Mineros de Tumeremo fueron ejecutados por un yacimiento empobrecido

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Las cosas no cuadran. Mientras que desde el Ejecutivo se ha manejado la hipótesis de que las desapariciones fueron producto de un enfrentamiento, los testigos apuntan que hubo una masacre, que las víctimas fueron asesinadas sin que se mediara palabra. ¿Una venganza?, ¿un “cambio de carro”?, ¿una limpieza? No está claro el porqué “El Topo”, presunto responsable de lo sucedido, cegó la vida de más de una veintena de personas y si hay alguien detrás de esta acción

 

@loremelendez

 

En Tumeremo, la mayor secuela de la desaparición de los 28 mineros  –16 según el Ministerio Público- es el silencio. Contar lo sucedido en esos primeros días, con todos los detalles que ameritaba, daba miedo. Las historias salían entre dientes si se relataban dentro del pueblo. Quienes hablaban con más libertad, lo hacían lejos de la protesta y sus dolientes. Sólo algunos se atrevieron a romper con el mutismo.

Cerca del mediodía del martes pasado, cuatro días después de que los mineros no volvieran a sus casas, un testigo llegó a la tranca. “Yo tenía que venir porque debía mostrarles dónde ocurrió todo”, señalaba la persona que, desesperada, se movía de un lado a otro para tratar de conseguir quien la transportara a ella y al equipo de Runrun.es al sitio para tomar fotos y difundirlas. Entre los matorrales, que se conseguían al avanzar entre los fundos Peregrino y San Ramón, había prendas de vestir rasgadas, billeteras, conchas de proyectiles y manchas de sangre en el suelo y en palos usados para golpear a los mineros. Hasta ese momento, ningún cuerpo de seguridad se había percatado del hallazgo que los mismos pobladores habían hecho, a pesar de que ya se lo habían advertido a quienes empezaron las investigaciones, con helicópteros, desde el domingo.

El lugar estaba apenas a 20 minutos en moto de la entrada de Tumeremo. Era el mismo que conducía hacia “la bulla” -nombre que se da al punto donde tres meses antes se halló un yacimiento de oro- cercana al fundo Atenas. Allí, según otro testigo, se instaló una alcabala formada por hombres armados que pertenecían a la banda de “El Topo”, quien controla las minas más grandes del municipio Sifontes del estado Bolívar.

Lo que dijo el testigo coincide con lo mencionado por otros mineros que, como él, fueron interceptados por los delincuentes. El ataque se hizo a través de una emboscada. Ninguno de los sobrevivientes ha hablado de un enfrentamiento entre las bandas que se disputan el oro en el sur de Bolívar. Se trató, de acuerdo con los relatos, de ejecuciones.

“Uno conoce todo esto porque por aquí los mineros pasamos todos los días”, relató uno de los testigos que fue obligado a bajarse de su moto cuando llegó a la alcabala. Eran alrededor de las 11:00 de la mañana y a esa hora se topó con cientos de personas que ya estaban amordazadas, amarradas, algunas sentadas y otras de rodillas, en un descampado cercano.

Allí, bajo el sol, los de “El Topo” mantuvieron a los mineros mientras que sus motos se quedaron estacionadas al otro lado de la vía. Escucharon disparos y sonidos de motosierras. Sólo al caer la noche, los hombres armados dejaron que el grupo de prisioneros volviera a sus casas. A esa hora, ya la masacre se había consumado. Un camión se había llevado los cadáveres.

Un vistazo a 2015 permite ver que los asesinatos de mineros son una constante. En enero del año pasado, seis cayeron baleados en Morichal Largo; en abril, mataron a cuatro en la mina La Catatumba; en junio, dos más murieron en un enfrentamiento en El Callao; en agosto, entre cuatro y siete mineros fueron masacrados en Bochinche-Corregente; en diciembre, un par se desplomó en la mina Tomy. En Tumeremo, lo que impactó esta vez a la población no fueron las desapariciones en sí mismas, sino el número y las voces de los dolientes, quienes de inmediato salieron a reclamar la devolución de los cadáveres para poderlos enterrar.

“La bulla” del rebusque

En Tumeremo, varios entrevistados señalaron que “la bulla”, situada a dos horas de camino en moto desde Tumeremo, había representado para muchos la forma de rebuscarse. En diciembre, cuando fue descubierta, era fácil hacerse con decenas y hasta cientos de gramos de oro en un día. La prosperidad no tardó en atraer a los hampones.

“Yo mismo fui pa’ allá y quedé embombao. Coroné el 25 de diciembre. Ese día madrugué y me fui pa’ Atenas y conseguí un cochano -oro puro, sin ninguna aleación- de 700 gramos (unos 21 millones de bolívares si se considera que cada gramo cuesta 30.000 bolívares). Para ese momento, aquello no lo controlaba nadie, pero después se llenó de malandros”, apunta otro habitante del pueblo minero.

Ese testimonio se ajustó con el de otros pobladores que no están relacionados entre sí: ir hasta el sitio era conseguir un buen fajo de dinero en apenas un día. Otro hombre treintañero que ha laborado como minero de forma ocasional admitió que cuando “la bulla” explotó, se acercó para ir a sacar algunos gramos de oro. Pero el sitio, según él, ya en enero estaba tomado por delincuentes que vigilaban cada paso y cobraban la mitad de lo que se extraía. “Así no se podía trabajar”, rezongó.

La confesión vino acompañada de otra revelación: “Yo le digo una cosa: los que mataron allí eran malandros. Habría dos o tres inocentes, pero los demás eran malandros”, dijo el treintañero. Para él, lo sucedido fue de un “cambio de carro”, frase del vocabulario carcelario que designa un cambio violento del mando de un determinado lugar.

El porqué de la masacre

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Los mismos testigos y pobladores aseguraron que, en las últimas semanas, “la bulla” no estaba dando tanto oro como en sus primeros días. A pesar de ello, al menos 300 motos entraban a diario en el sitio. El viernes 4 de marzo, ninguna ingresó y de ello se percataron los mineros que habían pernoctado cerca del fundo Atenas.

Un testigo que había permanecido una semana en “la bulla” relató que cerca de las 5:00 pm de ese viernes, se escucharon cuatro disparos. “Un muchacho vino a avisarnos que habían matado a dos mineros, una chama y un chamo, y nosotros corrimos a escondernos”, apuntó.

El refugio fue un cerro cercano, desde donde el testigo pudo ver lo ocurrido. Los cuerpos estaban en el mismo lugar donde habían sido tiroteados, justo en la entrada de la mina. Los hombres, armados con fusiles y vestidos de negro, habían llegado en dos carros de “chasis largo”, un Toyota verde y uno blanco, además de un camión en donde recogieron los cadáveres. En ese último vehículo había otras dos víctimas que habían sido asesinadas por los lados del fundo Atenas. Uno de ellos fue Gustavo Guevara quien, de acuerdo con los testimonios, confundió la caravana de los delincuentes con la que llevaba comida a los mineros todos los días. Al salir a su encuentro, fue baleado.

El argumento de la matanza que da el testigo es el mismo que han repetido otros que vieron los hechos.

“Ellos llegaron diciendo que iban a hacer limpieza, que ellos tenían orden de acabarlos a toditos, que se iba a acabar lo de estar robando celulares, de estar robándose motos y de estar quitándole a la población el 50 por ciento de lo que se saca. Ellos llegaron con esa y en esa entraban todos. De repente yo ahorita no estuviese contando la historia, porque si el chamo no llega a avisar, a toditos nos matan. Al que saliera corriendo le iban a disparar”, afirmó el testigo que amaneció en el cerro y escapó por una trocha distinta a la principal. Junto a él había una veintena de personas.

“Eso no estaba echando oro”

El testigo duda que la masacre haya sido producto de una disputa de poder, o de un “cambio de carro” como lo dijo un habitante de Tumeremo. Él, que estuvo desde que se descubrió el yacimiento, señaló que los de Cicapra, un sindicato de Guasitapi, se habían llevado más de 100 kilos de oro durante las primeras semanas de “la bulla”. Luego entró gente de “El Callao” que pudo conseguir cochanos de hasta 800 gramos. Pero de ahí en adelante, el control pasó a estar en manos de la banda de El Potro y El Gordo, dos delincuentes que viven en el barrio La Caratica, al este de Tumeremo, que cobraban a los mineros la mitad de lo que extraían. Sin embargo, ya el mineral no brotaba como en sus inicios.

“De ahí eso estaba muerto, por eso es que yo digo que eso (el cambio de mando) no tiene sentido, porque si es para apoderarse de la mina, eso no estaba echando oro. Ese día iba a entrar la máquina para trabajar”, agregó el testigo.

“El Topo”, de acuerdo con los pobladores de Tumeremo, tiene bajo su poder al menos una decena de las minas más grandes del municipio Sifontes. Su ganancia proviene de la compra del oro de esos yacimientos: los mineros están obligados a vendérselo todo a él, al precio que él decida, a cambio de que les costeen las herramientas que necesitan. Que haya cometido una matanza con estas características sólo para hacerse del control de una mina pequeña y empobrecida, genera sospechas. ¿Para qué ‘limpiaba’ un espacio que no le daría cuantiosos cochanos?

Otro poblador de Tumeremo aseveró que la masacre fue producto de una venganza. La gente de “El Potro” se hizo pasar por la de “El Topo” para poder controlar la mina. Cuando este último se enteró, fue a buscar a los malandros que actuaban en su nombre. Por eso los asesinó.

En el pueblo tampoco dejan de circular los rumores sobre las relaciones que “El Topo” ha mantenido con quienes están en el poder, algo que le ha consolidado en el control de tantas minas dentro del estado y que le ha dejado actuar a sus anchas en la desaparición de decenas de mineros. Los pobladores aseguran que ante cualquier desacuerdo, el “don”, como le gusta que le llamen, asesina y echa los restos de sus víctimas en los barrancos -hoyos en la tierra escarbados para seguir las vetas del oro- que están en sus predios.

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“Aquí lo que nadie ha dicho es que ‘El Topo’ se reunió con el gobernador (de Bolívar, Francisco Rangel Gómez) antes de la masacre”, afirmó un tumeremense que merodeaba la tranca, cita que Runrun.es no pudo confirmar. El mandatario regional negó la matanza horas después de que los familiares de los desaparecidos cerraran la Troncal 10 para exigir que les devolvieran los cuerpos de los suyos. Lo mismo hizo con el caso de La Paragua, en 2006, cuando el Ejército en El Papelón de Turumbán acabó con la vida diez mineros. Hasta este domingo, Rangel Gómez no había visitado Tumeremo después de los hechos.

 

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