Cuando el luto se pinta tricolor, por Antonio José Monagas

Bandera-Miguel-Castillo

La profunda confusión que se ha instalado en Venezuela estos días de abril y mayo, responde a distintas causas. Causas éstas no sólo de razón política. También de índole económica, social, moral y cultural. Inclusive, de acepción ética. Todas ellas reflejan anomia que, por estos días, tiene secuestrada a la nación. Ésta no es fortuita. Podría decirse, que fue promulgada por el Estado en atención al desorden gubernamental que se fraguó como resultado del desbocamiento de contradicciones, desarreglos y desacato de preceptos trazados constitucionalmente.

No obstante, la protesta no cesa. Por el contrario, se ha intensificado. Y es porque lo que recorre cada parte de la humanidad y espiritualidad de tantos venezolanos, es la indignación que significa la desvergonzada retracción del país por culpa de un régimen soberbio, indolente y ortodoxo. No hay duda de que estos momentos de crudos conflictos que padece el país político por causa de la ofensiva de la cual ha sido víctima la institucionalidad democrática constitucionalmente establecida, no ha sido óbice para que esos mismos venezolanos hayan decidido reconquistar los valores morales y políticos sobre los cuales se ha asentado el sistema político. Ese mismo sistema político que ha permitido disfrutar la convivencia, aunque con sus altos y sus bajos, ha sido lugar común de las actuales generaciones.

Pero pareciera que por ahora y hasta ahora, la represión ha sido la única respuesta del alto gobierno toda vez que su enmudecimiento tiene aprisionado todo rasgo de elemental conducta política y comportamiento ciudadano para encarar los problemas que su propia incapacidad o quizás, su enmascarado proyecto de gobierno, no le ha permitido despejar.

Aun peor ha sido el desconocimiento mostrado o la descarada postergación asumida por el gobierno central, en cuanto a lo que determina la letra constitucional. Tanta saña gubernamental,  exasperó el estoicismo o aguante de venezolanos quienes comenzaron a verse cuales prisioneros sometidos a un riguroso régimen disciplinario sin que fueran demostradas las acusaciones del “denunciante difamador o calumniador”.

Y como siempre, la juventud se presta para ir a al frente de luchas que inhabilitan su futuro. Frente a tan avivada motivación, los muchachos han ocupado las primeras líneas de tan particular confrontación donde se apersona la violencia representada por un actor cuya soberbia rebasa los límites de la civilidad. Cuyo cinismo excede las fronteras del buen negociador. Es decir, la presencia de un gobierno desesperado por el miedo que le produce verse echado del poder. Más, porque sus contrastados delitos constituyen la mejor garantía para ser recibido por una justicia cuya espada está desenvainada.

Esa muchachada, no se amilana ante demostraciones de fuerza y de poder que se solapan con el envalentonamiento de quienes no tienen la razón. Es por eso que esa disposición de lucha, se potencia tantas veces como el sentimiento libertad, junto a la virtud y el honor, se convierten en aceleradores de la acción emprendida.

El valor que acompaña a esa muchachada, inocula en su sangre el empuje necesario  para ir hasta el final de pensamientos que viven de la esperanza y de la fe. Esa libertad por la que luchan estos jóvenes y venezolanos de todas las edades, no sólo existe donde la inteligencia y la determinación consiguen frustrar los planes al opresor. También, donde la persistencia y la paciencia logran desencajar las ilusas pretensiones de un gobierno persuadido de ser propietario vitalicio del poder.

Sin embargo, tan críticos desencuentros no siempre alcanzan la victoria en el tiempo esperado. Y vivir tan agobiante espacio, no sólo lleva a perderse entre las contingencias del camino. Igualmente, a sucumbir ante los riesgos propios de tan escarpados momentos.

Es cuando el tiempo se impone y hace sentirse imperecedero. Es cuando en  medio de tanto letargo, surge el odio como fuente de rebelión. Entonces, quienes emplean la represión como criterio de gobierno, se aprovechan del poder el cual apoyado en la beligerancia, lo hace convertirse en instrumento de muerte. Y es cuando comienzan a contarse las bajas del lado cuyas manos desabrigadas sólo pueden repeler tan cruentos ataques con el impulso de cualquier objeto que actúe como proyectil. Tal, como juego de niños.

Es cuando las diferencias de poder, alojan discrepancias que resultan ser nocivas ante la posibilidad de un entendimiento. Es cuando dichas distancias, de ideas, actitudes y aptitudes, arrojan desproporcionados e injustos balances. Y aunque la muerte se asoma por exiguos momentos, su efecto trae como resultado la baja de algún combatiente situado en la primera línea de batalla. Y no es otro que alguien de esa misma muchachada irreverente que ha apostado hasta su vida a cambio de libertades conculcadas por el vandalismo gubernamental.

Es cuando surge lo inevitable: la muerte exhibe sus garras de siniestro efecto. Y aunque si bien no todo morirá, es precisamente el valor de esta muchachada la razón que sigue inspirando arrojo y decisión ante las injusticias y arbitrariedades de un régimen forajido. Deberá reconocerse que si bien el verdadero valor comienza con el miedo, al final, ese mismo sentimiento induce la valentía y el coraje necesaria para derrocar un proyecto ideológico contenido en un ataúd de desvergüenza, pillaje y corrupción. Por eso, cada baja de cualquier venezolano, es razón para dar cuenta del instante cuando el luto se pinta tricolor.

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