Los curas están estresados por José Manuel Vidal

Exceso de trabajo, pérdida de relevancia social y mala imagen por la pederastia, causas del malestar. Uno de cada tres sufre estrés.

Son cada vez menos, más mayores y se les acumula el trabajo. Como consecuencia de la sobrecarga laboral, de su pérdida de relevancia social y de los escándalos de la pederastia, los curas católicos están deprimidos y estresados. Uno de cada tres sufre estrés crónico, según un estudio del misionero comboniano y psicoterapeuta italiano Giuseppe Crea. Y es que no es nada fácil ser cura en el mundo de hoy. Aunque tengan trabajo fijo, como asegura la Conferencia episcopal española, a muchos se les acumula el estrés y los problemas psicológicos.

A pesar de haber disminuido drásticamente el número de sacerdotes, la Iglesia católica todavía cuenta en el mundo con un ejército de 410.593 clérigos. Un gran número en sí mismo, pero insuficiente para cubrir las necesidades eclesiales. La mies es mucha y los obreros siguen siendo pocos. La Iglesia no sólo necesita más curas, sino también cuidar la salud espiritual, física y psíquica de los que ya tiene.

Por eso, en estos últimos tiempo, a la jerarquía eclesiástica le preocupa sobremanera el bienestar psíquico de su clero. Tanto que acaba de celebrar en la Universidad Pontificia salesiana de Roma un relevante congreso con este sugerente título: “Sacerdotes en el diván. Bienestar y malestar en el trabajo pastoral”.

‘Problemas psicológicos’

Todos los especialistas presentes coincidieron en asegurar que “el clero católico tiene problemas psicológicos”. Con una tipología específica y muy amplia, que puede ir desde el simple malestar a la depresión profunda, desde el “estrés en la actividad pastoral” hasta el rigorismo en la concepción del ministerio sacerdotal y las neurosis.

El estrés y los demás problemas psicológicos de uno de cada tres curas es tal, que, muchas veces, terminan sufriendo el síndrome del burnout. Es decir, se trata de sacerdotes que se sienten agotados, desmotivados, desilusionados, cansados, en una palabra “quemados”. Como mariposas con las alas chamuscadas por una vela.

Según otro estudio del psicoterapeuta inglés Leslie Francis, profesor de la Universidad de Warwick (Reino Unido), las causas del burnout de los curas son múltiples y variadas. Una de las principales, a su juicio, es “la enorme carga laboral que desempeñan”. Porque los curas no tienen horario y están a disposición de sus fieles a cualquier hora del día y de la noche.

Expendedores de sacramentos

Además, como cada vez son menos, tocan a más trabajo pastoral. Es decir, hace unos años, cada parroquia disponía de su propio párroco. Desde finales de los 60, no hay relevo generacional (son muchos más los que mueren y los que se salen que los que entran y permanecen). En el ámbito rural, los curas tienen varias parroquias. Los hay con más de una docena. Y eso significa multiplicar las misas y la administración de los sacramentos. Curas convertidos en meros expendedores de sacramentos. Y, en las ciudades, las parroquias que antes tenían un párroco y tres o cuatro coadjutores, ahora tienen que contentarse con el párroco solo.

A la excesiva carga laboral se unen otras variables propias de la condición clerical. Por ejemplo, son frecuentes los conflictos de los curas entre sí. Conflictos derivados, en ocasiones, del salto generacional entre los jóvenes y los viejos, o de las diferencias profundas entre los conciliares y los postconciliares, los progresistas y los conservadores o los que buscan hacer carrera y los que se entregan a fondo perdido a la gente.

A los problemas de relación interna hay que añadir la “excesiva presión psicológica a la que los fieles someten a sus curas”, que son servidores y líderes a la vez. Una presión de doble cara. Por un lado, los fieles que los buscan continuamente como punto de referencia o decisores absolutos en todos y cada uno de los asuntos de la propia conciencia, de la familia o de la parroquia. Por el otro, el cupo de fieles desinteresados y alejados, indiferentes o, incluso, contrarios a los sacerdotes. Un sector que, a causa de la secularización creciente, aumenta sin parar y cuestiona el celo sacerdotal y pastoral de los curas, que asisten, impotentes, a esta sangría continua y creciente de fieles.

Pérdida de relevancia social

Es evidente que, en las últimas décadas y especialmente en los países más desarrollados, el rol del cura ha perdido prestigio y relevancia social. “Los curas han experimentado grandes cambios en cuanto a relevancia social, perdiendo parte e la autoridad que tenían”, reconoce Florentino Fernández rector del seminario mayor de Zamora.

Más aún, en los últimos tiempos, a la pérdida de autoridad social se le ha añadido la de la autoridad moral, ocasionada por el escándalo de la pederastia de las llamadas “manzanas podridas” del clero. “Los últimos escándalos de la Iglesia han perjudicado mucho la imagen del sacerdote”, añade el rector zamorano. La lacra de algunos miembros del clero manchó a todo el colectivo y hasta afectó a sus relaciones pastorales con niños y familias.

Mal vistos y, encima, solos

El cura católico es un hombre obligatoriamente célibe, que suele vivir sólo y sin familia cercana. Antes, las hermanas de los curas solían acompañarlos y ejercían de amas de casa. Ahora, la inmensa mayoría tiene que vérselas con una soledad casi absolutaen la casa parroquial. Muchos terminan sintiéndose “solterones sin afecto”.

Y a la soledad personal, cada vez más difícil de encajar y soportar, se une la soledad pastoral o ministerial. Los curas son amos y jefes de sus parroquias, apenas saben delegar y los órganos de corresponsabilidad de los laicos, puestos en marcha después del Concilio, se han ido desactivando, en aras de un presbítero cada vez más sacralizado y solitario. Solos en sus casas y solos en sus iglesias.

Fraternidad y oración

Para salir del síndrome del burnout, lo primero que debe hacer el cura, según los especialistas, es reconocer que tiene un problema de estrés agudo. “El sacerdote que no reconoce sus problemas relacionales, psico-afectivos, de estrés, en una palabra el que no reconoce sus propios límites y no admite que necesita ayuda, tiende a sumirse en la depresión. En cambio, reconocer su propio estrés lo ayuda a ser más auténtico en el servicio pastoral”, explica el autor del estudio, padre Crea.

Tras reconocerlo, para salir del estrés, los expertos proponen a los curas tres recetas: oración, fraternidad sacerdotal (es decir pedir ayuda y buscar refugio y consuelo entre los compañeros), y, por supuesto, ponerse en manos de especialistas. Sobre todo, cuando los síntomas se hacen evidentes: nerviosismo, tensiones, saltos de humor o, simplemente, no disponer de tiempo libre alguno, para leer, relajarse, escuchar música o ir al cine.

Al ser una profesión de ayuda, el cura necesita tener una gran solidez personal, religiosa, mental y psicológica. Para cargar siempre con los problemas de los demás. De ahí que, como dice el jesuita Hans Zollner, vicerrector de la Universidad Gregoriana de Roma, “la vocación sacerdotal sea una de las más difíciles de vivir”. Una vocación que puede situarse entre dos polos. Por un lado, la euforia del joven cura que se siente distinto y hasta elegido de Dios. Por el otro, la fragilidad, al tratarse de una vocación sin soporte externo ni en la familia ni en la sociedad. No es de extrañar que uno de cada tres curas termine estresado o con el síndrome del ‘quemado’.

José Manuel Vidal

El Mundo de Espña

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