en las estrategias y acciones para conservar el poder. Seducen, agreden, reprimen, compran, extorsionan, pactan. Como sea. Ya no tienen tanto dinero como antes, aunque siempre hay favores o acuerdos para engatusar y, especialmente, asegurar el control del poder. Aunque sólo sea para cambiar pacas de billetes por transferencias con ganancias en la frontera.

Tendrán dificultades para que los grandes acreedores internacionales refinancien la monumental deuda externa -oxígeno y deseo interno no les falta- que el chavismo nos echó encima en los tiempos de los más altos precios imaginables del petróleo, y producto del cruel y desalmado robo de que fue objeto el erario nacional- que el Presidente Maduro se ha empeñado -no se le ocurre nada peor- en aumentar, aunque es de esperar que, por no perder la costumbre, ya estén haciendo las transacciones disimulas con factores de la oposición. O tal vez no, nunca se sabe.

Lo que si se conoce es lo que en la Venezuela castro madurista se anuncia todas las semanas y no existe -excepto en las marramucias que inventan y ejecutan día tras día para poder seguir sentados sobre bayonetas- y se va disolviendo entre bolívares sin valor, billetes que no se consiguen, productos más caros y desabastecimiento para no comentar de los demás problemas que todos menos maduristas, bolichicos, testaferros, cómplices, cooperantes, civiles, militares, bachaqueros y toda una fauna de mal habidos especialmente favorecidos.

La dirigencia, cierta opositora y gubernamental, nos han convertido en un país que se debate entre carencias y acuerdos oscuros. Pocos con dinero y demasiados en la extrema peladera, lo único que crece en este muy peculiar, falso y desastroso socialismo.

El maduro-chavismo (castrismo) se aferra al poder porque perdida la fe y la confianza del pueblo es lo que les va quedando. De manera que los venezolanos sabemos que sean quienes sean los candidatos a ocupar los puestos municipales, serán oficialistas o acordados con el Gobierno en medio de peinillas amelladas, condiciones humillantes, exigencias ofensivas y dólares en alarmante decadencia.

Aunque, claro, eso no resuelve lo que realmente cuenta. Lo seguro es que los candidatos son pro-chavistas, oficialistas o cercanos. En dictadura los cargos de elección popular -diputados, gobernadores, alcaldes, concejales- son adorno. No importa lo que digan los colaboracionistas.

La oposición -MUD- no necesito ayuda ni esfuerzo para realizar lo que el gobierno se propuso: su división y enfrentamiento. Era tan obvio que no se requiere de intelecto especial. Ninguno quiso renunciar a su espacio político y menos aún, a sus soberbias y ambiciones desmedidas. ¡Que tontos han sido! Lo peor, en su majadería, llevaron a Venezuela a un precipicio.

Son mayoría, pero la carencia de liderazgo e incoherencia, mancillaron la confianza de sus seguidores y no han logrado recuperarla, ya no lo harán. De los errores, el más garrafal, la interpretación de los resultados obtenidos en el 2015, que los convenció de súper héroes y bendecidos por la divinidad llevando a muchos diputados a abandonar sus curules, en la creencia de que eran propietarios de la voluntad que sufragó   por ellos. Nadie fue dueño personal de esos votos, a muchos ni siquiera conocían, otros no eran miembros de la comunidad que representarían y algunos no encontraban en el mapa sus circuitos. No fue un voto razonado, fue resultado de la rabia, frustración y molestia, por el mal, pésimo, nefasto gobierno.

Con candidatos oficialistas, infiltrados conjurados de opositores que en realidad son seguidores y simpatizantes de siempre en los diferentes partidos y regiones, el madurismo da una nueva batalla que, con la subordinación de sus funcionarios reciclados y los nombrados por la rabanera servicial cubano constituyente -en la cual los ganadores deberán arrodillarse, rendir pleitesía y juramentarse- que sólo Maduro, Castro, Ortega y Morales reconoce.

Votar es un derecho ciudadano, también lo es abstenerse, hacerlo o no, depende de su conciencia, pero en ningún caso lo anula como persona ni lo convierte en traidor. Los derechos no se discuten, se ejercen.

 

 

@ArmandoMartini 

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