¡Suenan tambores de guerra! por Carlos Dorado

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Por quién doblan las campanas”, es una novela publicada en 1940, cuyo autor es Ernest Hemingway, quien participó como corresponsal en la Guerra Civil Española. El título procede de la obra “Meditación XVII”, perteneciente al poeta John Donne que data del 1624, y en cuya obra en una de sus partes escribía: “…La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: ¡Doblan por ti!….”

La acción de la novela se desarrolla a finales de mayo de 1937, en plena guerra civil española, siendo la muerte, el suicidio, la ideología política, y el fanatismo los que dominan la trama. Los protagonistas están dispuestos a sacrificar la misma vida, y prefieren la muerte a la captura, a ser abatidos o matar para evitarlo.

El odio como factor de lucha e intransigencia con el enemigo, es el que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano, y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nosotros, llevamos como sociedad años acumulando odio, tenemos una buena cantidad; pero todavía no hemos reunido la suficiente. Eso lleva tiempo. Ese odio que te alimenta, y al mismo tiempo te va pudriendo. Es un arma de doble filo. Donde al tiempo que herimos al contrincante, nos herimos a nosotros mismos, y cuanto más grave es la herida que le infligimos, más grave es la nuestra. ¡Puede llegar a ser fatal!

¡No es fácil librarse de él! Porque es una enfermedad de inconscientes, donde pretenden poner fin a la oscuridad con más oscuridad. El odio nunca puede terminar con el odio. ¿Es que no nos damos cuenta? Acumular diálogo, significa futuro; acumular odio significa calamidad. Ese odio que es como el resorte de un tensor, que el día que se suelte se lleva todo por delante, sin distinciones. ¿Por qué nos matamos así?

No podemos dejar que la muerte reine sobre los pensamientos. ¿Quién responde por esos muertos? ¿Terminarán siendo símbolos de qué? Me pregunto, y reflexiono sobre estas muertes de jóvenes venezolanos, y me invade el dolor. ¿Es que acaso no tenemos otros caminos como sociedad? La muerte para los viejos es como llegar a puerto después de una larga trayectoria: Pero para un joven es un naufragio en medio de un viaje que apenas estaba comenzando.

Sí, pero al final son los demás los que mueren. Pero un día puede llegar la muerte y arrasar con todo, como un vendaval. La figura de la muerte, en cualquier traje que venga, es dura, pero en el traje de guerra es espantosa. A veces en la vida, no hay segundas oportunidades, no hay la próxima vez, no hay mañana, si no estamos dispuestos a construir el presente. ¡El supremo arte de la guerra, es doblegar al enemigo sin luchar!

Es triste cuando el sufrimiento de muchos, es motivado por la ambición de unos pocos. Ayn Rand decía: “La ambición por el poder es una mala hierba  que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía” La ambición de todos los venezolanos debería ser ver un país unido, próspero, en paz, donde estemos construyendo futuro, y no destruyendo presente. ¿Culpables? Somos todos, en mayor o en menor medida, y pretender ser el sobrio de la fiesta donde todos están borrachos, es negar haber estado en la misma.

Adolf Hitler decía:” No es mi ambición esto de estar en guerra, pero sí el de crear un nuevo estado nacional y social de la más alta cultura”

¡Suenan tambores de guerra! ¿Por quién suenan las campanas? Por todos, sin excepción.

 

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