¿Para qué, nuevos gobernadores? por Antonio José Monagas

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El escenario de la política venezolana, pareciera un vulgar juego de envite o azar. El ejercicio político del cual se valen los actuales gobernantes venezolanos para aplicar sus criterios de poder mediante decisiones socarronas, deja ver un estilo mediocre cuyas acciones dan cuenta de un burdo remedo del cual se sirven para aparentar lo que las realidades no permiten demostrar. Todo termina siendo un simulacro al cual le endilgan, engañosamente, el calificativo de  “democracia”.

La vigente praxis política, no está lejos de compararse con la manera seguida por la Alemania nazi o por la Rusia estalinista. Las secuelas de la opresión que enlutaron el país, pintan sombras de igual tonalidad de las que nublaron a Europa asomando el siglo XX.

La escarmentada lucha que hoy sostienen factores políticos de la oposición venezolana, resume un tanto el contrasentido que la gestión revolucionaria, con su alevosa estrategia, imparte a través de medidas que sólo tienen forma pues de sensatez y de justicia, están vacías.

El alto gobierno se ha dado a la tarea de ajustar, persistente y perversamente, las realidades a su conveniencia pues de lo contrario, se sabe perdido. Como en efecto lo está. Es así que sus determinaciones siguen la dirección que sus arbitrariedades ordenan. Por ejemplo, las elecciones de gobernadores, pautadas constitucionalmente, han sufrido un marcado desarreglo en términos de su planificación y organización. Su realización, es resultado de un mandato improcedente dispuesto a instancia del despotismo característico de la mal llamada asamblea nacional constituyente.

Así que cualquier cosa pudiera derivarse de los comicios fijados para el 15-O próximo. Nada sorprendería tratándose del manejo político fraudulento al cual el régimen está acostumbrado. No le importaría nada cometer algún desafuero, sólo para seguir enquistado al poder. Aunque lo terrible de tan viciados procesos, no está justamente en la oportunidad que los partidos agrupados en la MUD aprovechan, considerando su inclinación político-electoral. El problema radica en no reconocer debidamente el sacrificio de tantos jóvenes que entregaron sus vidas por razones que hoy parecieran haber sido desplazadas u olvidadas por causas que no lucen apostadas en la línea de motivación que inspiró las protestas de 2014 y 2017.

Aún así, la tiranía continúa de pie, aunque cojeando. La crisis mutó su forma por la de colapso. Colapso de todo género, tamaño, fuerza y estridencia: moral, político, financiero, urbanístico, vial, ciudadano, ético, educativo, alimentario y médico. Pudiera pensarse que todo el esfuerzo hecho en aras de obligar al régimen a admitir su fracaso y la desviación nacional provocada, nada o poco valió. Pareciera haberse arado en el mar. O ver al país condenado a convertirse en miseria, resignación, carencia y todo lo que por causa del resentimiento y del odio compulsivo impone el régimen con exasperada animadversión.

Entonces, ¿cuál es el propósito de contar con cuadros de dirigentes políticos ganados a la causa electoral? Quizás no es fácil resolver tan confusa hipótesis. ¿O acaso la solución a tanta trapisonda gubernamental, se resolverá luego de que gobernadores democráticos asuman el papel que, a decir de la actual Constitución, les corresponde? Para qué recorrer los mismos caminos ya transitados, si Venezuela extravió su rumbo desde que el mismo socialismo del siglo XXI trastocó su perfil institucional con la represión entendida y aplicada como criterio de gerencia pública. ¿O es que unos nuevos gobernadores es razón suficiente para recomponer la maltratado estructura constitucional que conexiona ámbitos propios de la democracia que exhorta la Norma Suprema?

El desastre que ha provocado el régimen, podría menguarse con la emocionalidad convertida en aliciente convertido en voto del próximo 15-O para así enfrentar, democráticamente al adversario. Sin embargo, debe tenerse claro, que la victoria política plena la garantizaría el hecho de concienciar la medida de la lucha a ser canalizada y activada atendiendo la proporción de necesidades e intereses en pugna. Y por supuesto, tener absoluto dominio de los objetivos a ser logrados. Mientras no sean allanadas dichas rutas, vistas como irremplazables necesidades, cualquiera podría preguntarse: ¿para qué, nuevos gobernadores?

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