Banalizar las tragedias, por Alejandro Armas

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Lo que menos necesita la gente en este momento es, en mi humilde opinión, otro escrito en el cual el autor pontifique con fastidioso supremacismo moral sobre la pertinencia o no del “escrache”, el acto de repudio público y espontáneo a miembros de la elite chavista en el extranjero. El debate al respecto ha sido largo y, francamente, estéril. Descuide, que no es nada de eso lo que tiene en frente.

El creciente número de incidentes ha dado mucho de qué hablar. Algunos opositores los han celebrado al punto de relamerse. Otros los han cuestionado, bien sea por razones axiológicas o por nociones de lo que es práctico en el contexto de la lucha por la restauración de la República. Como se podrán imaginar, la reacción en el oficialismo ha sido mucho más homogénea. En solo dos palabras: victimización exagerada. Si lo que buscan es generar empatía o compasión, el efecto termina siendo el contrario. Incrementan el rechazo.

Para empezar, porque hasta ahora los casos de escrache no han incluido violencia física, ni coerción, a diferencia de lo que el Gobierno pretende dar a entender con su ejército de medios de propaganda financiados con el dinero de todos los venezolanos. Una y otra vez estos mensajes han sido desmentidos. Así, Mario Isea, el embajador en España que hace dos años criticaba la colecta de medicamentos por la comunidad venezolana en ese país para enviarla aquí por considerar que en la patria hay suficientes para todos, denunció que fue “secuestrado”, cuando en realidad el edificio en el que se encontraba tenía en frente a un grupo de sus connacionales que protestaban en paz. El Gobierno español rápidamente aclaró que Isea contó en todo momento con resguardo y que pudo haber dejado las instalaciones cuando lo deseara. La canciller Delcy Rodríguez dijo que dos venezolanos fueron detenidos por agredir a un viceministro en Australia. Y al día siguiente, esas mismas personas graban un video en libertad, con lectura de periódico del día como prueba.

En segundo lugar, la reacción del poder resulta indignante, porque se produce con el trasfondo de una represión, por usar la expresión del protagonista de La naranja mecánica, ultraviolenta. Represión que una y otra vez cobra la vida de venezolanos, sobre todo jóvenes, y no porque yo o algún dirigente opositor así lo digamos, sino porque lo certifica un sorprendentemente autónomo Ministerio Público, que aumenta en consecuencia el número de imputaciones a funcionarios de cuerpos de orden público controlados por el chavismo. Ello hace trizas la retórica gubernamental, según la cual toda la violencia, todos los homicidios, son imputables al liderazgo disidente. Pero, volviendo a nuestro asunto, las protestas con las que tienen que vérselas los oficialistas en el extranjero resultan insignificantes al lado del horror desatado por el poder del que estos son parte.

Finalmente, la respuesta del PSUV a los escraches causa molestia por el uso de símiles para igualar su situación con el Holocausto, una de las páginas más espantosas de la historia de la humanidad. Todo comenzó con Jorge Rodríguez, padre de la primera ofendida. El alcalde de Caracas aseguró en su programa de televisión que el hecho equivale al trato a los judíos en la Alemania nazi. Siguió un personaje menor del cosmos revolucionario, el músico Paul Gillman. Luego de ser vetado en un festival de rock en Colombia, el artista afirmó sentirse como un hebreo bajo la sombra de la esvástica. Aunque la exclusión de Gillman es condenable, él olvida que su conducta fue igual cuando instó a impedir que Zapato 3 toque en conciertos organizados desde el Estado por ser una banda “opositora”.

Este ascenso vergonzoso por una comparación infeliz llegó a la cúspide de la mano del Presidente. Maduro repitió sus típicas acusaciones de fascismo hacia quienes lo adversan, com el agravante de proclamar a los chavistas como “los judíos del siglo XXI”, perseguidos por opositores nazis. Instó a la comunidad judía venezolana y mundial a pronunciarse en su defensa.

El argumento chavista es una burla grosera al recuerdo de las millones de víctimas de aquella monstruosidad ejecutada por Hitler y sus secuaces. Estamos hablando de poner al mismo nivel en la balanza del mal el hecho de que en los últimos días a un puñado de individuos, en el peor de casos, le cayeron a gritos, con doce años de persecución, deshumanización (tema abordado en este espacio la semana pasada) y, finalmente, un genocidio de seis millones de personas.

Horas después de llegar al poder, en 1933 los nazis convocaron a un boicot de 24 horas contra todos los comercios propiedad de individuos de ascendencia hebrea. La táctica fue repetida varias veces. Dos años más tarde llegaron las Leyes de Nuremberg, que en la práctica quitaban a los judíos alemanes su condición de ciudadanos, con la resultante pérdida de todos sus derechos civiles. Eventualmente se les prohibió ser profesores en universidades y desempeñar cargos públicos. A los venezolanos semejante cosa les hace pensar en los despidos de trabajadores del Estado por firmar a favor de un referéndum revocatorio. También en furibundos líderes oficialistas gritando la prohibición de que opositores trabajen en el sector público.

Bandas de paramilitares sistemáticamente acosaban y usaban la violencia contra los descendientes de Isaac. La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, estos grupos y civiles alemanes fanatizados realizaron un conjunto de acciones criminales contra la comunidad judía. Casas, negocios y sinagogas destruidos o saqueados. 91 asesinatos. Por los destrozo que dejaron, estos hechos pasaron a la historia con el nombre de Noche de los Cristales Rotos. Jorge Rodríguez la equiparó con las concentraciones nocturas de la oposición del miércoles de esta semana, antes de que ocurrieran, y que terminaron todas sin un solo incidente violento. La violencia paramilitar más bien recuerda a algo distinto en Venezuela, y que no tiene al oficialismo como víctima, sino al revés. Si no, ¿qué son los mal llamados “colectivos” armados?

Los nazis resucitaron el gueto, una abominable institución medieval que había sido borrada de la faz de Europa un siglo antes. Los hebreos fueron obligados a residir en determinadas zonas de las ciudades, aisladas de las demás. Aparte de vivir hacinados y con pésimos o nulos servicios públicos, los habitantes de estas áreas tenían restringido el acceso al exterior. Salir del gueto sin permiso podía acarrear un tiro letal de parte las autoridades. Muros inmensos fueron erigidos para asegurar el control, y las únicas aperturas eran permanentemente vigiladas. Por cierto que tal restricción al libre tránsito trae a la memoria mucho menos remota la imagen de una Caracas con sus accesos completamente bloqueados con cada día de protesta contra el Gobierno. Militares y policías revisan a quien pase por ahí, con la sospecha a priori de que cualquiera puede ser un manifestante, un “delincuente”.

Luego vino lo peor: la solución final, los campos de concentración y el exterminio. Pues bien, todo lo narrado es algo comparable a los escraches que el chavismo experimenta, según su lógica. Con mucho acierto, la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela salió al paso de la impresentable solicitud de Maduro rechazando el símil e indicando que ello banaliza el Holocausto. Hannah Arendt, que como otros miles tuvo que huir de Europa para que no la mataran, hablaba de la banalidad del mal. Me pregunto qué habría pensado sobre los comentarios de Miraflores si estuviera viva.

No es la primera vez que el Gobierno se presenta como víctima con alusiones históricas irrespetuosas del recuerdo de quienes padecieron hechos horripilantes. La suspensión del Mercosur y otros reveses geopolíticos intentaron venderlos como un nuevo Plan Cóndor. No se debe permitir este abuso de las tragedias de la historia. Mucho menos por un régimen que está llenando de tragedias su propio país.

@AAAD25

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