En defensa del periódico, por Alejandro Armas

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Los temas que se prestan para contrastar hechos del presente con los del pasado, como se hace constantemente en este espacio, han sido abundantes en los últimos días, desde la caída libre del bolívar (que el oficialismo insiste que se puede revertir con el bloqueo de una página web) hasta la muerte de Fidel Castro. Sin embargo, hoy he optado por abordar un asunto que llamó mucho menos la atención, a pesar de su gravedad. Me refiero a la interrupción en la circulación del periódico Diario de Los Andes y la advertencia lanzada por El Impulso, activo en Lara, de correr igual suerte.

El primero de ellos no estuvo disponible en kioscos de la zona montañosa ayer, jueves, mientras que el segundo no desapareció de las calles gracias a un préstamo solidario de papel de otro medio de la región. A las pocas horas un vocero de El Impulso anunció que recibió las bobinas que esperaba desde hacía más de una semana, mientras que el rotativo andino manifestó que pronto le llegarían las suyas y que entonces volvería a circular.

Nada que celebrar, sin embargo. El insumo conseguido es de ninguna manera suficiente para asegurar que a mediano plazo los lectores de estos medios sigan contando con ellos, al menos en físico. En el caso del rotativo larense, solo alcanza para seguir hasta fin de año. ¿Volverán a surtirlo del indispensable material? Nadie lo sabe. Su circulación, que ya lleva 113 años (todo un hito en el periodismo nacional), podría cesar en enero.

Este es un problema de larga data que, insisto, lamentablemente no ha llamado la atención del público como lo amerita. Si fuera algo nuevo, tal vez no habría razón para alarmarse tanto. Pero la falta de papel ya se ha cobrado la vida de al menos una decena de medios impresos, por lo que tristemente podría afirmarse que la situación de los dos casos aludidos previamente todavía es “afortunada”. Antorcha, en Anzoátegui; La Mañana, en Falcón; e incluso El Carabobeño (más de 80 años en las calles) son solo tres de los periódicos cuyas rotativas se han detenido. Casi todos los afectados están radicados en las regiones, pero Caracas no está exenta. Primera Página y El Propio, dos miembros de la familia de El Nacional, tampoco se consiguen ya.

Algunos diarios como Tal Cual y Correo del Caroní se han visto obligados a convertirse en semanarios para no agrandar la hecatombe reporteril. El primero de estos, así como El Nacional y otros, han reducido su paginación. Es verdaderamente indignante descubrir en las mañanas que el periódico comprado cada vez pesa menos (a la vez que no se consigue café; imagínense el humor matutino).

¿Por qué pasa esto? El papel periódico no se produce en Venezuela y, como casi todo lo demás, debe ser importado. Por ahí cualquier persona que familiarizada con la economía en “revolución” ya sabe que hay un problema debido a la espantosa escasez de divisas para comprar en el extranjero. Pero eso no es todo. Adicionalmente, el único habilitado para traer las bobinas es el Estado, que luego las distribuye entre los interesados, con un precio monetario, claro está. Sí, este gobierno autoproclamado socialista ha impuesto el muy capitalista recurso del monopolio en el mercado de papel periódico en Venezuela.

Si se pecara de inocencia, alguien pudiera sugerir que esta oscura etapa en la historia de la prensa nacional es algo coyuntural, una inevitable consecuencia de la necesidad de priorizar la comida y los medicamentos entre las importaciones del Estado (argumento no obstante en sí deprimente, más aún cuando se ven los resultados en los anaqueles). Pero resulta que ciertos medios impresos en Venezuela no están pasando por esta situación nefasta. ¿No adivinan cuáles son? ¡Bingo! Los del propio Estado. Mientras los otros se reducen, estos aumentan en número. Basta con ver los equivalentes de Ciudad CCS (impreso por la Alcaldía de Libertador) que han ido surgiendo en diferentes capitales regionales gobernadas por el chavismo. Añádase a eso la revista de los CLAP, sobre cuyo público lector me sorprendería saber que supera el puñado de individuos.

El ente encargado de distribuir el papel es el Complejo Alfredo Maneiro. Para “hacer honor” a este dirigente político, fundador de La Causa R, el oficialismo le puso su nombre a esa repudiable institución. La empresa pública se niega a vender el insumo vital, o sí lo hace pero se los entrega con retrasos que los ponen en riesgo, a los medios independientes, los que hacen periodismo de verdad. Mientras, los que están llenos de propaganda chavista reciben un trato más que privilegiado. Solo juzguen esta perla. Una investigación publicada en febrero de este año por el portal Armando.info halló que, según su memoria y cuenta, el Complejo Maneiro imprimió gratis 875.000 ejemplares de 4F, el periódico del PSUV.

El investigador Robert Pierce ha planteado que, al contrario de lo que se piensa normalmente, la censura directa y oficial, como el cierre de medios, es uno de los recursos a los que los gobiernos menos recurren para silenciar la prensa. Sostiene que más bien algunos se valen de formas más sutiles, que hagan más difícil (pero claro, no imposible) la detección de su “mano pelúa”. Entre estos mecanismos alternativos, tan numerosos como las armas de guerra, Pierce enumera los controles económicos. Esto lo hizo en un estudio sobre la libertad de expresión en América Latina en 1982. Y es que, obviamente, lo expuesto por su teoría no fue inventado por el chavismo. Desde mucho antes se ha hecho, incluso en Venezuela.

Vale la pena recordar las diferentes formas de censura que aquí experimentó el periodismo durante el quinquenio presidencial de Jaime Lusinchi. Los directores de medios recibían llamadas telefónicas en las que eran presionados para que los comunicadores a su cargo no hablaran de los temas que el poder pretendía mantener ocultos. Nelson Bocaranda, en el libro coescrito con Diego Arroyo Gil, da cuenta de cómo Blanca Ibáñez, con la anuencia del mandatario, realizaba esto constantemente con Venezolana de Televisión (eso no hace falta hoy, ya que a todo el que quiera trabajar en ese canal se le exige total sintonía con los intereses del partido de gobierno).

Durante esos años se recurrió además a los controles económicos aludidos por Pierce. También existía entonces un control de cambio, Recadi, el abuelo de Cadivi/Cencoex/Simadi/etc. Ya vimos cómo en Venezuela nunca se ha producido papel periódico. Varios impresos a los que el Gobierno cogió ojeriza tuvieron graves problemas en el acceso a las divisas necesarias para importar el material, lo que los puso en serios aprietos. Una de mis mejores profesoras de periodismo en la universidad nos contaba en clase que en aquel tiempo ella, una reportera debutante, y muchos colegas pensaban que el acoso a la prensa nacional había llegado a su cumbre, y que no imaginaron que tres décadas después el mismo monstruo volvería aparecer con una disposición mucho más bárbara. Irónicamente, Lusinchi fue el único presidente de la “cuarta” fallecido durante la era chavista al que las autoridades accedieron a rendirle los honores que tradicionalmente se otorgan a quienes han sido jefes de Estado cuando mueren.

Si le parece que a diferencia de la década de 1980, la reducción o desaparición de medios impresos no es un problema mayúsculo gracias al periodismo digital, tenga en cuenta que vivimos en un país con un serio rezago tecnológico, en el que alrededor de 40% de la población no tiene acceso a Internet. Dentro del porcentaje restante, no todos son usuarios regulares de las redes sociales que se han vuelto el principal vehículo de la información en formato web. Por lo general la cosa es peor entre los sectores menos favorecidos económicamente, que son los más vulnerables a las manipulaciones que hace el Gobierno mediante su pretendida hegemonía comunicacional. Dicho de manera más criolla como se lo escuché a otro profesor: “Twitter todavía no sube el cerro ni va pal’ monte”. La información es vital para la movilización que todo el mundo reconoce como indispensable si se quiere cambiar la deplorable situación que vivimos. Por eso, por favor, un poco más de interés en defender a nuestros medios independientes.

A propósito, esta semana se dio a conocer la consolidación de un pacto editorial y comercial entre los portales Runrunes y El Pitazo, y el semanario Tal Cual. El acuerdo lleva un nombre inspirado en La Guerra de las Galaxias: “Alianza Rebelde”, y su propósito es enfrentarse al “imperio” de la oscuridad que supone la censura oficialista. Sugiero, amigo lector, que esté pendiente de lo que publiquen estos tres medios, todos ellos con periodistas de excelente calidad. Ciertamente no es una solución al problema expuesto aquí, pero es una importante alternativa para quienes puedan informarse por Internet.

 

@AAAD25

 

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