Reclamo a distancia, por Alejandro Armas

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Que este servidor recuerde, Venezuela y sus problemas nunca fueron tema tan recurrente en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Los gobiernos de Francia, Brasil, Argentina, Colombia, Panamá, Paraguay y Estados Unidos dedicaron al menos una parte de sus discursos a nuestra crisis, casi todos en boca de sus presidentes. Algunos con un tono más alto que otros, todos coincidieron en la necesidad de que Nicolás Maduro y compañía dejen su determinación de mantener el poder como sea para que el país empiece a salir del báratro en el que está metido. La cosa es impresionante, pero no sorprendente. Después de todo, el deterioro que Venezuela ha experimentado en los últimos años no tiene precedentes en su historia, al menos desde el fin de las guerras civiles. Más bien, es increíble que el resto del mundo haya tardado tanto en apreciarlo.

La respuesta de Maduro no se hizo esperar. El escenario escogido: la fachada de Miraflores, en un espacio lo suficientemente grande como para acomodar en sillas a los escasos seguidores presentes (ese día hubo una “marcha antiimperialista”, cuya concurrencia se podrán imaginar). El discurso presidencial estuvo centrado, para variar, en Estados Unidos. En la rudimentaria comprensión chavista de la geopolítica actual, es inconcebible que diferentes actores independientes coincidan en sus críticas a la autoproclamada revolución bolivariana. Para ellos, solo hay que contestar a Washington, pues todos los demás son sus lacayos.

En fin, Maduro gritó las consignas de siempre. No hubo nada original, aunque tal vez eso sea mucho pedirle. El hombre asumió de nuevo su rol de guerrero admirable, de David caribeño ante el Goliat anglosajón, de corajudo soldado patriota. Pero hay un detalle: ese papel resulta disonante si se tiene en cuenta que aquel a quien se dirigió estaba a miles de kilómetros de ahí. Cuesta imaginar un relato caballeresco cuyo héroe se queda en casa en vez de ir a plantarle cara al villano, dondequiera que el crápula se encuentre. Ahora, la red de medios públicos transmite hasta el hartazgo la grabación de Chávez denunciando desde el podio de las Naciones Unidas una presencia sulfurosa. Para efectos de la épica oficial, ¿no habría sido mejor que Maduro le respondiera al Mr. Danger de la Quinta Avenida en su propia cara?

No sirve como reparo que la sede de la ONU esté erigida sobre la costa de Manhattan, dentro de las fronteras del imperio que le niega al mandatario venezolano la posibilidad de hollar su suelo. Las instalaciones del organismo son territorio internacional, y Maduro podría perfectamente realizar una visita que limite su presencia a aquellos espacios donde la mano peluda del Tío Sam no puede vetarlo. Claro que no es lo mismo que aquellos viajes de antaño a la Gran Manzana, con paradas obligatorias en los vecindarios latinos del Bronx, para escuchar, en su tierra originaria, salsa en vivo, que tanto gusta al Presidente, e interactuar con algún grupúsculo de activistas ñánagaras locales, únicos interesados en que haya un mural dedicado al “comandante eterno” en la zona. Pero la posibilidad de la asistencia de Maduro a la cumbre no admite discusión.

Otros en su situación lo han hecho antes, lo cual nos lleva a nuestra mirada semanal al pasado, que será bastante breve. Al igual que Maduro, Robert Mugabe es un jefe de Estado incluido en la lista de sancionados por el Departamento del Tesoro norteamericano. Ello no impidió que en 2015 asistiera a la Asamblea General de la ONU. Su alocución fue notable por una sentencia de solo tres palabras: “No somos gays”. Así el ya para entonces nonagenario dictador de Zimbabue respondió a las críticas internacionales al trato espantoso que su gobierno da a los homosexuales, apenas una manifestación de las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos en la nación africana. Zimbabue es, a propósito, un miembro del Movimiento de los Países No Alineados, cuyo respaldo es el más amplio que el chavismo es capaz de esgrimir en estos momentos. Cuando se hizo la pomposa cumbre del Mnoal del año pasado, para la cual el Gobierno prácticamente se adueñó de toda Margarita, la propaganda oficial definió al organismo como un espacio de encuentro para “los pueblos que luchan por las causas justas de la humanidad”. Como Zimbabue, ¿saben? O Corea del Norte, otro miembro emblemático de aquel club.

Volviendo a Maduro, queda en el aire la duda sobre por qué no fue a decirle a Trump sus cuatro verdades. Apenas ayer él mismo aclaró que detectaron amenazas contra su vida en el “imperio”, y que por eso prefirió hacer su reclamo desde Miraflores. Si eso es así, ¿por qué envió a Jorge Arreaza? ¿Qué hay de la seguridad del canciller? ¿No se supone que todos los revolucionarios están bajo amenaza? Más bien, la decisión presidencial de no ir a un gran foro mundial levanta sospechas sobre la reputación que Maduro ha adquirido en el extranjero, con aspectos que el Gobierno no está dispuesto a reconocer en público. Recordemos que Maduro hace poco tuvo pautado dar un discurso ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (con sede en Ginebra, no en Nueva York), y que de pronto canceló el compromiso, dizque para asistir a un encuentro sobre ciencia y tecnología con líderes musulmanes (¿?). Llamativo, muy llamativo.

@AAAD25

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