¡Mi voto se respeta!, por Antonio José Monagas

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A decir por lo que vive Venezuela políticamente, las realidades se subvirtieron. Se extremaron. O se subordinaron a las contingencias. O sea, la teoría política clásica se vino abajo. Precisamente, ante lo que ha venido ocurriendo, pareciera que con los criterios de esta politología, las lecturas del discurrir político nacional no terminan de interpretarse con el rigor que el análisis político requiere. Esto obliga ha asirse de una nueva teoría política cuyos postulados, al mejor estilo bizarro, bien podrían ilustrar las contradicciones que están caracterizando las anormalidades que infortunadamente vive el país. No solamente, las que vienen suscitándose luego del fallecimiento de la persona de quien brotaron las ideas que revolcaron al país entre los despojos de la historia. También, de las que en un principio, desde la década de los noventa y que luego fueron exasperándose en razón geométrica hasta hoy, tuvieron como propósito descomponer y derrumbar la estructura funcional que sirvió de cimiento a la pausada y difícil tarea de edificar la democracia.

Profundas esperanzas se vieron surgir ante lo que, después de 17 años de soportar crudos golpes y traspiés como respuesta del perverso modelo político-económico que ha pretendido establecer el actual gobierno, constituyó el 6-D. Día en que mediante el voto popular, directo y secreto, se apostó a reconquistar la democracia. La atmósfera política nacional se vio inundada de bendiciones y plegarias para que el gobierno reconociera y aceptara su derrota. Y que las instituciones del Estado venezolano, volvieran al carril de un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, hasta entonces, duramente zarandeado. Incluso, esquivado.

Bastó que la derrota electoral fuera tan aplastante para el llamado Polo Patriótico, que con los días la ira se apoderó de los encumbrados que hablan permanentemente en nombre del gobierno revolucionario. Desde el presidente, pasando por altos funcionarios, adláteres y dirigentes del Psuv y del resto de partidos políticos arrimados al gobierno central, se expresaron contrariadamente ante la palabra empeñada y rubricada en documento presentado ante el Consejo Nacional Electoral días antes de las elecciones. Podría decirse que la decisión popular, los enardeció en extremo. Alguien se atrevió a calificarla como “cuando los demonios se desatan”. Sun embargo, la situación empeoró luego que la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional, tomara importantes decisiones. No sólo la del retiro de las imágenes del extinto presidente y del Bolívar de rasgos alterados (imágenes éstas cuya colocación obedeció a razones de abuso y de coacción ideológica). Igualmente, la ocasionada por la incorporación de los tres diputados representantes del estado Amazonas.

Estas decisiones, que irritaron al alto gobierno, simplemente pusieron al descubierto el desvelo gubernamental toda vez que se vio frente a su propia trampa política la cual podrá acarrearle graves problemas ante la justicia internacional. A pesar de ello, y del modo más desvergonzado, el régimen pasa por alto, o no habla de la determinación, abiertamente inconstitucional, tomada por la anterior directiva del Parlamento, momentos antes de espirar su período legislativo, de la forzada designación de los magistrados del TSJ. Asimismo,  de la violentada e inconstitucional creación del Parlamento Comunal.

Toda esta situación, si bien revela profundos reveses que exponen serias grietas en la concepción del Estado venezolano, tal como evidencian las pretensiones del régimen socialista, también es demostrativa del equivocado manejo del concepto de “soberanía nacional”. Más, si el mismo está vinculado a la significación de “autonomía política” cuya praxis se da alrededor de las libertades que concurren entre los llamados “derechos fundamentales”. De manera que no hay discusión más pertinente y necesaria, que la que debe producirse ante la intención de esquivar los contenidos que establece la Constitución Nacional, cuando de valores políticos, y de principios, derechos y garantías que amparan el bienestar de la sociedad, el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad y actos que afiancen su proyecto de vida, se trata. Y estas manifestaciones de democracia, se hallan enunciadas y exaltadas en la expresión del voto.

Por eso, cuando se percibe y observa al gobierno central intentado enrarecer desquiciadamente el ejercicio de la política por propia avaricia, a través de enmarañadas y violentas decisiones que han contaminado las emociones, ideas y actitudes del venezolano, sólo se piensa en reclamar y protestar cualquier insinuación que cercene el derecho mediante el cual el ciudadano es protagonista de los cambios posibles y necesarios que clama la nación de cara al fuuturo. Por eso, hay que gritar con fuerza de conciencia, blandiendo el tricolor de la bandera: ¡Mi voto se respeta!

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