¿Palabras que infunden terror? por Antonio José Monagas

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No siempre las realidades pueden interpretarse según sus apariencias. Aunque es sabido que las apariencias engañan, no todas son lo que su exterioridad permite inferir a primera vista. Al menos, hasta tanto un nombre o una palabra le endilgue el sentido que merecen. Es decir, la existencia de todo cuanto gira alrededor del ser humano en aras de su crecimiento, desarrollo, madurez y ocaso, adquiere razón, contenido, explicación y justificación, toda vez que su existencia se corresponde con un nombre o una palabra que dignifique su esencia y trascendencia. Su prestigio y fuerza es, precisamente, función de todo ello. O sea que nada escapa de la palabra, pues su significación es expresión de la denominación que califica todo aquello que exalta la vida del hombre en lo político, social y económico. Pero también, en lo cultural, emocional y espiritual.

 

El ejercicio de la política, se presta mucho para desvirtuar el significado de las ideas. Y por tanto, de las palabras. Justamente, es lo que alimenta al populismo debido a que su praxis se apoya en discursos para los cuales los compromisos, en tanto palabras sueltas y aventuradas, apenas alcanzan a verse y sentirse como tétricas aspirantes a una dignidad que sólo una concepción clara y precisa es capaz de situarla ante el firme camino hacia el logro esperado. De ahí que el populista se aprovecha de su torpeza al convertir la palabra en cualidad política para así jugar a la mediocridad con quienes, por cándidos, desinformados o ignorantes, se atraviesan en su raudo tránsito. Tránsito o ruta ésta, en donde hace de exterminador de esperanzas y usurpador de sueños.

 

La iracunda bulla de parlamentarios del oficialismo en las sesiones de la Asamblea Nacional, convocadas con propósitos institucionales, dada su condición de poder público con la autonomía que la Constitución le endosa en tanto que es uno de los principios que caracterizan al Estado de Derecho, es reveladora de problemas asociados a estas razones. Problemas que además dan cuenta del escabroso miedo que estos padecen al verse en la antesala de sus últimos escarceos legislativos.

 

Desde luego, ese temor o pavor que los tiene y mantiene aturdidos y casi impedidos de concatenar ideas que les permita estructurar una defensa políticamente hilvanada de los proyectos que, aunque torcidos, propugnaron en su momento, desenfocó por entero su visual de las realidades. Ahora, pretenden hacer parlamentarismo a gritos, al peor estilo chicharronero, de modo chabacano, a desdén de elementales normas de convivencia ciudadana y avenencia político-legislativa, al margen de valores que exalten respeto, tolerancia y educación moral y cívica, entre otros males no menos cuestionados que dejan pésimamente parado al país ante el resto del mundo.

 

El presidencialismo acostumbró a los representantes del partido de gobierno, a actuar con la alevosía y premeditación propia de cualquier pandillero cuando, por sentirse guapo y apoyado, amenazan a cualquiera valiéndose del carácter grosero, bravucón y soberbio que los caracteriza.

 

La causa que dio lugar a la primera discusión del proyecto de Ley de Amnistía y de Reconciliación Nacional, presentado por la bancada parlamentaria de la Unidad Democrática, fue ocasión para que los diputados del oficialismo volvieran a dar cuenta del talante marginal que es propio de quienes se valen del poder gubernamental para trastocar leyes. Incluso, la Constitución Nacional. Por todo lo que sus actitudes reflejan, pareciera que estos diputados, tanto como el resto de funcionarios en todo el país, se rigen por una normativa que desmerece de los principios y valores sobre los cuales se fundamenta el civismo, la convivencia ciudadana, la moralidad y la ética pública. De hecho, la malcriadez que demuestran cuando se consiguen con realidades que no se alinean con su altanería y petulancia, los enceguece y ensordece de cara a las verdades, necesidades y reclamos que la población o el país en general les hace.

 

El miedo que estos personajes viven al sentir que su final se acerca, los ha idiotizado tanto que reaccionan fuera del ámbito de racionalidad y de inteligencia, así como en contraposición con sentimientos y esperanzas de democracia y de libertades. O como dijera el presidente del Parlamento, Henry Ramos Allup, “(…) no podrán seguir sosteniéndose de espaldas a la realidad nacional ni que nos metan presos, ni que nos amenacen con fusiles, ni que nos atropellen (…)”. Quizás en ellos se desataron otros miedos. No sólo a la justicia que, en su momento, sabrá actuar contra decisiones que han mancillado la dignidad del venezolano, tanto como la seguridad y el desarrollo de la nación.

 

También a la palabra libre, por cuyo miedo, se han dedicado a gritar sandeces y estupideces sin posibilidad de articular razones por las cuales podrían haberse valido para alejarse de las debilidades que los oprime y los tiene asfixiados políticamente. Creían que insultando al adversario, justificaban su arremetida de torpeza e indecencia. Lejos de tal presunción, cada insulto que profieren se devuelve en su contra. Esta conducta hace que el país y el mundo entero adviertan que su revolución es simplemente el centro de gravedad del resentimiento que acompaña cada una de las ejecutorias asumidas durante el tiempo que va de siglo XXI. Tanto fue el miedo reflejado ese momento en la Asamblea Nacional, que el sonido que emana de la palabra “Amnistía” o de “Reconciliación”, y que entraña conceptos tan sublimes como vida, justicia, libertad y democracia, fueron para sus oídos expresiones incomprendidas dada su magnitud semántica en el contexto de la  dialéctica democrática. O acaso son para ellos ¿palabras que infunden terror?

 

@ajmonagas

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