Entendiendo a Trump (y a Sanders) por José De Bastos

DonaldTrump

 

David Axelrod, asesor principal de las dos exitosas campañas presidenciales de Barack Obama, lamentó recientemente en un artículo publicado en el New York Times no haber podido predecir el fenómeno de Donald Trump, y haberlo descartado como algo pasajero, al momento en que el multimillonario empezó a ganar popularidad.

Según Axelrod, Trump cumple uno de los requisitos que él mismo vio en Obama, y que considera le fue vital para ganar en 2008: ser diametralmente opuesto a su antecesor en la Casa Blanca.

Trump no sólo es lo opuesto a Obama, sino que es una figura poco o nunca antes vista en la política estadounidense. Cuando faltan pocas horas para que (finalmente) se emitan los primeros votos en las elecciones primarias, en el estado de Iowa, nadie espera una rápida desaparición del empresario. Por el contrario, buena parte del partido Republicano lo ve con altas posibilidades de ser el candidato a la elección general en noviembre.

A pesar de haber roto todas las reglas no escritas de las elecciones primarias, de atacar sin escrúpulos a quien se le atraviesa en el camino y de nunca pedir disculpas, Trump mantiene amplia ventaja en encuestas sobre intención de voto entre Republicanos a nivel nacional. Su actitud, vista por los expertos desde el inicio como una receta para el fracaso, ha sido la base de su popularidad.

Más allá de ideología y propuestas argumentadas, millones de estadounidenses están hartos de todo lo que tenga que ver con política tradicional. Están hartos del fracaso del Congreso, de las luchas partidistas, de las polémicas mediáticas, de los discursos preparados por asesores. Tal hartazgo llega desde la derecha, con Donald Trump y Ted Cruz como sus mayores emblemas, pero también desde la izquierda con Bernie Sanders. Mientras más se critique al “establishment”, mientras más se aparente ser revolucionario, más éxito parece conseguirse en esta elección.

Desde ambos extremos del espectro ideológico se tiene a un enemigo central, que se puede describir como ´la política de siempre´, habitual enemigo de los líderes populistas. Pero ese enemigo tiene características muy diferentes desde el lado que se le mire.

Para los seguidores de Trump, ese enemigo le quiere cambiar el rostro a Estados Unidos. Quiere hacer al país más oscuro, más hispanoparlante, menos cristiano, con menos armas. Sus seguidores añoran un pasado en el que presuntamente la vida era mejor. Un pasado en el que Estados Unidos era la potencia mundial dominante, en el que no existía lo ´políticamente correcto´ y en el que no se miraba mucho al resto del mundo, más allá de para saber cuáles países eran comunistas y cuáles eran aliados.

Aunque es exagerado tildar de abiertamente racista, xenófoba o misógina su campaña, está claro que en ese pasado que se sueña con reimponer no había demasiados derechos para los afroamericanos, ni para las mujeres ni para los homosexuales, y no había demasiados latinos, asiáticos o musulmanes en Estados Unidos. “Hacer a Estados Unidos grande otra vez”, como dice el lema de la campaña de Trump, es tener al pasado como horizonte, dándole la espalda a los cambios demográficos que, inevitablemente, está atravesando el país. Es darle la espalda también a la estrategia que el partido Republicano se intentó trazar tras la derrota en 2012, de abrirse a las minorías con las que Mitt Romney sufrió una derrota aplastante.

Para los seguidores de Bernie Sanders el enemigo es el “1%”. Desde el sector más izquierdista del partido Demócrata, Sanders busca crear una “revolución política” ya que el cambio (propuesto por Obama en 2008) no es suficiente para derrotar a los grandes intereses que presuntamente se han apoderado de Washington.

La campaña del Senador de Vermont ha sido más específica en políticas a implementar que la de Trump, pero se basa en el mismo sentimiento de rechazo: los políticos de siempre (como Hillary Clinton) no sirven para la lucha que el país debe dar en este momento. Sólo un ´outsider´ puede luchar contra Wall Street, contra los grandes bancos, contra los lobbys, contra la creciente desigualdad.

Curiosamente, los seguidores de Sanders son parecidos a los de Trump: personas de cierto nivel económico, en su gran mayoría blancos. Se parecen también en que han sido motivados por un discurso distinto y en que podrían no participar en las elecciones de noviembre de no estar su candidato en el tarjetón. En ambos casos también los respaldos políticos que han recibido han sido escasos: Ningún gobernador o Senador ha dado su respaldo a Trump o a Sanders y tan sólo dos miembros de la Cámara se han mostrado en favor de Sanders, de acuerdo al portal fivethirtyeight.com.

Todavía es muy temprano para saber si Trump o Sanders se impondrán en las elecciones internas de sus partidos. El Demócrata parece tener opciones de ganar en Iowa y New Hampshire, los dos primeros estados donde se celebran las primarias, pero está por debajo de Clinton a nivel nacional. Un triunfo en las dos primeras elecciones sería un notable impulso para el resto de la carrera. Trump, por su parte, sigue dominando a nivel nacional pero se tienen dudas sobre su fuerza organizativa. Una derrota en Iowa, en donde Ted Cruz le ha estado peleando la intención de voto, acabaría con su imagen de invencible, y podría reconducir el resto de la larga elección.

 

@JDeBastosH

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