El dilema, por Laureano Márquez

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No la tenemos fácil los venezolanos. Con instituciones secuestradas, sin democracia, sin sistema electoral confiable, llamar a votar parece un acto de insensatez, de difícil argumentación a su favor. El gobierno venezolano tiene nula capacidad para la administración del país y para el respeto de las instituciones democráticas, pero lo que le falta en estos terrenos, le sobra en habilidad para urdir componendas, para la manipulación, el engaño y especialmente para el ejercicio  del cinismo como forma política.

Luego de la fraudulenta elección de la Asamblea Constituyente y de la denuncia de fraude por parte de la empresa que manejaba los procesos informáticos del CNE, el régimen se apura a convocar, con una celeridad asombrosa e inusual, en tiempo récord, unas elecciones regionales arbitrariamente  e ilegalmente pospuestas. Estamos hablando del mismo organismo electoral que nos dijo el año pasado que era imposible por razones de tiempo realizar el referéndum revocatorio que la Constitucion contempla y para el cual los ciudadanos recogimos debidamente las firmas necesarias. ¿Que lectura debe darse a esto? Sin duda la que dan las salas situacionales que inspiran la política oficial y organizan todas estas componendas: después de este denunciado fraude, confirmado nada menos que por Smartmatic, a ningún partido opositor se le ocurrirá la peregrina idea de acudir a las elecciones regionales y si lo hacen, todos sus copartidarios se le vendrán encima. Ante este riesgo decidirán no acudir y sucederá lo mismo que en aquellas elecciones parlamentarias en las que la oposición no concurrió: ganar la totalidad de los cargos a elegir, que es el propósito explícito del régimen.

La pelota se ubica entonces en el terreno opositor, que también se enfrenta a un gran dilema: ¿cómo concurrir a unas elecciones convocadas por un régimen dictatorial, que controla todas las instituciones, incluida la electoral, descaradamente paralizada, sin que esto sea una contradicción con las propias denuncias realizadas y con tantos meses de lucha, con tanta represión mortal recibida? El pueblo opositor no podrá comprender una participación en estos términos, lo considerarán una concesión al gobierno, es decir, una traición. Sin embargo, decide concurrir por una razón fundamental: cuenta con los votos para ganar. Pero ¿cuenta con ellos en verdad? Otro dilema: si la oposición legítimamente indignada se abstiene, será un fracaso estrepitoso, pues los que afirman ser la mayoría del país terminaran siendo una patética minoría. Esto reforzará el discurso oficial de que la oposición está conformada por una escuálida facción.

Por otra parte, ¿concurrir garantiza la victoria? Pues depende de muchos factores: de la posibilidad de frenar la trampa oficial, de controlar con testigos el proceso, de tener observadores que impidan fraude y naturalmente de que sus electores concurran. Pero más allá de esto, el obtener gobernaciones garantiza parcelas de gobierno para la oposición: tampoco necesariamente. El régimen tiene la sartén agarrada por el mango. Puede negarle presupuesto a los gobernadores de oposición, puede inhabilitarlos, puede encarcelarlos, puede crear -como ya ha hecho- gobiernos paralelos designados a dedo que sustituyan al legítimamente electo, que quedará reducido a la figura del jarrón chino.

¿Cambiarían estas elecciones el régimen político venezolano, que es el propósito opositor? Tampoco, esto continuará después del 15 de octubre, ahora urdiendo estrategias nuevas para aniquilar el mayoritario sentimiento que le adversa y que ya se halla en estado de frustración por tanta lucha que no alcanza el objetivo planteado, que es, curiosamente, lograr una elecciones anticipadas que cambien el patético rumbo de nuestra nación ya en caída libre en el abismo de la ingobernabilidad.

Dicho lo anterior, hay razones para votar. Quien suscribe encuentra dos razones:

  1. Porque la única fuerza con la que cuenta la oposición es la de los votos. Es menester ejercerla y exhibirla, aunque solo sea para que el mundo confirme lo que ya conoce  y el desacuerdo encuentre cauce.
  2. Porque  cuando ante tanto despropósito, uno se pierde  en este océano de cinismo en el que naufragamos, debemos preguntarnos: “¿qué es lo que el régimen quiere que hagamos?” y al encontrar la respuesta, hacer exactamente lo contrario.

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