El chavismo y Cataluña: descaro geopolítico, por Alejandro Armas

NicolásMaduroCatalán

 

El domingo pasado, los venezolanos atestiguamos una muestra más de esa marca de fábrica del chavismo que es su descaro. La forma en que lo expresan, cómo nos lo restriegan en la cara, cómo se regodean en él, sugiere que les produce un placer equiparable al sexual. Esta vez, la materia orgásmica fue el referéndum independentista en Cataluña. Periodistas, intelectuales y políticos chavistas (incluyendo, porque de ninguna manera podía perderse ese bonche, a Nicolás Maduro) expresaron su más enérgico e indignado rechazo a la represión de civiles catalanes por la policía mientras intentaban votar. No les tembló ni un músculo de la cara para hacer eso, como si en Venezuela no viniéramos de cuatro meses de protestas protagonizadas por civiles desarmados, cuya represión (no me gusta repetir palabras, pero para este punto lo creo conveniente) por organismos de “seguridad” dejó más de un centenar de muertos; como si no hubiera habido miles de detenciones arbitrarias de opositores, seguidas de juicios militarizados y cautiverios bajo condiciones infrahumanas; como si no hubieran vuelto a pulular las denuncias de torturas repugnantes; como si los agentes del Estado no hubieran destruido hogares en su pretendida cacería de “terroristas”; cosas, todas estas, no vistas en Cataluña.

Pero, además, el descaro no se manifiesta solo por la represión en las calles, sino también por la naturaleza del proceso político en cuestión. Ese referéndum independentista viola la Constitución española, la cual fue aprobada en referéndum por una enorme mayoría de los ciudadanos del país, incluyendo a los catalanes. En Venezuela, el proceso para convocar un referéndum revocatorio presidencial, que sí está contemplado en la Carta Magna, fue deliberadamente saboteado por los poderes públicos sin ningún pudor. Primero, con la colocación de obstáculos técnicos y hasta físicos por el CNE a la ciudadanía interesada en la consulta. En vista de que dichas trabas fueron superadas, lo cual fue un indicio de que la voluntad de cambiar el gobierno era abrumadoramente mayoritaria, el chavismo recurrió a un parapeto judicial impresentable desde cualquier punto de vista del Estado de Derecho para suprimir toda posibilidad de que el referéndum se realizara. A pesar de todo esto, en la narrativa revolucionaria no hay enemigos de la democracia y la justicia en Miraflores, mientras que la Moncloa está llena de ellos.

A todo esto, mucha gente me ha preguntado por qué al chavismo le interesa tanto la independencia catalana. Pues bien, eso tiene que ver con otra forma más de descaro. Una que no es exclusiva del chavismo, sino que es un mal que ha afeado históricamente el desarrollo de la geopolítica a nivel mundial. Se trata del apoyo de los Estados a los movimientos separatistas. Siempre o casi siempre, el tan invocado derecho a la autodeterminación de los pueblos es usado como principal argumento en este tipo de situaciones. Sin embargo, hay algo más. Algo que ni retóricamente esta cubierto de aquellas nobles intenciones.

En realidad, muchos Estados tienden a condicionar su apoyo a las causas independentistas al tipo de nuevo Estado que esperan que surja. Ese es sobre todo el caso cuando la política internacional es un asunto de gobierno, y no de Estado. Es decir, apoyo tu lucha por la independencia si creo que en el futuro podré sacar provecho de los resultados. Los reclamos por la autodeterminación de los pueblos, justos o no, pintan poco aquí.

En vista de que el chavismo es un caso especialmente burdo de subordinación de las políticas públicas a los intereses del grupo gobernante, él solito puede brindarnos ejemplos que echen luz sobre este asunto. Serán comparadas las formas en las que el Gobierno venezolano reaccionó a dos declaraciones unilaterales de independencia, ambas en zonas con problemas étnicos severos (mucho más traumáticos que lo que ha pasado en Cataluña) y enmarcadas en procesos bélicos que han tenido facetas internacionales.

Comencemos con Kosovo, un pequeño territorio en los Balcanes habitado por albaneses, pero integrado históricamente a Serbia. Tras la disolución de Yugoslavia, también los kosovares quisieron tener un Estado propio. Formaron grupos armados que desde mediados de los 90 se enfrentaron a militares, policías y paramilitares serbios. El manejo de la situación por las autoridades, que llevó a la muerte de cientos de civiles en Kosovo, fue usado como justificación para que la OTAN (cuyos miembros nunca vieron con muy buenos ojos al gobierno de Slobodan Milosevic) bombardeara Serbia en 1999. En consecuencia, las fuerzas gubernamentales se retiraron de Kosovo, y se estableció en el área una especie de protectorado de la ONU.

Pero en 2008 Kosovo declaró unilateralmente su independencia. Desde entonces, más de 100 Estados soberanos la han reconocido, incluyendo EE.UU. y casi toda Europa. Venezuela no lo hizo. Chávez sostuvo que la declaración kosovar fue formulada “bajo presión norteamericana, con la finalidad de debilitar a Rusia” (opuesta a la independencia por juzgarla dañina a sus intereses en la región). También llamó “terrorista” al primer ministro de Kosovo.

El segundo caso ocurrió casi de manera simultánea. En la exrepública soviética de Georgia hay dos territorios cuyos habitantes no son en su mayoría georgianos. Se llaman Abjasia y Osetia del Sur. Cada uno tiene sus respectivos grupos étnicos. Inmediatamente después de que se disolviera la URSS, ambos iniciaron campañas separatistas, que el gobierno georgiano combatió. En estos conflictos a principios de los 90, sobre todo en el caso de Abjasia, se vieron algunas de las peores atrocidades en la historia de la humanidad sobre las que el autor de este texto se haya informado. Actos de una crueldad escalofriante contra civiles indefensos, que no describiré por razones de espacio. Ambos lados cometieron aberraciones, pero el número de víctimas fue desproporcionadamente mayor en el lado georgiano. Rusia, que a pesar del fin de la URSS nunca ha pretendido dejar de tratar a las demás exrepúblicas soviéticas como satélites, intervino a favor de los separatistas, y se logró una paz frágil, sin que ningún bando se impusiera sobre el otro.

Esta situación duró hasta 2008, cuando se reanudaron las hostilidades entre Georgia, por un lado, y Abjasia y Osetia del Sur, por el otro. Rusia envió a sus tropas a combatir a los georgianos en una guerra no declarada, de la cual, naturalmente, salió airosa. Moscú reconoció a los dos territorios como repúblicas independientes. Hasta el sol de hoy, solo otros tres Estados han hecho lo mismo. Venezuela es uno de ellos. Chávez dijo que esperaba tener buenas relaciones con ambos, e instó al resto de Latinoamérica a seguir su ejemplo. Actualmente, Abajasia y Osetia del Sur siguen bajo ocupación militar rusa.

¿Cómo es que desde Miraflores y la Casa Amarilla (esta última, por cierto, ya ocupada por Maduro), pudieron salir respuestas tan disímiles al separatismo en estos tres territorios? ¿Acaso en todos no salió a relucir la autodeterminación de los pueblos? Sí, pero no fue el factor determinante. Simplemente, el oficialismo vio en un caso algo positivo para sí, y en el otro, algo negativo. Cuesta ver que tenga intereses en aquellos lugares tan lejanos y ajenos a Venezuela. Pero el panorama se aclara si se introduce a Rusia en la jugada. El chavismo poco a poco hizo explícita su intención de alejarse de Occidente, cuyos valores democráticos detesta, y de alinearse con el Kremlin. Había que prepararse para un momento como este, cuando un Maduro repudiado por medio mundo busca con desespero asegurarse el apoyo de Putin, a quien hoy visita deshaciéndose en halagos.

¿Y Cataluña? ¿Qué pretende el PSUV ver ahí? Para empezar, goza con una crisis política en España que debilite y potencialmente desacredite a uno de sus principales críticos, como lo es el gobierno de Rajoy. Segundo: tal vez piense que una Cataluña independiente caiga fácilmente en manos de una izquierda populista afín a él. Después de todo, la nación ha sido a lo largo de la historia un hervidero zurdo. A lo mejor fundamentan esa expectativa en el experimento anarquista catalán desarrollado en plena Guerra Civil (el cual fue suprimido a sangre y fuego, no por Franco, ¡sino por comunistas españoles instruidos por la URSS!; este fue uno de esos casos de lucha a muerte entre ñánagaras convenientemente olvidados por muchos intelectuales de izquierda).

Cabe preguntarse qué pasará si, como advierte la Generalitat, la independencia catalana es proclamada en pocos días. ¿La reconocerá el Gobierno venezolano? Y si lo hace, ¿Puigdemont y Junqueras correrán a abrazarse con Maduro, aún a sabiendas de que este es rechazado por una Unión Europea cuyo apoyo es necesario para que el proyecto independentista no sea un total fracaso? Uno revisa las imágenes de represión estúpida en Cataluña, imagina ese abrazo y piensa: “¡Caramba, qué descarado sería!”.

@AAAD25

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