Águila mía, ¿qué te me has hecho? por Víctor Suárez

Águila mía, ¿qué te me has hecho? por Víctor Suárez

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 Morena

 

 

@VSuarezRunrunes

 

En 1975 José Joaquín González Gorrondona entregó el banco. El Nacional de Descuento fue el banco comercial más poderoso de su época. El gobierno se apoderó de los infinitos haberes personales del banquero, entre ellos su espectacular casa de montaña ubicada en la falda del Ávila, catrastada en el municipio Chacao de Caracas. En esa casa de tres plantas y piscina apta para hidroaviones, vivía Morena, el águila más famosa de la vecindad.

A Diógenes González, pianista de mi pueblo, hijo de Mangalí, saxofonista mayor de la banda del estado Anzoátegui, la última vez que lo vi hace más de cuarenta años creí oírle que de todas las cosas que había disfrutado al lado de JJ, como abogado que le servía, lo que más le había maravillado era el vuelo señorial de Morena en los acantilados avileños y su aterrizaje impetuoso y preciso en los balcones de Alto Claro, lugar de refugio vespertino del banquero.

Morena era entonces muy joven, había llegado pichona a su nuevo nido, con no más de tres años de edad. De manera que desde que fue atrapada por el Estado en 1975 y sometida a reclusión en el Parque del Este hasta el fin de sus días, el 4 de marzo de 2015, debieron pasar 43 años, tres más de lo que se establece para la expectativa de vida de las Águilas Harpías, la especie de mayor envergadura en el mundo de las rapaces, luego de la inconmensurable águila filipina.

 

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JJ no necesitaba conserje que le cuidara la casa. Morena se ocupaba de esas tareas. Ahuyentaba a las culebras, o se las comía, ponía dique a las ratas, o se las comía, dirigía el tráfico de los invitados que subían por el camino serpenteante hasta el lugar de los jolgorios que en ese paraje idílico se sucedían. El título de guardaparques que el Instituto Nacional de Parques Nacionales le había otorgado a JJ en 1963 para que pudiera construir y habitar un espacio en un área protegida, se lo debieron haber prendado de su pecho gris oscuro a la fiel Morena que cuidaba el área.

JJ era envidioso, más que ambicioso. Durante la dictadura de Pérez Jiménez había visto que gente de su misma condición había hecho construir gigantescas y espectaculares casas de habitación o de recreo en las grandes ciudades del país. Los Amos del Valle de Caracas se distinguían no solo por sus opulentas cuentas bancarias, sus influencias en los gobiernos que se sucedieron entre 1909 y 1958, sus exquisitos aromas, modas y excentricidades, o sus boatos de fin de semana en el Country Club, sino que sobresalían porque se ufanaban de haber contratado a los mejores arquitectos extranjeros para que les construyeran sus aposentos familiares. Es así como JJ convino con el afamado milanés Gío Ponti para que le realizara su sueño de zar caraqueño. Una mansión a mitad del Ávila, enfrente de Los Palos Grandes, La Castellana, Santa Eduvigis, La Carlota y la Embajada Americana. Desde allí podría verlo todo. Ponti, que había erigido las mansiones de los Planchart y los Arreaza, le hizo los planos pero no concluyó el trabajo. Para que finalizara la ilusión JJ contrató entonces a Richard Neutra, un arquitecto australiano que había desplegado cartel internacional por haber ideado en los años ’30 los cimientos escenográficos que siguen siendo hoy los grandes estudios de Hollywood.

Neutra también le construyó a JJ su casa de diario, ubicada en la calle La Línea, en Chacao, hoy demolida y sin faz que la recuerde en los anales urbanos.

Morena vivía allí, allá arriba. Tenía tres balcones para escoger su punto de vigilia hacia la gran ciudad. Tenía permiso para entrar a los aposentos, para cagarse en las alfombras persas, para beber agua en los ficticios aljibes de mármol que había colocado Neutra en cada una de las plantas de Alto Claro. Morena comía cantidad. El guardacasa le proporcionaba lo suficiente para aplacar su voracidad de pichón en pleno crecimiento. En sus vuelos ella buscaba en la espesura animal vivo para entretenerse con bocadillos frescos, pues sabía que al volver a casa a las tres de la tarde de cada día picotearía cerdo tasajeado, vitualla sin concha y una ración de hámsters que no encontraría nadie en la charcutería de El Rey David de Los Palos Grandes. Morena era feliz.

 

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Aunque nunca se le conoció pareja, ni en su estancia en Alto Claro ni en su celda del Parque de Este. Las azules guacamayas caraqueñas si las consiguen, y son para toda la vida. La soledad de Morena es una de las más prolongadas que se conozcan en el ámbito de las rapaces. Es un récord Guinness que nadie reclama. No conoció macho que la arrullara. No se reprodujo, no le fue dada ninguna oportunidad en cautiverio, igualito que Mandela en Johannesburgo, igualito que Pocaterra en La Rotunda, igualito que Andrés Eloy antes de lanzar los grillos al mar en Puerto Cabello en 1936.

Los ojos de Morena eran terribles. Si los veías de frente parecían esos concéntricos que marean. A mi hijo Víctor no le gustaba verla. Mi amigo Fernando Peñalver, el rebotero que hoy trabaja en El Sol de Margarita como periodista deportivo, dice que esa mirada cerril parecía la entrada al infierno. No existe en los anales patrios ningún otro elemento que haya sido sometido a tan larga condena. Cuarenta años estuvo Morena en plan de circo para chavales. En su vejez, un día encontró la puerta abierta y caminó hacia la vereda. Quiso levantar vuelo, pero no pudo. Sus dos metros de alas extendidas no pudieron despegar del suelo. El sobrepeso, más de doce kilos en el momento de la autopsia, y la atrofia de sus músculos estelares, no le dieron chance de escapar. Ya pa’qué, quizá se diría la arpía más famosa de la comarca.

Los González Gorrondona recuperaron la mansión, pero al paisajismo que diseñó el español Robles Piquer nunca más volvió Morena.

 

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Yo soy el águila, yo soy el cóndor, yo soy la estela, decía Chávez todos los días. Morena, el símbolo de cuarenta años de vida pía y oprimida, murió dos años después que el caudillo que la pretendía suplantar. El primero entró en la vida militar profesional en 1975, la segunda entró en prisión en 1975. Si nos ponemos a contar las notas de condolencia ante la muerte de Morena, estas son muchas más que las depositadas en memoria de aquel que sólo cazaba moscas.

DEP, querida mía.

 

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