Crímenes de odio, por Brian Fincheltub

violencia

 

El mundo se acercaba al nuevo milenio y Venezuela a la promesa de una nueva era en la cabeza de un hombre que hablaba bonito y convencía a la gente. “El pasado contra el presente”, he allí el primer intento de distinguir entre lo que dejábamos y lo que empezaríamos, en teoría, a vivir. Pero más allá de un elemento de discriminación cronológica, esta categorización devino cada vez más una etiqueta, apoyada por quienes desde los micrófonos aupaban al pueblo a poner fin a la “cuarta República” y dar paso a la “quinta”.

Los que se oponían poco a poco fueron siendo excluidos de las nuevas definiciones políticas de pueblo, nación y Estado. La patria era lo que se construía y los patriotas sus constructores. Pasamos más allá del ellos y nosotros, se comenzó a establecer un nuevo concepto de lo que significaba ser venezolano y quien se quedaba fuera era quizás “escuálido” o “apátrida”, pero venezolano no.

Los enemigos del “proyecto de cambio” no solo eran “poquitos”, sino reaccionarios, se repetía con insistencia desde el discurso oficial.  Así fue como el contrincante político pasó a ser enemigo y el disidente poco menos que persona.  Se deshumanizo la política,  porque las etiquetas tienen ese efecto, pasamos entonces de la polarización a la confrontación.

La conflictividad, que rendía buenos frutos electorales para quien la utilizaba, fue en escalada. Cuando se tiene un contrincante se busca ganarle, cuando se tiene un enemigo el objetivo es destruirlo.  El odio hizo efecto aguas abajo, pueblo contra pueblo, vínculos rotos, familias separadas. Tenía raíces profundas.

Cuando hoy se habla de crímenes de odio toca buscar más allá de los autores materiales,  ir contra quienes hicieron de Venezuela tierra fértil para la intolerancia y la violencia política. Otro parte de un legado que no sólo nos toca padecer, sino del que ahora nos harán responsables.

 

@Brianfincheltub

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