Crisis, alimento para un populismo grande y fuerte por Alejandro Armas

Populismo

 

Como todos los lunes, el de esta semana el genial Claudio Nazoa  consiguió que comenzáramos con al menos unas sonrisas nuestros cada vez más duros ciclos de siete días (apagones en casa y la oficina, carreras y súplicas en Twitter para dar con los medicamentos para papá o la abuela, ojo pelado ante posibles hampones por todos lados y ¡ni un cafecito que ayude a prepararse para todo esto!). Lo hizo con su columna en El Nacional, que esta vez llevó por título “Trump, Chávez, Iglesias y Hitler”. Si no la leyeron, aún así pueden concluir solo con ese título que no se trata de un típico tema para la comedia. Esa es una especialidad de Claudio, como también del igualmente ilustre Laureano Márquez: hacernos reír con temas que a la vez son sumamente serios.

Yo no tengo esa envidiable facultad, pero de todas formas quisiera abordar aquel asunto desde una óptica diferente. A ver, ¿qué pueden tener en común un excéntrico millonario xenófobo y gritón, un joven que combina el estereotipo físico del comeflor con la politología más “ñangarosa”, el asesino de seis millones de judíos y nuestro propio caudillo tropical del siglo XXI? La respuesta es más sencilla de lo que pudiera pensarse: todos fueron o son populistas. Es decir, los cuatro se distinguen por una movilización de masas no  fundamentada en propuestas racionales y técnicas sobre lo que ellos consideran que es mejor para el bienestar colectivo, sino en una constante apelación a las emociones de la colectividad. Este tipo de dirigente no atrae seguidores con sus ideas, sino con las pasiones que despierta, algo muy peligroso en política.

Si los populistas se nutren de la carga emocional masiva, es lógico suponer que sus mejores momentos para emerger son las crisis nacionales. Son estas las que hacen aflorar las pasiones más fuertes de la sociedad: frustración, temor, angustia, rabia, etc. Ejemplos pueden verse todos los días aquí mismo. Las colas son un catalizador de comportamientos aborrecibles como golpizas por un kilo de pollo o, en el peor de los casos, saqueos.

Sea cual sea la causa de la desesperación, hay una tendencia, no siempre equivocada, a culpar por los padecimientos a la clase política tradicional. Entonces aparece el personaje antisistema, el que promete dar al traste con todo lo anterior y hacer lo que sea para pasar rápidamente de las penurias a la tranquilidad.

En conversaciones con familiares y amigos, la exclamación “¡Los gringos se volvieron locos!” se ha colado mucho últimamente, a propósito del fenómeno Trump. En efecto, el avance del magnate inmobiliario y de programas de televisión ha sido sorprendente, por no decir alarmante. Lo que a mediados del año pasado fue asumido como una payasada de mal gusto, hoy es un caminar que parece indetenible hacia la nominación republicana y, quizás, la Casa Blanca. Todo gracias en buena medida a una incendiaria retórica racista, discriminatoria de latinos y musulmanes, y una intolerancia absoluta a la crítica.

“Pero en Estados Unidos no hay una crisis económica severa”, dirán algunos. Cierto, pero hay un drama de otra naturaleza. Desde los años de transición de un milenio al otro, y sobre todo luego de la tragedia de yihadista del World Trade Center, los estadounidenses sufren una crisis de seguridad. A pesar de la polémica “war on terror” de Bush y los propios esfuerzos en esa dirección de Obama, el pueblo norteamericano, o al menos una considerable porción del mismo, siente que su Gobierno no hace suficiente por protegerlo del terrorismo islámico.

Este enemigo que pone en peligro la integridad física de los ciudadanos y su estilo de vida ya no es un comunismo lejano, contenido detrás del telón de acero y anulado militarmente en Cuba. Este es un enemigo que trasciende la noción territorial del Estado y hasta puede atacar desde adentro, luego de infiltrarse entre los que por años fueron considerados como los cordiales vecinos de la cuadra. La masacre de San Bernardino, en California, fue la más reciente expresión de esta realidad.

Esa es la crisis de la que se alimenta Trump, a la que él responde con planteamientos aberrantes como la prohibición de entrada al país de musulmanes. Y no es solo Estados Unidos. Todo o casi todo el Occidente desarrollado está atravesando una situación similar. Esta es una de las principales causas de que en Europa se vea un auge de movimientos xenofóbicos y fascistoides  sin precedentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El interminable flujo de inmigrantes que huye de las guerras en Oriente Medio y la carnicería de París perpetrada por el Estado Islámico complican el panorama.

En uno de los países europeos más ajenos a este problema, España, se vive una crisis política derivada a su vez de una económica. Al momento de redactar estas líneas, los partidos en el Congreso no han podido formar gobierno tras dos meses y medio de propuestas de alianza que se desmoronan inmediatamente después de las primeras negociaciones. Tal ha sido el resultado de unas elecciones generales en las que los dos partidos predominantes desde los años ochenta obtuvieron sus peores resultados.

El desempleo, los desalojos de hogares y otros factores no del todo superados de la debacle económica, combinados con escándalos de corrupción, han mermado severamente la aprobación del PP y el PSOE. Pero eso no ha sido suficiente para que los movimientos emergentes tomen la batuta. El más radical de todos, Podemos, abiertamente filochavista, se ha labrado un camino a partir del rechazo total al statu quo político y económico español, más promesas de un paraíso marxista. Con eso, su presidente Pablo Iglesias canalizó el apoyo de una colectividad cuyo nombre se deriva precisamente de una emoción: los indignados.

Los dos ejemplos descritos hasta ahora dejan claro que el populismo no es un factor endémico solamente en países pobres y subdesarrollados. En el “primer mundo” también puede ocurrir. Todo lo que hace falta es una crisis de la necesaria magnitud. Así es hoy y así fue antes. Veamos el caso de Alemania, vista por muchos a principios del siglo XX como la nación más culta y civilizada del planeta; un Edén para el florecimiento de la industria, las ciencias, la filosofía y las artes; la tierra de Goethe, Hegel, Brahms, Nietzsche, Planck y Einstein.

Pero la derrota en la Primera Guerra Mundial y la humillante paz de Versalles dejaron unas profundas heridas morales en el país. El imperio fue reemplazado por la frágil República de Weimar, constantemente asediada por extremistas de izquierda y derecha. Y justo cuando parecía que había superado todos los golpes y vería algo de calma, estalla la depresión económica mundial, que también a ella azota con dureza.

Otra vez angustiados e irritados, los alemanes se dejaron hipnotizar por un militar de bajo rango que no hacía mucho había salido de la cárcel, a donde lo mandaron luego de intentar un golpe de Estado en Munich. Se dirigió directamente al maltrecho orgullo patriótico germano con el compromiso de restaurar la gloria nacional, arrebatada en una guerra que la superior “raza aria” no hubiera perdido de no ser por la puñalada trasera que desde adentro de las propias fronteras infligieron ciertas “ratas disfrazadas de humanos”. De esa forma, aquella culta y civilizada Alemania le entregó todo el poder, entre aplausos, al responsable de uno de los genocidios más espantosos de la historia.

De vuelta a la patria, como diría Pérez Bonalde, sorprende la coincidencia en el origen de Hitler y Hugo Chávez: dos militares que pagaron condena por intentar tumbar sus respectivos gobiernos, a los que al poco tiempo llegaron con votos. Como el líder nazi, Chávez también aprovechó un momento de decadencia económica y descontento masivo con la dirigencia convencional. Ambos prometieron un mundo de maravillas que inicialmente pareció materializarse, pero que luego llevó a la tragedia.

Venezuela hoy vuelve a estar en crisis, una mucha peor que la que permitió al chavismo hacerse con el poder. Son tiempos que exigen mucho tino por parte de los líderes políticos. Si no aciertan, la avalancha de furia masiva los podría sepultar y poner las cosas en bandeja de plata para otro populista más. Ojalá no sea así. Prefiero que la alegría que nos brinda el señor Nazoa no sean un refugio ante tanto tormento, sino un complemento a otras razones para sonreír.

 

@AAAD25

 

Enviar Comentarios

Entradas relacionadas