La enfermedad mental y la escasez convergen en una realidad dantesca en Venezuela

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Mario Simeone y Evelin, su esposa, en su hogar de Maracay junto a sus hijos, Gerardo y Accel, que sufren de esquizofrenia. En Venezuela hay una grave escasez de medicamentos para los pacientes psiquiátricos y Accel escucha voces que le piden que asesine a su hermano.

FOTO: Meridith Kohut para The New York Times

 

 Nicholas Casey

 The New York Times

 

Las voces que atormentaban a Accel Simeone eran cada vez más fuertes.

Con los últimos suministros de medicamentos antipsicóticos en Venezuela casi por acabarse, Accel tenía semanas sin tomar las pastillas que controlan su esquizofrenia.

Su realidad se desintegraba, día tras día. Pronto los ruidos en su cabeza se convirtieron en personas, con nombres propios. Esos personajes fueron creciendo y multiplicándose hasta desplazar a su familia. Le gritaban obscenidades al oído.

Luego le exigieron que matara a su hermano.

“Yo no quería hacerlo”, recordó Accel, de 25 años.

Entonces fue al garaje de la familia, tomó una amoladora eléctrica y la encendió. Pero, en vez de matar a su hermano, se atacó a sí mismo y empezó a cortarse el brazo hasta que su padre le arrancó la herramienta de sus manos ensangrentadas.

El colapso económico de Venezuela ha diezmado su sistema de salud al dejar a los hospitales sin antibióticos, a los cirujanos sin guantes y al provocar el fallecimiento de muchos pacientes que llegan a las salas de emergencias.

Ahora, miles de personas con problemas de salud mental están a la deriva viviendo momentos de desesperación y episodios psicóticos porque el país se ha quedado sin la gran mayoría de los medicamentos psiquiátricos. Las familias y los hospitales no tienen insumos para poder ayudarlos, dicen los expertos en temas de salud.

Las instituciones mentales han decidido dar de alta o rechazar a miles de pacientes psiquiátricos porque ya no pueden tratarlos. Los que todavía reciben atención médica están recluidos en centros donde apenas pueden alimentarlos. Los médicos y enfermeras temen ataques violentos y dicen que no les queda más remedio que atar a sus pacientes, encerrarlos o quitarles las ropa para prevenir los suicidios.

En la ciudad de Barquisimeto, las escenas en el Hospital Psiquiátrico El Pampero son de terror.

La escasez de alimentos convirtió a un hombre esquizofrénico en un esqueleto descarnado que recuerda a las imágenes de los prisioneros en los campos de concentración. Un hombre epiléptico, que desde hace tiempo no recibe sus medicamentos, sufre agitadas convulsiones, mientras que otro paciente sin tratamiento está amarrado a su cama. Una mujer mayor, también esquizofrénica, se arrastraba por el suelo y más allá un paciente hambriento se comía una fruta que se había caído en un charco de aguas negras.

Los médicos afirman que la mayoría de los pacientes viven con sus familiares, como es el caso de los Simeone. En esa familia deben turnarse para ir a trabajar y velar por sus seres queridos. Sus vidas transcurren en la desesperada búsqueda de medicamentos que cada vez son más escasos, mientras esperan que sus familiares no se hagan daño ni perjudiquen a otros.

“Cuando escuché que podía tratar de lastimar a su hermano, me quebré”, dijo Evelin de Simeone, la madre de Accel, al recordar el episodio de junio cuando su hijo agarró la amoladora.

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Raúl Martínez, un paciente esquizofrénico que no tiene la dosis necesaria de sus medicamentos, estaba amarrado en su cama del Hospital Psiquiátrico El Pampero, en Barquisimeto, para evitar que se hiciera daño.

FOTO: Meridith Kohut para The New York Times

 

enezuela es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo y en el pasado produjo la mayor parte de los fármacos que su población necesitaba. En la década de 2000, el expresidente Hugo Chávez inició una amplia nacionalización de los fabricantes de medicamentos en un esfuerzo por producir fármacos más baratos. Empresas extranjeras como Pfizer y Eli Lilly también subsanaban la producción nacional.

Pero los precios del petróleo se desplomaron. El gobierno comenzó a quedarse sin divisas, por lo que no pudo importar las materias primas necesarias para que las fábricas estatales pudieran continuar con el suministro de medicinas a los hospitales venezolanos. Las farmacéuticas extranjeras dejaron de enviar fármacos porque el gobierno dejó de cancelar sus deudas.

Como consecuencia, alrededor del 85 por ciento de los medicamentos psiquiátricos no se encuentran en Venezuela, según los datos que maneja una de las cadenas farmacéuticas más grandes del país.

“Las cosas más elementales no se encuentran”, dijo Robert Lespinasse, expresidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría. “Eso genera mucha impotencia”.

La falta de medicamentos se ha convertido en tragedia. El 30 de junio, Yolanda Sayago, una paciente de 63 años que sufría de depresión severa, subió a la novena planta del Hospital Central de la ciudad de San Cristóbal, en Táchira. Sus últimos momentos fueron grabados en un video que ahora circula en YouTube: allí puede verse a la paciente mirando hacia abajo, luego se inclina hacia delante y, con los brazos abiertos, salta.

Había pasado meses sin encontrar antidepresivos, dijo Jesús Guillén, su hijo de 43 años, que trabaja para la compañía estatal de electricidad. Dijo que su madre tuvo una recaída depresiva que la empujó al suicidio.

“Ella siempre estaba diciendo que aquí era imposible encontrar los medicamentos”, dijo Guillén.

Debido a la escasez, las instituciones mentales solo atienden a una pequeña parte de los pacientes que tenían. En 2013 había 23.630 pacientes psiquiátricos en los hospitales públicos, pero el año pasado la cifra descendió a 5558, según un informe del Ministerio de Salud.

El gobierno venezolano niega las fallas de sus hospitales y ha rechazado varios ofrecimientos de ayuda médica internacional.

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