¿Felices en la miseria?, por Antonio José Monagas

Pobreza-

El concepto de felicidad no sólo remonta a cuentos, mitos y leyendas que exaltan situaciones imaginarias de gozo provocadas por lo que fue deseado o disfrutado en un momento dominado por hechos inverosímiles protagonizados por personajes especiales. También, refiere condiciones puntuales de la vida del hombre toda vez que, luego de superar dificultades, logra adecuar su voluntad a la realidad dentro de la cual suscribe sus actos y decisiones. Sin embargo, el susodicho concepto no es fácil de comprender. Mucho menos, de sencilla aplicación o manejo.

Su concepción remite a reflexivas consideraciones llevadas de la mano de renombrados estudiosos de las ciencias filosóficas y teológicas. Desde la felicidad como principio, hasta entenderla como valor. En cualquier caso, hay una diferencia entre el hecho de concienciarla y la disposición de asumirla. Fundamentalmente, porque en su esencia se ocultan distintas variables algunas de las cuales no sólo son desconocidas. Sino que también, en su naturaleza hay otras que son propias de los sentimientos y razones que llevan al individuo a experimentarla según su modo de vida, de cultura, moralidad y expectativas personales.

Si bien es posible asentir que la felicidad puede encontrarse en distintos momentos de la vida del ser humano, también debe aceptarse que, intentar acceder a ella, confunde y embrolla la capacidad de placer que puede sentirse. Pues no es igual vivir la sensación de felicidad, que deleitarse en la emoción que puede causar la posibilidad de vivenciarla.

Justamente, en el centro de esa maraña salta la política cual depredador al acecho de su presa. Además, en el fragor de la espesura o escenario que ayude a ejecutar el propósito trazado. Bien por hambre, o por perversa rutina. Pero así, tal cual, opera la política en su afán de apropiarse o conquistar el espacio necesario o suficiente determinado por su sed de poder.

Bajo este esquema, funciona todo proceso político toda vez que se arroga el pretendido argumento de actuar en nombre de alguna supuesta “revolución”. O dicho de otra forma. Que apegado a extremismos ideológicos que comprometen la felicidad del hombre como fin u objetivo, las realidades terminan expresándose subordinadas a acciones devenidas en actos de fuerza y arrojo de violencia política. En eso se convierten los hechos tildados de “revolucionarios”. Es decir, en respuestas incapaces de motivar lo que en principio sirvió para conmocionar toda una muchedumbre ansiosa de elogios. O sea, de “felicidad”.

Pero esa felicidad (entre comillas), escasamente exalta futilidades de las cuales se vale un dirigente de partido político para emocionar a quienes caen en el juego del “iluso apesadumbrado”. O como refirió Francois de La Rochefoucauld, escritor francés, “ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices, que en tratar de serlo”.

El populismo que por estos días derivó en “populacherismo”, basó su discurso en ofertas engañosas que desvirtúan las verdades y sus realidades mediante razones que solamente caben en las miserias que dicha ideología ha sido capaz de movilizar. Ni siquiera de justificar. A pesar del momento histórico en que surgió. De ahí el pensamiento de John Locke, filósofo inglés, cuando expuso que “los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”.

Ese modo cínico y cerril de ejercer la política, llevó a que dejara de pensarse que la felicidad sólo se encuentra donde hay virtud y esfuerzo. Definitivamente, la felicidad no es competencia de tareas politiqueras aducidas de cara a pomposas promesas u ostentosos juramentos. En esos términos, no luce conveniente hacer ver que la felicidad no está a la vuelta de la esquina. Por lo contrario, los intereses politiqueros hacen creer que la felicidad es potestad del modo de gobernar. Y en esa dirección, la politiquería dirige sus esfuerzos.

El caso Venezuela, es el paroxismo de la ridiculez toda vez que el alto gobierno busca seducir a quienes por ilusos, caen en la trampa de “expertos engañadores” cuyo trabajo como “encantadores de oficio” excitan una población carente de más mínimo conocimiento sobre el concepto de “felicidad” y sus implicaciones. Ese mismo pueblo, ignorante de las verdades sobre las cuales se tejen los inconvenientes de tan enmarañado concepto, deja de esforzarse en vivir sobre constructos propios, por esperar que el gobierno central le resuelva sus problemas acercándolos mentirosamente al estado de “felicidad” prometido en cada discurso pronunciado.

Deberá inferirse que en esta Venezuela, tal como está, sumida en la ruina a la que condujo el régimen gracias a la corrupción y a la desidia de sus gobernantes, es difícil que algún venezolano, ni siquiera los altos dirigentes políticos o afectos al régimen, logre ser feliz. A menos que se imagine serlo. O acaso los venezolanos, conscientes de la crisis alcanzada, pueden –milagrosamente- ser ¿felices en la miseria?

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