Cruz para Chávez, cargada por los venezolanos por Alejandro Armas

CruzdelÁvila

 

A muchos caraqueños les sorprendió el sábado pasado, al ponerse el sol, ver encendida la Cruz del Ávila. Pero no se quedaron desconcertados porque fuera marzo y no diciembre. Todo habitante del valle capitalino ya ha de saber que cada 5 del tercer mes, desde hace tres años, se prende este ícono navideño como parte de la conmemoración de la muerte de Hugo Chávez.

La causa del renovado asombro fue que, a pesar de que el embalse de Guri está a escasos metros de su cota de colapso, a pesar de la fastidiosa propaganda de Corpoelec, a pesar de que ahora no se puede ir al cine ni al teatro de lunes a viernes en la noche, a pesar de que empleados públicos solo pueden despachar hasta el mediodía, a pesar de que en el interior desde hace años hay cortes de luz programados; a pesar de todo esto, digo, no haya una excepción al menos este año con el asunto de la Cruz prendida para Chávez. Desde el Gobierno nos piden a todos hacer sacrificios, dada la precaria situación eléctrica, pero es imposible que ellos se unan a esa austeridad, si eso afecta aunque sea un poco las celebraciones por la “siembra del comandante”.

Sirva esto de abreboca para abordar el problema del culto a la personalidad de Chávez promovido de manera cada vez más abusiva por el Estado. Incluso desde antes de que el exmandatario muriera, se hablaba de que el chavismo había dejado ser solamente un movimiento político y adoptado características propias de una secta religiosa. En ese entonces muchos lo asumieron como un chiste, pero ya a nadie le hace gracia.

El culto a Chávez tiene, para empezar, su propio calendario litúrgico, una colección de los momentos clave en la vida del líder: su nacimiento, su ingreso a la Academia Militar, su egreso de dicha institución, su proclama bajo el samán de Güere (intento por copiar el juramento de Bolívar en el Monte Sacro), el golpe del 4 de febrero, su elección por primera vez como presidente, su juramentación para este cargo, su regreso tras los hechos del 11 de abril, su última alocución al país (llamado “Día de la Lealtad y el Amor a Chávez” y creado para coincidir con elecciones municipales de 2013) y, por supuesto, su muerte.

También cuenta con sus templos. El más emblemático claramente es el Museo Histórico Militar, rebautizado como Cuartel de la Montaña. Desde el Gobierno se planeó hacer una red de los sitios que fueron importantes para el crecimiento de Chávez y su movimiento, desde los espacios infantiles de Sabaneta. Sería como una especie de “ruta de Chávez” para la peregrinación, algo así como el Camino de Santiago en su sentido original. Al parecer este proyecto no ha podido concretarse, lo cual no ha impedido que en algunos de estos lugares los “devotos” más empedernidos levanten espontáneamente una suerte de capillas, como la que hay en la parroquia 23 de Enero, con el barinés devenido en santo.

¿Más ejemplos? Ahí está la oración del PSUV, una versión del Padre Nuestro en la que Chávez sustituye a Dios, y que ofendió a más de un cristiano. Abundan las imágenes, en muros o en textos escolares difundidos por el Gobierno, que muestran al expresidente como un gigante que protege al pueblo pequeño e indefenso, o como una especie de fuerza mística que trasciende la naturaleza (solo vean las imágenes entre la Plaza de los Museos y Unearte). Las celebraciones organizadas desde Miraflores por fechas como los días de la Mujer o de la Juventud siempre subordinan el valor de los que se supone son los festejados a expresiones de tributo a Chávez.

Estatuillas artesanales desde hace tiempo que pueden encontrarse en las tiendas de productos para el esoterismo en Caracas y otras partes del país. A Chávez no le ha costado insertarse en el sincrético cosmos de la espiritualidad popular venezolana, producto del mestizaje, en el que conviven María Lionza, los orichás de la santería y hasta ese curioso fenómeno llamado “corte malandra”.

Jorge Arreaza asegura que no hace falta ninguna certificación del Vaticano para creer en los “milagros” del comandante. ¡Imagínense! Ni con José Gregorio Hernández le han tenido tal consideración.

Este culto a la personalidad se ha visto exacerbado tras el fallecimiento de Chávez, al punto de alcanzar manifestaciones que solo se habían visto en Corea del Norte. Probablemente en ningún otra parte como en esta nación asiática la promesa de una utopía comunista ha degenerado tanto y llevado a horrores. Casi setenta años después de la división de la Península Coreana, en lugar de la sociedad sin Estado ni clases sociales visualizada por Marx, lo que tenemos es una especie de monarquía absoluta hereditaria con tintes teocráticos.

Todo comenzó con Kim Il-sung, quien después de la Segunda Guerra Mundial se hizo rápidamente con el control total de la parte de Corea ocupada por los soviéticos. Prácticamente creó un Estado arrodillado a sus pies, en el que todo el ordenamiento político, económico y social estaba moldeado por sus ideas estalinistas. Mediante la desconexión con el resto del mundo, la aniquilación de cualquier oposición y un enorme aparato propagandístico, Kim (como en muchas otras culturas asiáticas, el apellido va antes del nombre de pila) no tardó en imponer a los norcoreanos una visión divina de su persona. Luego de su muerte en 1994, la condición de “líder y deidad” pasó a manos de su hijo, Kim Jong-il. Todo indica que Kim Jong-un, nieto del fundador y actual gobernante, tomará la misma senda, unida con una peligrosa predilección por las armas nucleares que hoy da mucho de qué hablar.

Así, a lo largo de Corea del Norte abundan las estatuas colosales de los dos primeros miembros de la dinastía Kim, ante las cuales los ciudadanos están obligados a inclinarse y brindar ofrendas florales. Todas o casi todas las manifestaciones artísticas giran en torno a la adoración hacia este par de individuos. Sus obras y pensamiento son objeto de estricto estudio para todos los ciudadanos. Se ha dicho que incluso algunos les atribuyen poderes sobrenaturales, como controlar el clima. Al igual que en las sociedades en las que no hay distinción entre ley religiosa y ley civil, manifestar aunque sea un dejo de oposición a las reglas de este culto se castiga severamente. Corea del Norte es tal vez el único rincón del planeta donde todavía existen campos de concentración, donde los “renegados y apóstatas” son llevados para ser “reeducados”.

Entre estatuas, mausoleos y otros gestos de veneración, el Estado norcoreano ha gastado miles de millones de dólares. Todo un lujo en el contexto de un país lejos de ser próspero y que ha atravesado verdaderas calamidades económicas, como la hambruna de los años 90 en la que murieron cientos de miles de personas.

Luego de su muerte, a Kim Il-sung se le concedió el título de “Presidente Eterno de la República”. Como su hijo no se podía quedar atrás, lo nombraron “Secretario General Eterno del Partido” al morder el polvo. La verdad es que de eso a nuestro “comandante supremo y eterno” no hay mucho trecho.

A pesar de que existen amplias expresiones espontáneas de culto religioso enfocado en Chávez, no deja de ser cierto que las mismas son alentadas por el Gobierno, ¡con recursos del Estado! Es una práctica necesaria para Nicolás Maduro y los demás sucesores. Ninguno de ellos tiene el don para invocar devoción popular. La caída libre de la calidad de vida y la consiguiente pérdida de apoyo al oficialismo (comportamiento racional) los obliga a legitimarse con el recuerdo del finado (comportamiento irracional).

Pero eso no necesariamente dure para siempre, al menos no con la intensidad de la época dorada de la presidencia de Chávez. El Nacional publicó un trabajo de la periodista Marielba Núñez en el que expertos sugieren que el culto pierde adeptos debido a la magnitud de la crisis. Nietzsche decía que Dios ha muerto. ¿Pasará igual con la deidad de Sabaneta? Mientras la adoración hacia él siga siendo promovida por organismos públicos, los venezolanos cargaremos una cruz no tan bonita como la que le prenden desde el Ávila y mucho más pesada.

@AAAD25

Enviar Comentarios

Entradas relacionadas