Un largo viaje al día en que todo esto comenzó #6D - Runrun

Un largo viaje al día en que todo esto comenzó #6D

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Hoy, hace 20 años, el fallecido mandatario Hugo Chávez Frías ganó la primera de las cuatro veces que se midió en una contienda presidencial venezolana.

Henrique Salas Römer, Luis Alfonso Dávila, Lucy Gómez y Nelson Bocaranda Sardi fueron testigos privilegiados del inicio de una herida que ya lleva 20 años.

 

Henrique Salas Römer, contendor de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales del 6D 1998

Chávez ganó y Venezuela perdió

El exgobernador de Carabobo y excandidato presidencial dice que los mismos que propiciaron la salida de Carlos Andrés Pérez buscaron asociarlo a Acción Democrática en la recta final de la campaña para favorecer a Chávez.

El dia 6 la asonada se oficializó.
Las referencias partidistas tradicionales estaban agotadas. Un año antes sin intención de ofensa lo habíamos afirmado: “Después de Caldera, Venezuela va a ser como un ejército en desbandada”. Con esa frase tituló mi entrevista El Nacional.

 

En las presidenciales del 6 de diciembre de 1998 dos procesos de renovación compitieron. Lo demás fue adorno. Yo encabezaba la plataforma de la descentralización y el empoderamiento ciudadano, y Hugo Chávez, cuyo único antecedente era un alzamiento militar, propiciaba un modelo evidentemente autoritario y centralista. Los partidos realmente no contaban.

En mi comando de campaña nos sentíamos muy seguros. Tanto, que habíamos anunciado públicamente la fecha en que las líneas cruzarían y en efecto se cruzaron. El 31 de octubre de 1998, la candidatura de Hugo Chávez había perdido ímpetu y mi candidatura lo había alcanzado. Varias encuestas recogieron la información, pero se la guardaron. Solo los números de Datos se dieron a conocer… y un poco tarde.

Nuestra seguridad nacía de estudios mantenidos en secreto según los cuales 71% de los votantes pensaba que mi gobierno había sido el mejor del país, y de extensas pruebas de campo que demostraban que, al asociar mi nombre con mi gestión, los números se dispararían. En los primeros días de septiembre salieron al aire las primeras cuñas, y lo previsto ocurrió.

Fue allí cuando la emboscada fue hundida.

Carlos Andrés Pérez había sido defenestrado en 1993 por desmontar el estado populista nacido de “La Gran Venezuela”. Con tanto odio lo derrocaron que, no contentos con destituirlo, lo remitieron a prisión. Cinco años más tarde la historia se repetiría, pero de distinta manera. Al colapsar las candidaturas de los dos grandes partidos, con igual o peor saña cerraron filas con Hugo Chávez para derrotar la renovación.

Conocían el sentimiento anti-adeco que prevalecía, sobre todo en la clase media, y de allí la feroz campaña mediática dirigida a asociarme con Acción Democrática, partido al que yo varias veces había derrotado. La entrevista final que me hizo Alfredo Peña sirvió de colofón.

Mis palabras en el Ateneo de Caracas, aquellas que me dieron inmerecida fama de profeta, se produjeron cuando de ser seguro ganador, yo había pasado a un lejano segundo lugar.

La rabia anti-adeca se había impuesto a la razón, y tal como lo previeron los conjurados, los votos se volcaron hacia quien ofrecía “freírle la cabeza a los adecos”.
El 6 de diciembre la conjura triunfó.

De allí, mis palabras al reconocer la victoria del adversario: “A veces se pierde ganando… y a veces se gana perdiendo”. Lo dije sonriente pero profundamente preocupado porque ese día Chávez ganó y Venezuela perdió.

 

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Luis Alfonso Dávila, jefe de campaña de Chávez, exsenador y expresidente del Congreso, exministro de Relaciones interiores y de Relaciones exteriores

Un tal 6 de diciembre

El militar retirado y político recuerda que la noche antes de las elecciones corrió el rumor de que habría un fraude a través de CANTV. Gustavo Roosen, entonces presidente de la empresa, le permitió al comando de campaña de Hugo Chávez acceso a las instalaciones y que dos ingenieros supervisaran la transmisión de datos.

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”
Albert Camus

Un día de 1994, ya retirado del ejército, recibí en mi casa en el Tigre, Edo. Anzoátegui, la visita de Hugo Chávez Frías recién salido de la cárcel. Me propuso, en aquel momento, que le ayudara para lograr a través de un proceso constituyente, la transformación de Venezuela. Yo había sido su antiguo jefe en el año 1987 mientras estuve encargado de fundar y comandar la X Brigada de Caballería en el Estado Apure. A su requerimiento, días después, le exprese por escrito -carta que conservo- que podía contar con mi ayuda, si de lo que se trataba, era de lograr lo establecido en el Preámbulo de la Constitución de 1961.
En aquel entonces dos corrientes disímiles apoyaron a Chávez: una de militares y otra de “revolucionarios” o “aventureros”. Estos últimos se decían herederos de quienes sostuvieron la lucha armada en la década de los años 60 y 70.
Estas dos corrientes se diferenciaban entre sí. Había quienes aspiraban a tomar el poder por las armas y estaban también quienes pensábamos en una salida electoral y democrática. Luego de haber sufrido múltiples zancadillas, triunfó esta última tesis. Nuestra propuesta se sustentaba en el creciente apoyo que Hugo Chávez Frías venía alcanzando en diferentes regiones, así como en diferentes círculos sociales de Venezuela. Encuestas realizadas en los sectores más humildes del país reflejaban un 60% de apoyo a la opción representada por él.

 

 

 

 

 

 

A principio de 1998 Chávez designa su Comando de Campaña; inicialmente, nombra al general Alberto Müller Rojas como jefe, a Luis Miquelena como jefe de finanzas y a mí como jefe de operaciones. Una semana después, destituye al general Müller y me designa como jefe de campaña y a Ernesto Alvarenga como mi colaborador inmediato.
Hoy, a 20 años de aquella gestión puedo asegurar:

1.- No percibí de las finanzas de la campaña un solo bolívar para desarrollar mi responsabilidad.

2.- Se cubrió en ese lapso toda Venezuela con excepción del estado Amazonas.

3.- A finales de noviembre de 1998 obtuve información de que se gestaba un golpe para desconocer los resultados electorales. La maniobra consistía en cambiar los resultados de los votos manuales que se transmitían al otrora Consejo Supremo Electoral a través de un nodo de comunicaciones de CANTV. Y así, una vez proclamados los resultados manipulados de esa manera, saldría a la calle el Ejército y se consumaría el golpe.

4.- Por lo tanto, convoque a una reunión de urgencia el día 5 de diciembre de 1998 a las 8:00 pm al doctor Jorge Dugarte Contreras, quien era uno de los directores del CSE y al doctor. Roberto Chang Motta, persona de amplio conocimiento del referido consejo y les puse en conocimiento de la información. Chang Motta inmediatamente se comunicó vía telefónica con Gustavo Roosen, entonces presidente de CANTV, a quien puso en antecedentes de la preocupación que yo le había comunicado.

5.- De inmediato Roosen, ante esta situación, en el mismo momento, hablo conmigo. Le propuse que me permitiera poner en la CANTV a dos personas de mi máxima confianza a partir de la madrugada del día 6 de diciembre o, caso contrario, yo estaría obligado a trasladar un tribunal a la CANTV.

6.-El doctor Roosen, diligentemente y de la mejor manera, autorizó para que en aquel lugar donde convergían la recepción de todos los votos manuales, antes de ser transmitidos al CSE, estuvieran presentes un ingeniero Electrónico y un ingeniero de Sistemas que yo había designado con el fin de impedir cualquier alteración en la transmisión

7.- Concluida la jornada del 6D, a eso de las 7:00 pm y habiendo sido aceptados los resultados expresados libremente por los ciudadanos que participamos en dicha votación, fue proclamado ganador Hugo Chávez Frías. Su contendor, Henrique Salas Romer, reconoció sin objeción dichos resultados. Fui testigo de excepción de esta circunstancia.
El proceso previo y los resultados de aquella elección del 6 de diciembre de 1998 colocaron a Venezuela, a sus habitantes, a sus instituciones republicanas y democráticas, a sus riquezas, también a su porvenir, ante dos “cajas de Pandora”.

Impedimos a tiempo la apertura de aquella “caja” que proponían abrir quienes habían planificado, a través del frustrado golpe, desconocer los resultados que recogían la voluntad mayoritaria y limpiamente expresada por los venezolanos. Al respecto, me manifestó hace algún tiempo Asdrúbal Aguiar, en aquel entonces ministro del Interior, del presidente Rafael Caldera, que se “entregaría el gobierno, aun en contra de Rojas Pérez, militar yerno de Caldera”.
La otra “caja de Pandora” que abrimos fue el inicio de una hecatombe que aún se mantiene y se incrementa. A Chávez Frías se le dio el más amplio poder, una nueva Constitución, nuevas leyes, infinitos recursos; no hay razón alguna que sirva para lograr entender cómo, hasta qué punto y con cuál objeto, se haya podido defraudar a toda una Nación, se haya atentado contra su población, contra su historia, contra su credibilidad, contra su porvenir.
Hoy, a 20 años de esa elección, cobra vigencia el pensamiento de Albert Camus que encabeza este resumido recuento.
Han salido de la caja de Pandora abierta casi todos los males que puede aquejar a un país.
Queda la esperanza.

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Lucy Gómez, jefa de Política del diario El Nacional para el 6D de 1998

La recepción

La periodista recuerda haber sentido frustración por “la embriaguez” de los seguidores de Chávez, tanto en las calles como en el diario en el que trabajaba

Ese día bajé desde la plaza O’Leary, donde se iba reuniendo la gente que venía caminando con banderas rojas, cantando feliz porque había ganado “el comandante”. Llegaban de los cerros que bordean el centro. Yo iba al periódico a recibirlo. Hugo Chávez visitaba la redacción y se suponía que tenía que organizar una mesa con mis reporteros de la sección de Política para hacerle preguntas.

Nada más caminar por las calles que llegaban a El Nacional encontré también muchos en la acera esperando saludarlo, con lacitos rojos, banderas rojas, mirando nerviosamente hacia arriba, por donde se suponía que bajaría a pie.

En la redacción, los jefes de información, periodistas y fotógrafos formaron dos columnas a los lados de la entrada para recibirlo. Llegó con su vozarrón, su sonrisa y sus maneras bruscas de militarote. Muchos de los presentes llevaban un lacito rojo en el traje.

¿Que si yo llevaba lacito? Pues no. ¿Que si hicimos las preguntas que eran? Pues tampoco. Todo el mundo (directivos, jefes de página, aunque no tuvieran nada que ver con la política) quería lucirse haciendo preguntas amables para que las bateara “el comandante”; coparon la mesa en donde apenas si había reporteros y estuvieron horas mirándolo a los ojos, algunos y algunas realmente hechizados. Eso pasa. Ese día, los periodistas que cubrían la campaña y yo, volvimos a casa decepcionados, sin poder preguntar lo que pensábamos que era la noticia. Estaba medio frustrada.

No sería la primera vez. Era el comienzo de una larga luna de miel.

La gente en la calle, borracha de ilusión, tardaría muchos años más que los periodistas en despertar a golpes. Mientras llegaba a casa, seguían bailando, cantando y tomando, celebrando porque habían “ llegado al poder” y “ los ricos iban a dejar de robar”.

Nelson Bocaranda Sardi, periodista y columnista de los Runrunes

¡GANÓ CHÁVEZ!:

El hombre emblema de la prensa de Venevisión presenció la “fiesta electoral de Chávez” en el canal de los Cisneros y conoció la resistencia de su jefe, Óscar Yánez, quien pidió transmitir la noche antes de las elecciones un documental sobre Hitler, como una alerta que pocos reconocieron a tiempo.

¡Recuerdo aquella noche en Venevisión! Cuando apenas me dijeron que Chávez era el ganador se lo comenté a Gilberto Correa que estaba junto a mí, fuera del aire, mientras los reporteros entrevistaban desde la calle a otros dirigentes políticos, y de inmediato saltó al escenario a decirlo primero. Ambos teníamos el piso para dar la información esa noche: Gilberto era el emblema de los espectáculos y yo el de prensa. Siempre esa noche era todo un show periodístico y político.
Sin embargo, la fiesta electoral de Chávez había comenzado mucho antes, no solo en el canal sino también en otros medios de comunicación que eufóricos celebraban todo lo que Chávez decía en su campaña. Ejemplo notable fue El Nacional, que con el periodista Alfredo Peña estaba más que cerca del teniente coronel. Peña tenía además un programa en Venevisión, “Conversaciones”, donde la última noche de campaña había fustigado sin misericordia al candidato Henrique Salas Römer, mientras creaba las mejores expectativas sobre el militar que iba a combatir la corrupción y a llevar los destinos del país hacia mejores tiempos. Tanto se acercó al candidato que al ganar la presidencia lo nombró su ministro de Secretaría en Miraflores y a la entonces esposa de Miguel Henrique Otero, la directora ejecutiva del Ateneo de Caracas, Carmen Ramia, como su primera directora de la OCI, Oficina Central de Información, que luego devendría en el ministerio de Información.
Ramia duró poco al discrepar con Chávez sobre los fondos que el mandatario quería repartir a diarios amigos que le habían dado espacio en su campaña. Los Otero, Miguel y su madre María Teresa Castillo, le habían prestado la sede del Ateneo de Caracas para las ruedas de prensa y convocatorias de Chávez. El paracaidista electo, de la misma forma que hizo con otros que lo habían ayudado cuando era un “pata en el suelo”, le quitó el comodato del Ateneo y su edificio en 2009 para instalar la Universidad de las Artes que, como todo lo que han expropiado, está “debidamente en el suelo”. Así pagaba Hugo, me dijo uno que hoy está en el “chavismo crítico”.
Volviendo al fin de semana del triunfo rojo, la noche del sábado mi jefe en Venevisión, Oscar Yanes, me pidió presentara a las 10:00 pm del sábado 5 de diciembre de 1998 un documental de una hora de duración sobre Adolf Hitler y “cómo había engañado al pueblo alemán haciéndose pasar como un angelito. Ese Chávez es igualito, lo verás con el tiempo”. Palabras premonitorias de “Chivo Negro”, el sobrenombre que tenía Oscar desde los tiempos que dirigió Últimas Noticias. Oscar lo había llevado dos veces a “La Silla Caliente” el programa especial para la época electoral. Venevisión siempre fue el centro de información más completo de todas las elecciones desde 1963. Primero Don Diego Cisneros, y luego Gustavo su hijo, eran los anfitriones con todo el staff del canal y de la Organización Diego Cisneros y PepsiCola. El país político y empresarial desfilaba por el canal donde disfrutaban de muy buenos canapés rociados con escocés y seguían en directo las elecciones y sus resultados.
Además, todos los visitantes eran entrevistados en vivo emitiendo sus opiniones. El triunfo del militar no había sorprendido pues todas las encuestas así lo señalaban. La empresa española INDRA, contratada por primera vez por el Consejo Supremo Electoral (hoy Consejo Nacional Electoral), había dispuesto la maquinaria. Sin embargo, los temores del país comenzaban a despertar. Esa misma noche Venevisión lo proclamó presidente -con poco disimulo- minutos antes de que el CSE lo anunciara. Era la costumbre. Luego del anuncio oficial se puso al aire la “Galería de presidentes electos por el voto en Venezuela” y el mapa en colores de los resultados de los partidos que era un clásico electoral en el canal. Chávez apareció en una transmisión desde el Ateneo de Caracas donde llamó a la unidad, a mejorar la democracia y a ofrecerle el cielo a los pobres al tiempo que anunciaba no haría ninguna expropiación ni de tierras ni de negocios o industrias.
Recuerdo sus palabras: “Llamo a mis compatriotas a no tener miedo. No voy a instalar una dictadura tipo cubano o comunista en Venezuela. Eso está muy lejos de la verdad. Los hechos demostrarán que todo eso es mentira”. Eso lo declaró poco después conocer la victoria. Se cerraba así el ciclo de 40 años de la democracia venezolana en manos de dos partidos democráticos: Acción Democrática y Copei y, los últimos cinco años con Rafael Caldera II tras aliarse con el llamado “chiripero”, un grupo de pequeños partidos de todo pelaje, desde la izquierda hasta la derecha. El “proceso” ya lleva 20 años, la mitad exacta de lo que duró la mal llamada Cuarta República.

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