¿Una historia indigna? por Antonio José Monagas

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El hombre siempre ha escrito su propia historia, aunque trenzada por problemas de distinta índole. Quizás el más insidioso, sucede cuando se atraviesan las ideologías interesadas en sesgar hechos a su antojo. Aunque también resulta perturbada, cuando sus capítulos testimonian la sucesiva catástrofe que fue una vez razón de dificultades de capital importancia. Dificultades que agravaron situaciones que luego enclaustraron el crecimiento y maniataron el desarrollo de naciones cuyos esfuerzos por escapar no alcanzaron el mejor resultado. Paradójicamente todo este devenir, sólo apunta a que los errores cometidos y referidos históricamente, se repitan. Incluso, generando más daño de lo que en un principio, los susodichos hechos llegaron a marcar.

Desgraciadamente, así ha sido grabada la historia contemporánea de Venezuela. Su historia política, es el recuento de cuanto intentó superarse y no se pudo. Ni siquiera, algún escarmiento logró con el paso del tiempo. Lamentablemente, deberá reconocerse que la historia política contemporánea venezolana, la escribieron perdedores en medio de una crisis que no sólo estrujó sus consciencias. Sino que inhibió el sentido de libertad que debió ser signo de impresión a lo largo de su redacción. Sin embargo no por ello, la historia de Venezuela no dejará de ser un factor de motivación para reescribirla con la dignidad que representa cada hecho realizado con sentimiento democrático. O como lo plasmaba Jacinto Benavente, extinto dramaturgo español, “una cosa es continuar la historia y otra, repetirla”. He ahí lo grave del asunto.

A decir de los hechos, tal como en la actualidad están desarrollándose, el alto gobierno se ha empeñado, por testarudez propia, en inhabilitar el oficio del historiador al constreñirlo en su deber para reescribirla. Pero las realidades que caracterizan la presente Venezuela, están desnudándola del ropaje que la vistió la forja independentista que marcó la historia política decimonónica. Tan controvertida situación, ha devenido en un proceso de mutilación de valores morales lo que a su vez ha logrado que el venezolano esté padeciendo los errores que la historia busca considerarlos como referencia para evitar sean repetidos sus infortunios.

Y esto vale, por cuanto no ha habido desengaño alguno que haya tendido a corregir, desde el plano histórico, lo que ha causado la descomunal crisis que ha colocado en ascuas la institucionalidad jurídica y política venezolana.

Haber salido de la dictadura perezjimenista que azotó particularmente el discurrir político venezolano a lo largo de la década de los cincuenta del siglo XX, constituyó el ticket de entrada al proyecto que Fidel Castro venía experimentando desde 1958 en Cuba. Eso llevó a que Venezuela fuera víctima de la grosera incursión de cubanos por Machurucuto a principios de los sesenta. Pero igualmente, el país sufrió desmanes que vinieron a consecuencia de la Guerra Fría toda vez que comunistas soviéticos andaban en complicidad con revolucionarios cubanos. Aunque lo más duro, se produjo con la caída del Bloque Soviético ya que el régimen cubano sufrió un duro debilitamiento lo que lo motivó a buscar formas para evitar que su gobierno construido con represión, corrupción y desolación, se viera sumergido entre más problemas de los que para entonces se habían acumulado.

No conforme con lo alcanzado en materia de dominación nacional, algo precario, la dictadura castrista ideó el modo de penetrar naciones con el propósito de rebuscarse los fondos necesarios que requería el andamiaje político-económico de la isla. De esa manera, las coyunturas favorecieron las intenciones de Castro desde el mismo momento en que el golpismo militarista venezolano, de 1992, se convirtió en la ruta para torcerle el sentido y dirección a la historia política nacional. Historia de esfuerzos en aras de consolidar las libertades políticas y derechos fundamentales que necesitaría la democracia en construcción.

Con los años, la incursión cubana tomó la fuerza necesaria para intervenir procesos políticos con la impunidad que le permitía complicidades a lo interno de algunos países latinoamericanos. Aunque en las postrimerías del siglo XX, la situación de amenaza hacia algunas naciones de debilitada estructura democrática, arrecia con la alianza Moscú-Beijín. En el fragor de dichos tiempos, el espíritu inoculado del Castrismo azuzado por el gobierno moscovita, se dirigió a causar la desestabilización de mercados internacionales desde los cuales podía causar la mayor angustia social y económica mediante la cual pudiera amortiguar la ruta de intervención que luego permitiera la expansión de sus estamentos e instancias de gobierno. Y en efecto, así lograron darse tan perversos eventos.

Fue la vía que, con base en conjuras, amenazas y arbitrariedades, alcanzó el difícil trazado declarado en torno al modelo democrático que venía procurándose durante la segunda mitad del siglo XX. Pero en lo particular, los reveses y los avatares generados por la imprecisión con la cual pretendió consolidarse la institucionalidad necesaria que habría requerido la construcción de la Venezuela posible, pudieron más. Y fue así como el camino diseñado ni pudo concretarse, ni tampoco recorrerse.

A tales esfuerzos, los aventajó el modelo de economía estatista que consiguió en el régimen militarista venezolano el secuaz necesario para fraguar el plan de implantar un nuevo orden político que bien pudiera tergiversar hechos y configurarlos a imagen del modo castrista. Además, cargado de la facilidad necesaria para disfrazarlos y venderlos como legítimas razones de lucha política. No obstante, lo peor estuvo formado por lo que representó la desvergüenza de ideologizar colectivos humanos con la intención de incitarlos a pensar engañosamente que la democracia sería posible alcanzarla agarrándose de la cola de la historia.

Así, con la excusa del mal llamado socialismo del siglo XXI, el régimen adoptó criterios de gobierno para persuadir que de esa manera se superarían las distancias que, injusticias sociales y económicas, arrebataron de las manos a precursores y libertadores, de abnegados y sacrificados civilistas. Por eso, se habla de estarse reescribiendo ¿una historia indigna…?

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