El pequeño Maikel Mancilla murió tras convulsionar durante cinco días por la falta de Lamotrigina

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“¡Ay primo! El niño no aguantó. El niño murió”, se escuchó del otro lado del teléfono en la casa de Yusmery Chaparro la mañana del sábado 20 de febrero. Maikel Mancilla Peña, el mayor de los 4 hermanos de su casa y de los 11 primos de la familia, falleció esa madrugada con tan solo 14 años. El adolescente, luego de convulsionar repetidamente durante cinco días por no tener  la medicación referida para su condición, perdió la vida.

Su muerte se une a la del pequeño hijo de Ricardo Medina, que en diciembre de 2015 y con tan solo tres años, falleció a causa de un cáncer de pulmón mientras esperaba el Cardioxane, un protector del corazón que le permitía recibir quimioterapia.

Maikel sufría de autismo severo y también era epiléptico, pero con los cuidados de su familia vivió una infancia apacible, según cuenta Yusmery, la tía. “Tenía dificultades por su condición y con el tiempo dejó de ser opción dejarlo en las escuelas especiales”, comenta. Su sobrino presentó la primera convulsión luego de cumplir 8 años y a raíz de eso le fue indicado un tratamiento para controlar los ataques. Tomaba anticonvulsivos como Diazepan y Lamotrigina, también sedantes, y sus horas dentro de casa se multiplicaron.

“Recuerdo que le pidieron evitar tener emociones fuertes, que no podía agitarse, sufrir tristezas, por lo que a veces permanecía sedado en cama”, relata la tía. Pese a ello, Maikel no dejó de jugar, brincar o sonreír con sus hermanos y primos, y hasta ayudaba en la cocina, “porque a él le encantaba la comida”, recuerda la señora.

La madre de Maikel, Yamaris Peña, es muy unida a sus tres hermanas. La muerte del mayor de los niños ha sido un golpe fuerte para toda la familia que reside en el mismo sector. La humilde casa materna, ubicada en la carretera vieja de Los Teques, era el punto de encuentro donde todos los primos se reunían para compartir y jugar.

El jueves 11 de febrero se agotó el último blíster de Lamotrigina que le quedaba a Maikel, y de nada sirvió que la familia entera se afanara en redes sociales para buscarla por todo el país. Su salud empezó a decaer y las convulsiones a hacerse cada vez más seguidas. Para el martes 16, ya no se daban cada tres horas sino cada hora y los lapsos de descanso eran menores por lo que lo llevaron al hospital Pérez Carreño.

La familia Chaparro denuncia que desde hace año y medio encontrar los medicamentos se ha hecho cada vez más difícil. Durante ese tiempo debieron buscarlos en varios establecimientos, incluidos Locatel, Fundafarmacia y Badan. Los costos eran elevados, dice Yusmery, “pero por lo menos se encontraban”. Este 2016 la escasez fue más severa. “Dejamos de conseguir las marcas que a él le pedían y se le empezó a administrar genéricos, cosa que tampoco es recomendada y de un tiempo para acá, nada”, dice la mujer.

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