Venezolanos fuera de casa: La costosa aventura de vivir en Panamá

 

Mariángela Velásquez

@EsResonante 

 

Hay un dejo de tristeza en la mirada de Agustino Bianco que lo acompaña adonde quiera que va. Es un hombre de pocas palabras, de esos que prefieren permanecer callado en las reuniones del colegio donde estudian sus hijas de 8 y 14 años. Las camisas le quedan cada vez más holgadas pero aún su delgadez no es extrema. No es posible dilucidar si está comiendo poco o es de los que rebaja varios kilos de un tirón cuando la preocupación lo arropa. En el caso de Bianco, ambas cosas son probables.

Bianco se mudó a Panamá por una oportunidad profesional. La empresa de tuberías industriales donde trabajaba de gerente de ventas cerró operaciones en Valencia, estado Carabobo, con la intención de arrancar de cero en Centroamérica.

La firma le tramitó su residencia como profesional extranjero con su respectivo permiso de trabajo. Pero cuando todo estaba listo para arrancar, los dueños firmaron un nuevo contrato con el gobierno venezolano y dejaron “guindando” a los ingenieros “trasladados”. La solución que le ofrecieron a Bianco fue reengancharlo en Venezuela con salario de vendedor raso sin rango gerencial.

Como ya había entregado el apartamento donde vía alquilado en Venezuela, Bianco decidió abrirse paso por su cuenta en la capital panameña sin amigos y con muy pocos ahorros.

“Ha sido muy duro salir adelante”, cuenta el valenciano de padre italiano. El presupuesto que calculó inicialmente para mantener a su esposa y dos hijas distó mucho de la cantidad de dólares que en realidad necesitaba. En pocos meses, no tuvo otra alternativa que mudarse de un cómodo apartamento amueblado en una de las avenidas más transitadas de la capital a un pequeño estudio a 40 kilómetros de la ciudad.

Los cuatro integrantes de la familia Bianco ya llevan un año en el pequeño apartamento sin muebles. Lo único que tienen son dos colchones inflables y los artículos personales que guardan en sus maletas.

Y si bien es cierto que Panamá tiene el mayor crecimiento económico de América Latina, con un PIB de 5,8 por ciento en 2015, su capital también es una de las urbes más costosas de la región.

Según la publicación digital Encuentra 24, el precio promedio de un apartamento sin amueblar de 70 metros cuadrados en una avenida comercial, con acceso a transporte público como Vía Porras, oscila entre 900 y 1.200 dólares mensuales.

En las ciudades dormitorios de Arraiján o Tocumen, los precios pueden bajar hasta los 400 dólares, pero los embotellamientos en las horas picos son exasperantes y la gasolina carísima. Con un precio que ronda los 0,79 centavos de dólar por litro, llenar un tanque puede costar hasta 30 dólares.

Para los Bianco vivir fuera de la ciudad ha sido una prueba de fuego. Tienen que despertar a sus niñas a las 4:30 para que lleguen al colegio a las 7:00 y ellos a las 8:00 a la oficina. Además de desembolsar 250 dólares mensuales de gasolina.

Laura Díaz, la esposa de Agustino, ha llorado mucho en los 18 meses que tienen viviendo en Panamá. Hija de padres canarios, Díaz creció en una familia de clase media en San Fernando de Apure. Y aunque no abundaban los lujos, tampoco supo de privaciones hasta el día que decidió mudarse al extranjero.

Ella no extraña los estrenos ni la peluquería, pero le duele no tener dinero para pagar todos los útiles del colegio y una alimentación balanceada para sus hijas. Le parece una ironía que en Venezuela tenía plata y no encontraba lo que quería. Y en Panamá consigue de todo, pero tiene que conformarse con mirar lo que quiere a la distancia, desde el lado de afuera de la vitrina.

“Si pudiera devolver el tiempo y comenzar de cero, averiguaría muy bien cuáles son los oficios y las carreras que puedes desarrollar. Nosotros nos dedicamos a las ventas, y nos vinimos pensando que esto era un paraíso. No conocíamos cómo se maneja la parte comercial, cómo se vende, cómo son las comisiones, cómo son los salarios”, expresó Díaz.

“Pienso que muchos venezolanos nos venimos y decimos: allá resolvemos, si en Venezuela hemos vivido todo lo que hemos vivido, allá hacemos lo que sea, empezando de cero, y resulta que no es tan sencillo. Panamá es un país que te pone muchas limitaciones para ejercer muchas profesiones. Hemos evaluado irnos a España porque yo soy española y allí al día siguiente tengo cédula. Aquí tengo que gastar mucho dinero. Todas las carreras están protegidas”.

Díaz se refiere a los llamados “certificados de idoneidad profesional” exigidos por la ley para ejercer una larga lista de carreras como la medicina, odontología, derecho, psicología, ingeniería, arquitectura, contaduría, periodismo.

Para optar por la idoneidad es indispensable recorrer un largo camino, invertir unos 3 mil dólares y reunir muchos requisitos para alcanzar el primer objetivo, que es una residencia permanente. Si logras ser residente, y aún deseas ejercer una profesión protegida, debes naturalizarte panameño, para lo cual debes vivir en el país durante 5 años y renunciar a tu nacionalidad de origen.

La apureña recomienda sacar bien las cuentas si decides mudarte a Panamá con toda la familia “porque con hijos la cosa es mucho más difícil”. Cree que es necesario venir con ahorros para tener una base para arrancar y tener mucha cautela a la hora de gastar durante los primeros meses del proceso migratorio.

“Más allá de muchos errores que cometimos que hoy no cometería, pienso que no escogería Panamá. Como hija de española, Europa sería mi opción. La legalidad es muy importante. Y aquí es muy caro sacar la documentación. Pero cuando vemos la situación que se vive en Venezuela sentimos que para atrás no hay regreso. Creo que no nos vamos a quedar aquí, pero a Venezuela no regresamos”.

 

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El resteado

El fin de una relación amorosa fue el último empujón que necesitó Roberto Fuentes para cortar las amarras con Venezuela y probar suerte en otro lugar. La idea de emigrar hacia Estados Unidos le había rondando la cabeza desde la adolescencia pero pasaron los años y nunca logró materializar ese proyecto.

A los 37 años, luego del sacudón emocional de su divorcio, a Fuentes le pareció poco factible alcanzar el preciado sueño americano y lo cambió por otro que parecía más tangible: Panamá. Las ventajas de un país con una economía pujante y una política migratoria que para ese momento era de puertas abiertas le atrajeron de inmediato.

Al magnetismo de un país dolarizado, se sumó a la facilidad de seguir hablando español, la cercanía geográfica para regresar de visita, pero al mismo tiempo mantener a raya el guayabo, y un clima cálido que evitaría innecesarias inversiones en abrigos y pasar el frío parejo durante el invierno.

Fuentes ya había comenzado su camino migratorio dentro de Venezuela, cuando se mudó de Caracas hacia Maturín, estado Monagas, donde era el encargado de una cadena local de supermercados.

Pero en el interior nunca consiguió la tranquilidad que anhelaba al salir de la capital. “Me robaron más veces de lo que puedo recordar. Me quitaron dos motos, un carro, me llegaron varias veces los malandros para que abriera la bóveda. Siempre con pistolas. Siempre fueron robos a mano armada. Uno se acostumbra a que la vida no vale nada”, dice.

Cuenta que en Panamá las cosas no resultaron exactamente color de rosa. “Las cosas han cambiado mucho en los últimos 5 años. Ya no es tan fácil sacar los papeles ni conseguir trabajo y los precios se han disparado”.

Pero desde que se mudó al Istmo nunca ha estado parado. Primero aprovechó sus conocimientos de montañismo y su buena condición física para trabajar limpiando ventanales en los lujosos edificios del distrito financiero de Ciudad de Panamá. Se lanzaba a rapel desde la azotea y pasaba su jornada laboral eliminando la mugre de los cristales, amarrado a la vida con un arnés y una soga.

Ahora intenta abrirse camino por su cuenta manteniendo equipos de refrigeración, aunque no es un área nueva para él.

“Con todo y lo difícil que ha sido no me arrepiento de haber venido. Las veces que he regresado ya no me hallo allá. Aquí estoy más tranquilo y siento que sigue habiendo oportunidades. Bueno, eso es por ahora, porque las cosas podrían cambiar aquí también”, cuenta Fuentes con un poco de preocupación.

Escape de la esclavitud

A Leandro Herrera, de 26 años, lo convenció un conocido de probar suerte en Panamá trabajando en un negocio de servicio técnico de artefactos electrónicos. El amigo puso el capital para montar una tienda en El Dorado, zona donde se concentra la población de origen chino, y Herrera aportaba su mano de obra para atender a los clientes y poner el proyecto en marcha.

El arreglo también contemplaba que compartirían un apartamento que inicialmente financiaría su conocido, pero que pagarían entre todos tan pronto como la empresa comenzara a dar dividendos.

El local nunca dio los resultados esperados para el comerciante venezolano, aunque los conocedores del mercado local saben que los márgenes de ganancia son estrechos y que se necesita un mínimo de 4 años para comenzar a verle el queso a la tostada.

Herrera trabajaba 10 horas diarias, de lunes a lunes, sin percibir remuneración alguna. Y, al final, su benefactor pasó a ser un acreedor porque no le pagaba un sueldo pero sí le cobraba renta, servicios y comida.

La cuenta que sacó el presunto empresario era la siguiente: la habitación amueblada que ocupaba Leandro costaba 400 dólares, los servicios de agua, electricidad e internet sumaban 200 dólares, y la comida otros 300 dólares. Y como esos gastos los iba restando de un sueldo ficticio de 700 dólares mensuales, cada 30 días el desprevenido Herrera sumaba otros 200 dólares a una deuda que en poco tiempo sería impagable.

Para reunir el dinero, el joven técnico decidió extender su jornada laboral desde las 11 p.m. a las 3 a.m. como bartender en una discoteca a las afueras de la ciudad. Pero en unos meses no tenía fuerzas ni concentración para ninguno de los dos empleos.

Un día Herrera se armó de valor y buscó trabajo ejerciendo su oficio por su cuenta, aunque para ese entonces todavía tenía estatus legal de turista. “Ahora me va mucho mejor. Pago mi habitación, mi comida, reuní para sacarme mis papeles y le mando 100 dólares mensuales a mis viejos para que se ayuden con sus gastos”.

“Este camino no ha sido fácil. He tenido que aprender muchas cosas sobre la marcha pero cuando volví a Venezuela en diciembre salí poco con mis amigos. Todos hemos cambiado. Sobre todo yo, porque no puedo creer que todos se hayan acostumbrado a pasar el día haciendo colas, a tener miedo todo el tiempo a que un malandro te mate. Yo ya no puedo. Me regresé a Panamá sin dudas de que no quiero vivir allá”, aseguró Leandro Herrera.

Regresar a la vida

Reina Pietro nunca se acostumbró a vivir en el extranjero. Emigró desde Coro, estado Falcón, a Ciudad de Panamá, donde su esposo montó una empresa de transporte de carga. A diferencia de otros recién llegados, los Pietro nunca tuvieron problemas económicos. Vivían en un cómodo apartamento en la zona residencial de Condado del Rey y su niña comenzó a estudiar en el Colegio Las Esclavas, uno de los más tradicionales y prestigiosos del país.

Pero Reina nunca se sintió feliz. Ni la seguridad de las calles, ni los automercados repletos de comida pudieron llenar el vacío que le dejó la separación de sus costumbres y sus seres queridos.

Con el transcurrir de los meses sólo aumentó la desazón, y el día antes de las elecciones legislativas de 2015, Reina tomó un avión y regresó con su hija a su Falcón natal. “Le pido a Dios que nos dé fuerzas para cambiar y reconstruir a Venezuela. Tenemos que tener fe y esperanza”, dijo en el colegio antes de partir.

Seis meses después reflexiona sobre su decisión. “El país está muy mal y así no hay manera de que uno esté bien. Pero yo no me arrepiento de haber regresado. Debe ser que no soy normal”, expresó.

Reconoce que hay gente que le dice que está loca por volver a un país que atraviesa una severa crisis económica y política. “Es fácil juzgar a los demás cuando tu actitud no te permite ver a los que están por debajo de tu hombro. Las personas que me critican tienen valores cuantitativos. Los míos son cualitativos. Ven un país que muere lentamente y se preocupan porque no pueden comprar un pantalón de marca”.

Reina responde sin vacilar qué tiene Venezuela que no puede encontrar en Panamá ni en ningún otro lugar: “Aquí está mi país, mi gente, mi familia. En Venezuela está mi vida”.

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