10 años de la Carta Democrática Interamericana: ¿Se puede celebrar algo? por María Teresa Belandria

La Organización de Estados Americanos OEA, anquilosada en sus procedimientos y desprestigiada por su inacción durante los años de las dictaduras en la región, decidió renovarse y plantearse nuevos desafíos, el primero se vio materializado en la Carta Democrática Interamericana. El propósito, prevenir (sin explicar bien como) las tentativas de subvertir el orden constitucional y desterrar de la región los golpes de estado.

A diferencia de otros mecanismos institucionales como la Comisión y la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, la Carta descarta a los ciudadanos como promotores de las acciones que la ponen en marcha y privilegia a los gobiernos, especialmente protege a los mandatarios. Es decir, si las acciones provienen de los militares o de la sociedad, se activa inmediatamente, pero si es el gobierno que a través de leyes, decretos, reformas constitucionales, violación de los derechos humanos, se deslegitima en el ejercicio de su cargo, y usa la democracia para socavar la democracia, nada ocurre, no hay forma de accionar la protección del organismo para proteger a los ciudadanos. Esto, transforma a la OEA en un club de presidentes que se cuidan mutuamente y los casos que hasta ahora dan cuenta de su aplicación así lo demuestran (Chávez- 2002, Zelaya- 2009).

No por ello se debe desestimar su importancia ni se justifica en modo alguno que las soluciones de fuerza sean la manera de cambiar Presidentes. El golpe de estado es la negación de la Democracia, abre la puerta a la violación masiva de los Derechos Humanos, constriñe la Libertad y niega los valores que se han construido durante décadas en nuestra región, y así lo demuestran los años que vivimos bajo ellas sin que la OEA elevara su voz para protegernos-

Hay también lecciones aprendidas a lo largo de estos 10 años de vigencia de la Carta Democrática Interamericana en la región. Los golpes de estado son inaceptables, ha quedado claro, pero también desnudan las hipocresías con las que debemos convivir, para muestra, en 2009, Raúl Castro hizo una encendida defensa de la Democracia, condenó el golpe y solicitó un bloqueo contra Honduras, es decir, pidiendo para otros lo que durante 50 años ha usado como excusa para mantener en la pobreza a sus ciudadanos y ha negado para su pueblo, la Democracia. El discurso le allanó el camino del retorno a la Organización, luego de la suspensión que Venezuela promoviera en los años 60, precisamente porque Cuba a través de la subversión armada pretendió derrocar la Democracia incipiente de nuestro país. Pero los dictadores totalitarios y asesinos no cambian, no se redimen.  Cuba declaró no estar interesada en volver a la OEA, hacerlo significaría suscribir la Carta, aceptar la vigilancia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y acatar los fallos de la Corte cuando les condene, claridad para la calle y oscuridad para la casa, en Honduras si, en Cuba no. Igualmente, durante las marchas contra Evo Morales y el levantamiento policial por mejoras laborales contra Correa, la OEA intentó liderar las respuestas y articular las soluciones.

Otra lección imposible de olvidar en esta década ha sido la nefasta, ineficiente y opaca actuación del Secretario General José Miguel Insulza, quizás el peor de los todos quienes han ocupado este cargo, es imposible olvidar su inacción frente a las denuncias, su silencio cómplice ante los atropellos, su defensa de los tiranos y sus aplausos a los verdugos de la Democracia.

Sin duda, urge una reforma de la Carta luego de 10 años de inaplicación, así ha sido reconocido por los ex presidentes que reunidos en Lima reflexionaron sobre ella. Es mandatorio que, los ciudadanos puedan denunciar no sólo la violación individual de los Derechos Humanos, sino informar a tiempo a la OEA, los desvíos que sus gobiernos tengan de la senda democrática, que se vigile el desempeño, que se pueda advertir a tiempo de las sanciones y que prevengan las acciones antes que alguien decida dar al traste con la Democracia y las acciones sean curativas, la Carta será entonces un mecanismo eficaz y eficiente para todos, no solo para los gobiernos contra sus ciudadanos,  y la OEA dejará de ser un club de Presidentes para transformarse si no se extingue antes gracias a los misiles a su línea de flotación que a diario disparan desde el Alba, en una organización que haga honor a los propósitos de su fundación “Convencidos de que la misión histórica de América es ofrecer al hombre una tierra de libertad y un ámbito favorable para el desarrollo de su personalidad y la realización de sus justas aspiraciones”.

Pregunto ¿se puede celebrar algo?

María Teresa Belandria

@matebe

Candidata a Doctor (Phd) en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela, Especialista en Derecho Internacional Económico y de la Integración por la UCV y Abogado. Diplomada en Estudios de Seguridad y Defensa por el Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa adscrito a la Universidad Nacional de la Defensa de los Estados Unidos de Norteamérica. Profesora de Derecho Internacional Público y Geopolítica UCV.

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