Esa tristeza que somos por Gonzalo Himiob Santomé

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La frase la escuché de Naomi Tutu, hija del laureado Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz, ante la Asamblea Nacional. Hablaba ella de sus impresiones en estos días en los que visita nuestra nación, y de pronto nos soltó este disparo al alma: “…en Venezuela reconozco una tristeza que nos demuestra que Venezuela no es todo lo que podría llegar a ser…”.

 

Tal cual, y eso que somos, según algún desubicado, el “país más feliz del mundo”.

 

Los venezolanos estamos muy tristes, y se nos nota. Llevamos sobre los hombros cargas muy pesadas: La desazón que nos genera la inseguridad, la ansiedad que nos produce la inclemente escasez de alimentos y de medicinas, el agotamiento que nos causa luchar día a día por la supervivencia en un país en el que la moneda cada día vale menos, y por si fuera poco, también vivimos con miedo. Miedo a que un malandro nos desgracie la vida, miedo a enfermarnos y a morir de mengua y miedo a que un mal día, por alzar nuestra voz y quejarnos, al gobierno le dé por convertirnos en sus “enemigos” y nos haga dar con los huesos en la cárcel sin que tengamos posibilidad alguna de justicia verdadera. Le tenemos miedo al que camina detrás de nosotros, al policía que medio nos mira en cualquier calle y también al motorizado que se detiene a nuestro lado en una cola unos segundos más de lo normal. Le tenemos miedo a las noticias, a abrir cualquier periódico o a navegar por la red solo para recibir sin pausa, especialmente desde el poder, bofetadas e insultos descarados a nuestra inteligencia. Tememos ponerle punto final a la agonía marchándonos de aquí, pero también nos da mucho miedo quedarnos. No la tenemos fácil.

 

No hay peor cosa que asomarse al futuro con la indecisión y la prudencia con la que se atisba por el breve resquicio de una puerta entreabierta cuando no se sabe qué mal o qué ingrata sorpresa puede estar esperándonos al otro lado de ella. La incertidumbre permanente en la que estamos sumidos nos agota, pero también nos entristece.

 

Cada día un rumor distinto, una profecía o un  “dato” de “un amigo de alguien que es primo de alguien” en el poder, que nos pone en guardia, nos infla o nos desinfla de un golpe las esperanzas y nos mantiene en angustiosa alerta. En todo caso no se nos permite el reposo, todo nos roba la paz. Cada día una mala nueva, cada vez más cercana, nos quita el sosiego. Con cada paso el cuidado extremo, con cada palabra, un bozal preparado. Todo ello, es evidente, nos pasa factura. Nos acongoja pero a la vez, por momentos, nos paraliza, y nos confirma, como lo dijo Naomi, que parte del problema, quizás la parte más dolorosa, es que todo lo anterior, en contraste con lo que en nuestra más cruda esencia sabemos propio y luminoso, nos recuerda a cada minuto que estamos enajenados, “en ajeno”, tal como debe leerse, es decir, siendo lo que no somos, pero por encima todo sin ser ni poder ser, al menos por ahora, lo que podríamos llegar a ser. Es la consecuencia de habernos sometido tanto tiempo, más de diecisiete años ya, a la distorsión obligada, por las malas, de nuestra historia, de la imagen que nos devolvía el espejo cuando éramos país.

 

Pero no todo está perdido. Las palabras de Naomi no llegan a ser tan lapidarias. Ella misma nos dice que Venezuela no es, hoy por hoy, lo que todavía “puede llegar a ser”. No nos dice que la Venezuela que añoramos es un imposible, no nos dice que no somos “lo que ya nunca más podremos llegar a ser”. Por el contrario rescata, sobre todo tomando en cuenta los últimos acontecimientos, en los que los venezolanos le hemos plantado la cara a la represión sin miedo, dando pasos contundentes hacia el cambio necesario, nuestro sabor a posibilidad, a libertad y a futuro. Naomi también nos confirmó la esperanza.

 

¿O no es prueba de ello que por primera vez en muchos años en la Asamblea Nacional se escuche su voz, y la de Lech Walesa, y la de Óscar Arias, ambos ganadores del Premio Nobel de la Paz? Venezuela, definitivamente, ya es otra.

@HimiobSantome

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