¡Venezolanos cruzando el desierto! por Carlos Dorado

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A mí particularmente, todo lo relacionado con la emigración, me toca una fibra muy sensible, por el hecho de que siendo un niño, emigré con mis padres desde Galicia (España) a Venezuela. A pesar de la inmensa tristeza que embargaba a mis padres, el tener que dejar cinco hijos en la “Madre Patria”, siempre tendré que agradecer el hecho de que en Venezuela nos recibieron con los brazos abiertos, y mitigándonos ese dolor con la esperanza de poder lograr un futuro mejor.

Al poco tiempo de haber llegado, y con esa capacidad de integración y adaptación que suelen tener los niños, ya sentía que éste era mi hogar y mi país, y ese sentimiento se ha ido acrecentando con el tiempo. Quizás por esto uno sigue apostando al país, y sintiéndose un poco en deuda y con la obligación de pagarle todo lo grato que nos ha dado.

Porque los que emigramos, nunca lo hacemos por turismo, sino por necesidad. Por el hecho de querer buscar un futuro mejor, teniendo que sacrificar muchas cosas, y sacando de dentro mucha valentía para hacerlo. Si por encima de esta tristeza que se lleva en el corazón, de tener que adaptarse a nuevas costumbres e idiosincrasia, y el sacrifico que representa el comenzar de nuevo; hay un repudio hacia uno por el hecho de ser venezolano; entonces el ser emigrante resulta realmente muy duro.

Fuimos durante muchos años, el faro de muchos países y de cientos de miles de emigrantes que vieron en nuestro país un puerto seguro donde llegar, sabiendo que serían recibidos con los brazos abiertos, y que habría una oportunidad de un futuro mejor. Ahora que la historia cambió, y que los venezolanos emigran, no somos bien vistos; resultamos “no bienvenidos”, o “personas no gratas” en la mayoría de los países que gracias a nosotros en el pasado pudieron crecer.

Qué poca memoria tiene algunos países, y qué poca solidaridad. Cuando hemos sido durante muchos años el motor de sus economías, los viajeros alegres del “está barato dame dos”, los que gastaban. En esos momentos no nos pedían visa. No nos discriminaban. Más bien éramos los deseados por todos. Nos buscaban y nos invitaban a visitarlos. ¡Pero la memoria histórica es muy corta, cuando se trata de solidaridad y agradecimientos!

¿Qué sería de mí, si Venezuela no me hubiese dado una oportunidad para realizar mis sueños? ¿Cómo es posible que ahora se la nieguen a miles de compatriotas? ¿Es que sólo éramos buenos cuando gastábamos afuera y recibíamos adentro? ¿Es que esa supuesta hermandad sólo se sustentaba en nuestra riqueza y en sus beneficios?

La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es mejor porque es horizontal e implica respeto mutuo. Pero lamentablemente en este momento, no estamos recibiendo ni respeto, ni siquiera caridad, sino muchas humillaciones.

Sólo espero que esa poca memoria que están teniendo esos países con nosotros, sea inversamente proporcional con la deberemos tener nosotros, cuando en un futuro volvamos a ser un país de inmigrantes, y dejemos de ser emigrantes.

Dicen que la verdadera solidaridad es aquella que no espera ser invocada. Lamentablemente lo único que están invocando algunos países amigos es la insolidaridad. Mi madre solía decirme: “Cuando una mano se alarga para pedirte algo, piensa que esa mano puede ser mañana la que te ofrezca un vaso de agua en mitad del desierto”

Lamentablemente, diese la impresión de que muchos venezolanos tendrán que cruzar ese desierto sin agua.

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