Crisis gastronomía y nutrición: Lo urgente Vs lo importante, por Marianella Herrera-Cuenca

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En la convulsionada Venezuela de hoy, donde todos los días sucede algo, es difícil darle prioridad a aquellas cosas que no resultan en una verdadera emergencia. Me refiero a ¿cómo emprender otras acciones que no sean: atender a un bebé con desnutrición severa, ayudar a quien ha sido agredido por las brutales represiones en las protestas, a quien necesita un medicamento para sobrevivir, o a quien se llevan detenido injustamente!. Tomar la decisión de llevar una acción ante uno de estos hechos, entre otros muchos que suceden día a día, resulta bastante obvio, tanto, que incluso suena disonante pensar en otras acciones destinadas a otros grupos y con otros fines. Es así, como en la vorágine de la lucha entre la vida y la muerte, entre comer o no comer, entre buscar un medicamento que no existe o esperar la atención médica interrumpida por la deteriorada infraestructura hospitalaria, se nos va la vida a los venezolanos. Incluidos en lo anterior, estamos  quienes nos desenvolvemos en el deber de vigilar e investigar, quienes tenemos por ocupación y trabajo realizar estudios poblacionales para determinar, alertar y contribuir al bienestar de la población.

Cuando en semanas anteriores, tuvimos una reunión en una de las organizaciones para las cuales trabajo, el equipo discutió acerca de un elemento crucial que nos ocurría: las numerosas denuncias, hechos y graves demandas del día a día ocupaban el 99,9% de nuestro tiempo y producción de información en salud y alimentación, mientras que se descuidaba un elemento fundamental que como organización nos distingue: la formulación e investigación de estrategias de políticas públicas, educación e información adecuada para realizar prevención y promover EL bienestar de la población.

Esta situación nos ha llevado a preocuparnos solo de lo urgente, descuidando lo importante, y es así como una vez más continuamos por el camino del deterioro, pues si solo vemos al desnutrido severo, sin acercarnos a quienes todavía no lo están,  a quien no tiene la máquina de diálisis sin reparar en el que podría utilizarla … pero que todavía no la necesita. En adición a esto, si solo vemos la “apatía“ de quienes todavía pueden ir a un restaurante, sin detenernos a pensar en las familias que todavía pueden subsistir solo por el hecho de que ese restaurante les proporciona trabajo, significa que todavía juzgamos a quienes ponen en marcha un evento cualquiera sea su naturaleza, sin pensar en las familias que se alimentan de él. Es mucho lo que está en juego en este momento, mucho lo que nos estamos jugando como sociedad y como individuos. Nos estamos jugando el desarrollo del cerebro de quienes están desnutridos es verdad, pero también de quienes no lo están, nos estamos jugando el compromiso con el trabajo de quienes todavía tienen trabajo y nos estamos jugando la salud de quienes todavía la tienen.

En este momento las dimensiones sociales se imbrican de tal manera que lo social, lo biológico, lo emocional, lo racional, lo político y  lo ético confluyen de una manera nunca antes vista y percibida. Nos lleva a buscar en nuestras reflexiones la armonía y la congruencia entre los diferentes planos de los valores. Entre quien roba para comer y quien debe castigar el robo, quien debe decidir a quién da de comer o a  quien aplica un medicamento y cuál es el criterio que utiliza para tomar esa decisión. También nos lleva a pensar en la congruencia de quien debe decidir abrir un negocio y continuar dando trabajo a sus empleados, quien tiene un restaurante a donde posiblemente los clientes regulares ya no van, porque sencillamente no tienen dinero para pagarlo en esta golpeada economía inflacionaria, o porque sí hay quien piensa que ir a un restaurante sería reflejo de una apatía que no es tal, pero en esta situación, no solo vale serlo, sino parecerlo.  

Ahora bien, ¿dónde están las familias de los mesoneros? De los vendedores de las tiendas formales, esas que son más costosas porque tienen que pagar un local, un condominio, un servicio de seguridad, en fin de esas tiendas que cerraron por quiebra.  ¿De que viven en estos momentos? ¿Pasan hambre?  ¿Tienen medicinas? ¿Tienen como comprarlas o conseguirlas? ¿Dónde y que comen?, posiblemente sean de los que engrosen las tristes filas de los padres que dejan de comer para que sus hijos coman, o deterioran su dieta para proteger la de sus hijos, o sencillamente ahora se rebuscan en la basura.

Así, nos está pasando la vida, comiendo yuca unos, plátano los de aquí y mangos los de allá, para que nuestros hijos y nietos (quienes ya los tienen) coman. Sin embargo, enfermedades como la diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares harán de las suyas, pues un factor de riesgo es la calidad de la dieta. Estas enfermedades continuarán incrementándose aún más, pues hoy en día se sabe que un niño que nace desnutrido tiene un riesgo mucho mayor de desarrollar estas enfermedades durante su vida como adulto.  

Por esto volvemos a nuestra preocupación inicial: ¿A quién atendemos? Es el dilema ético de la anti-democracia, del control excesivo, de querer resolver sin evaluar toda la extensión del problema, ni de afrontarlo de manera honesta.

Hace unos años Venezuela necesitaba datos, los datos se construyeron, y llegamos a ser el único país de América Latina donde existe una encuesta de condiciones de vida, ENCOVI. Se construyeron indicadores, se monitorearon los existentes, se alertó sobre el aumento de la obesidad asociada a la pobreza, que dicho sea de paso construyó la plataforma de hambre oculta que permitió la llegada de la desnutrición cuando las calorías se hicieron insuficientes. Se pudo hacer prevención y no se hizo, se pudo haber impedido y no se impidió, ahora con el dolor a cuestas y el corazón desgarrado debemos ser testigos de la inmoralidad que significa ver morir a un niño por hambre, pero también estamos siendo testigo del silencioso deterioro de quienes están todavía en condiciones normales. Nuestra pregunta para los organismos internacionales que monitorean salud y alimentación es: ¿Que significa un “punto de corte” para crear alerta? , significa que se tienen que morir o deteriorar muchos más para tomar acciones? Cuál es la definición de alerta real, sabemos los criterios, si, los hemos escuchado a repetición hasta el cansancio en los últimos meses, pero que es realmente un alerta, un alerta para una madre que ve como su hijo se le escapa de las manos, o para quienes generamos datos sigamos con detenimiento como se muere una persona más para llegar al nivel esperado. Un niño, un adolescente, una madre que fallece, por hambre es igual de inmoral que cientos o miles.

ENCOVI, desde el primer día nos habló de la diferencia que existe en la calidad de la dieta y en la intensidad del ejercicio entre quienes tienen un mejor nivel educativo y quienes no lo tienen, aún en las condiciones de mayor pobreza. Nos habla que existen maneras de hacer prevención. Los países serios, toman en cuenta el hecho de cómo están caracterizados sus hogares de acuerdo a la posibilidad o no en el acceso a los alimentos, es decir desde sus características de seguridad alimentaria. Hoy en día las iniciativas globales importantes toman en consideración el nivel de calidad de vida, basados en indicadores que muestran en qué condiciones transcurre la vida de los ciudadanos, el Banco Mundial, tiene trabajos maravillosos sobre el riesgo y costo de lo que significa iniciar una vida en condiciones desfavorables. Venezuela, es el único país de América Latina que tiene no solo una encuesta, sino que tiene el seguimiento, tenemos los datos para impedir que lo urgente se siga “tragando” a lo importante. Y lo importante hoy en día es impedir y prevenir que la población sana se enferme y se deteriore. Cuando en unos años tengamos algunos de los recursos humanos para poder hacer frente al futuro del país nos alegraremos de haber cooperado con lo importante, porque  en una emergencia, lo importante también es urgente.

 

@mherreradef 

@ovsalud

*Directora Observatorio Venezolano de la Salud

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